Capítulo 78
Graznido
ATERRIZAMOS en SFO con tiempo de sobra, así que pasamos por el aparcamiento de larga estancia a echar un vistazo al Escalade.
Seguía aparcado donde lo habíamos dejado.
Eso me sorprendió. El olor de los cadáveres en descomposición debería haber llamado la atención a estas alturas.
Me fijé en que la brisa de la bahía creaba una circulación de aire constante.
Quizá el hedor no había tenido oportunidad de acumularse.
Por precaución, decidimos no acercarnos lo suficiente para comprobarlo.
Toda esta operación estaba a medio cocer. No me hacía ninguna gracia, pero tampoco podía cambiarlo. El riesgo aumentaba a medida que disminuía el tiempo de preparación, y yo había tenido poco. Me estaba quedando sin tiempo, sin dinero y sin opciones.
Katya atraía muchas miradas de admiración. Con el mismo vestido azul real que había llevado para ver a Rita, parecía salida de una pasarela en lugar de un avión. Como si la fuera a recoger un Maserati en lugar de un sedán negro.
—¿Crees que será una de esas limusinas alargadas? — preguntó—. ¿O un coche de servicio normal?
—Mientras no sea un Escalade negro, me da igual —dije, y me arrepentí de inmediato—. Perdona, ha sido poco delicado por mi parte.
—Mejor que esté preparada por si lo es —Katya estaba completamente maquillada para el gran evento. Estaba tan espectacular que cuando me dedicó una sonrisa casi se me doblaron las rodillas—. Y no me preocupo si tú estás aquí.
Llegamos a la Puerta Uno a las seis menos cinco. La zona estaba bastante concurrida. No como un lunes por la mañana o un viernes por la tarde, pero lo suficiente para que los coches aparcaran en doble fila y descargaran pasajeros. Varios eran Escalades negros, pero ninguno nos prestó atención.
La carretera ascendía en rampa hasta el nivel de salidas, con una curva justo antes de la Puerta Uno, así que solo veíamos los coches que se acercaban unos segundos antes de que llegaran.
Y viceversa. Como no había sitio para que un conductor esperara sin que un policía de vigilancia le llamara la atención, nuestro conductor o tenía un observador, o estaba dando vueltas, o contaba con que estuviéramos allí cuando el reloj marcara las seis.
Un viento frío hizo bajar la temperatura a unos siete grados.
Katya cruzó los brazos y empezó a frotarse los tríceps con las manos.
Yo ignoré el frío. La verdad era que lo odiaba tanto como cualquiera.
Simplemente había aprendido a desconectar esa parte de mi cerebro cuando estaba en el campo.
No dejaría que me afectara hasta que empezara a entumecerme los dedos. Claro que yo nunca llevaba vestidos.
Una limusina alargada apareció en lo alto de la rampa a las seis en punto, con las ventanillas oscuras como el ónice.
No era uno de esos vehículos obscenamente largos capaces de albergar a un equipo de fútbol entero, pero cabía una banda de rock, y maniobró hasta detenerse justo delante de nosotros.
La puerta se abrió sola. Una invitación anónima.
Mi teléfono empezó a vibrar.
Había configurado el iPhone para que reenviara las llamadas al desechable, por si acaso. Y el fijo de Chris Pine para que reenviara al iPhone, por si acaso. Me lo llevé al oído y respondí.
—Hola.
No era el conductor, ni nadie que buscara a Chris. Era Max.
Levanté el dedo índice izquierdo para pedir un minuto mientras me apretaba el receptor contra el oído. Entre el viento silbante y el zumbido del tráfico, era difícil oír.
Katya me lanzó una mirada interrogante. ¿Debía entrar? ¿O esperar?
Cambié el índice por la señal de alto.
Ella agarró la puerta, pero no entró.
El coche de policía pitó.
Max dijo algo de que era la única vez que podía entrar al laboratorio y que quería avisarme enseguida. Hice el cálculo. En Moscú eran las cuatro de la madrugada del domingo. Me metí el meñique en el oído izquierdo y cerré los ojos, esforzándome por escuchar su informe.
El coche de policía volvió a pitar.
Katya gritó mi nombre.
Abrí los ojos y vi que la limusina empezaba a alejarse. Un mensaje tácito. Ahora o nunca. Le hice un gesto para que entrara. Caminé hacia la puerta, despacio, ganando tiempo. Me costaba oír y no podía creer lo que oía.
—¿Estás completamente seguro? —pregunté.
El coche de policía se puso en marcha. La limusina avanzó unos centímetros más, esta vez con Katya dentro.
Salté dentro.
La limusina arrancó.
La puerta se cerró.
La llamada se cortó.