Capítulo 67
Nota discordante
—¿Cuál es el cargo? —le pregunté a Frost mientras me ponía las esposas con más brío del necesario.
—Fuga de prisión.
—Estoy en libertad bajo fianza.
—No, no lo estás.
La suficiencia de Frost me daba ganas de partirle la cara. Me contuve: las primeras patadas me las tenía merecidas yo.
La había cagado a lo grande. Dos veces. Había hecho un movimiento predecible y no había tenido en cuenta los retrasos bancarios.
Solo era jueves. Probablemente mi pago de fianza aún no se había procesado.
No era ningún experto, pero aquello olía a zona gris legal.
Y desde luego no tenía tiempo para meterme en una.
Frost le gritó a Katya desde el otro lado del Tesla:
—Quédese donde está, señorita Kozara. Si interfiere de alguna manera, la arrestaré por obstrucción a la justicia.
Miré a Katya. Le caían lágrimas por las mejillas.
—Sigue con el plan que propusiste —dije, intentando sonar optimista—. Resolveré esto y me reuniré contigo lo antes posible.
—¿Llamo a Casey?
—Sí, pero no pierdas el avión. La cuenta atrás sigue en marcha, pase lo que me pase a mí. Concéntrate en eso y déjame a mí preocuparme por esto. Vete ya.
Frost me hizo girar antes de que Katya pudiera responder y empezó a llevarme hacia lo que supuse era su coche patrulla oculto. No me resistí. Después de esposarme, había cambiado la Glock por una táser, y estaba seguro de que no dudaría en usarla.
—Te veré pronto —me gritó Katya con voz temblorosa pero decidida.
—Así que sí te estás tirando a la mujer de tu hermano —se burló Frost—. Eso aún estaba por ver, por así decirlo. Me encargaré de que lo sepan.
—¿Por qué haces esto? Tengo un acuerdo con la fiscal del distrito. Incluso ordenó a Kilpatrick y Flurry que apoyaran mi investigación. Seguro que lo sabes.
—No sé nada de eso.
No me lo tragaba, pero tampoco podía estar seguro. Frost iba detrás de mí en posición de control, así que no podía verle la cara.
—Acordamos los términos de mi fianza ayer. Inicié el pago en cuanto colgamos. Es un hecho consumado.
—Quizás esto cambie las cosas.
Eso era justo lo que temía, aunque estaba jodido de todas formas. Si iba a Santa Bárbara en lugar de a DC, me perdería la reunión con Rita.
Decidí pasar a la ofensiva. Tantear algunas corazonadas. Remover el avispero. ¿Qué tenía que perder?
—Estás actuando solo, ¿verdad? Te has vuelto un renegado, buscando apuntarte un tanto.
—Te atrapé yo solito.
—A Kilpatrick no le va a gustar que hayas actuado a sus espaldas. Quizás deberías llamarlo ahora, antes de que esto vaya a más.
—Kilpatrick no es mi jefe.
—Puede que no, pero ambos trabajáis para el alcalde, y estoy seguro de que él quiere armonía, no francotiradores.
—Parece que te crees por encima de la ley, señor Achilles. Estoy aquí para decirte que tener un yate no te exime de cumplirla.
—Y por lo visto, llevar placa de detective no significa que tengas ni puta idea —respondí.
Para ser sincero, entendía el punto de vista de Frost. Pero comprenderlo no cambiaba mi situación.
Si no estaba en Off the Record a las ocho en punto de mañana por la noche, perdería mi mejor conexión con los verdaderos asesinos.
Entonces se acabaría el tiempo y pasaría el resto de mi vida bajo la bota de tipos como Frost y Grissel.
¿Dónde estaba el coche de Frost? Recorría con la mirada las filas de coches aparcados en busca de vehículos oficiales cuando caí en la cuenta.
—¿Has venido en avión?
—Directo desde Vandenberg.
Malas noticias.
Tenía que actuar rápido.
Al pasar junto a uno de los pilares del garaje, me detuve y me volví hacia Frost.
—¿Dónde está la detective Flurry? Seguro que está al tanto. Llámala si no quieres llamar a Kilpatrick.
—Sigue caminando.
Saqué pecho.
—Flurry tiene, ¿qué?, ¿diez años menos que tú? ¿Quince? Y aun así te deja en ridículo.
Intenté parecer engreído y pinchar a Frost mientras él soltaba su perorata, pero tenía la cabeza en otra parte y sus palabras no me llegaban.
Una llave de esposas tiene más en común con un destornillador que con una llave de puerta.
Como los destornilladores, las llaves de esposas son prácticamente idénticas entre sí.
Y como cualquier destornillador, son simples herramientas diseñadas para aplicar torsión.
Del mismo modo que puedes usar una moneda o un abrecartas para girar un tornillo de ranura, puedes usar cualquier dispositivo de torsión improvisado para liberar el trinquete de unas esposas.
Solo necesitas una herramienta que encaje en la ranura y saber cómo girarla.
Saqué un clip del bolsillo trasero y lo doblé rápidamente en el punto exacto para las esposas Smith & Wesson.
Frost las había bloqueado con doble seguro, así que manipular las cerraduras fue desesperantemente lento: unos cuatro segundos para el giro en sentido antihorario que liberaba el pasador de bloqueo, y otros tres para el giro en sentido horario que retraía el trinquete.
Por suerte, a Frost le sobraba cuerda para más de siete segundos.
Con la esposa izquierda suelta en la mano derecha, volví a prestar atención a Frost y me preparé para la señal inevitable. No tuve que esperar mucho.
—... He terminado contigo. Ahora camina.
Le lancé a Frost una mirada desafiante para rematar y empecé a girar hacia la derecha, obediente, solo para detenerme casi de inmediato.
—Una cosa más...
Deshice el giro para encararle de nuevo y lancé la mano izquierda hacia el brazo con el que sujetaba la táser mientras la derecha volaba hacia el lado izquierdo de su cabeza.
Era un movimiento similar al golpe con la cachiporra que me había fallado en el Escalade, pero Frost no tenía los reflejos de rayo del tipo del traje negro, así que esta vez di en el blanco.
El impacto de la esposa fue lo bastante sólido como para hacerme daño en la mano, pero nada que su cabezota no pudiera encajar.
Frost se tambaleó un par de segundos, luego los ojos se le pusieron en blanco, le fallaron las rodillas y se desplomó en mis brazos.
Icé al detective inconsciente hasta la caja de una camioneta cercana y lo tumbé sobre el costado izquierdo en lo que los paramédicos llaman la posición de recuperación: boca hacia abajo, barbilla elevada, brazos y piernas colocados para estabilizarlo.
Saqué la libreta de reportero del bolsillo interior de su chaqueta y pasé las páginas.
La última anotación, garabateada, decía: «Tesla plateado», seguida de la matrícula de nuestro coche de alquiler.
Archivé mentalmente ese dato para analizarlo después y, con la mano izquierda, le escribí una nota a Frost en la siguiente página en blanco: «Perdona por el dolor de cabeza. Te lo compensaré cuando esto termine».