Capítulo 65
Acto de desaparición
VONDREESEN PARECIÓ RELAJARSE después de soltar su bomba. Su tez mejoró y las arrugas de su rostro se atenuaron. Sospeché que mi aspecto había empeorado proporcionalmente.
—Tres strikes y estás fuera —repitió Vondreesen—. Exactamente.
—Cuatro, ahora que lo pienso —añadí—. Además de un problema de suministro, uno de demanda y otro regulatorio, los árbitros de la opinión pública te han pitado falta por violaciones éticas.
—No quedaba más remedio que cerrar —dijo Katya—. Ahora entiendo por qué Colin estaba tan seguro un día y tan abatido al siguiente. No podía hacer nada al respecto.
—¿Por eso te retiraste? —le pregunté a Vondreesen.
Vondreesen exhaló el humo y negó con la cabeza al recordarlo.
—Fue humillante y desalentador. Decepcioné a mucha gente.
—Eso lo explica todo. Todo excepto lo más importante.
Me giré en la silla para encarar a Vondreesen de frente.
—¿Por qué matarían a mi familia si no había nada que proteger?
Vondreesen se encogió de hombros.
—Me hice esa pregunta hace seis meses, cuando ocurrió, y me la volví a hacer hace seis minutos, cuando llegasteis. Llegué a la misma conclusión ambas veces. Ellos no lo harían. Solo puedo concluir que la muerte de tu familia no tuvo relación con Vitalis.
Si eso era cierto, estaba jodido. No tenía más pistas.
Pero sabía que no era cierto.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
Los asesinatos de la Dra. Tarasova y su marido dejaban clara la conexión.
—Me temo que no puedo decírtelo.
—¿No puedes o no quieres?
Vondreesen se dejó caer hacia atrás en la silla, abriendo los brazos y exponiendo el pecho con las manos sobresaliendo por los lados.
—El anonimato era muy importante para ellos. Francamente, no creo que ni siquiera necesitaran el dinero. Lo que necesitaban era una cara estadounidense. Eligieron la mía, y acepté porque el producto era espectacular.
—¿Quieres decir que dejaste que la codicia nublara tu buen juicio?
Vondreesen encajó mi golpe verbal con una sonrisa tan genuinamente arrepentida que podría haber salvado a Nixon. Menudo político.
—Tienes que entender que eso es lo que hacemos los capitalistas de riesgo. Nos pasamos la vida buscando inversiones con potencial de rentabilidad fenomenal. Ese es nuestro opio. Nuestra dicha y nuestra adicción. Brillyanc fue el mayor negocio que vi en treinta años.
—¿Quiénes son? —insistí.
—Son rusos. Eso es todo lo que sé. Lo hicieron todo a través de una sociedad offshore que ya no existe. Los directivos que firmaron los documentos eran testaferros. Isleños caribeños a los que pagaron por poner su nombre.
—¿Eso no resulta sospechoso?
—Si lo miras como capital de riesgo, es atípico. Pero si lo miras como una gran transacción financiera de alguien con mucho dinero, es habitual. No sospeché hasta que Colin hizo su descubrimiento. Entonces desaparecieron y lo cerramos todo.
—¿Qué quieres decir con que desaparecieron?
—Su número de teléfono y su servidor de correo dejaron de funcionar. Se cortó todo contacto. Ya no había forma de reclamarles nada.
—¿Y todo eso pasó antes de que asesinaran a mi familia?
—Meses antes.
No tenía ni idea de cómo continuar la conversación. Aquello no era lo que esperaba, y por lo visto el efecto de mi Brillyanc se había agotado. De repente ya no estaba tan seguro de mi decisión de pagar la fianza.
Miré a Katya. Ella asintió. Habíamos terminado.
—Gracias por tu tiempo, Vaughn. Disfruta de tu castillo.