Capítulo 62
Bloque a bloque
VONDREESEN recibió a Katya con una cálida sonrisa.
—Hola, Katya. Bienvenida. ¿No queréis pasar?
Seguía siendo el vivo retrato de George Clooney, pero daba la impresión de haber perdido el brillo enérgico que antes irradiaba en sus ojos. Quizá la jubilación, aunque buena para el espíritu, pasaba factura al alma.
Retrocedió con un movimiento elegante, dejando a la vista una atractiva amalgama arquitectónica de estilos del siglo XV y del XXI. O eso supuse, dado que no tenía mucha experiencia con el primero.
—Todavía da la sensación de estar al aire libre, ¿verdad? —dijo Vondreesen mientras cerraba la puerta—. Es por la iluminación. Toda indirecta, con bombillas de espectro completo que ajustan el brillo automáticamente según la hora del día. La araña es puro adorno.
Me dedicó una sonrisa orgullosa.
—Los suelos son originales, de la misma mezcla de piedras que las paredes, pero los mandé cortar en láminas finas e instalar sobre calefacción radiante.
Ahora tengo el primer castillo de la historia con suelos cálidos al tacto.
Pero perdonadme por enrollarme tanto. Mis nuevos juguetes y yo aún estamos en plena luna de miel.
Di una vuelta sobre mí mismo, admirando la arquitectura.
—En absoluto. Somos curiosos por naturaleza. Este es el primer castillo que visitamos hoy.
—Sois muy amables.
Vondreesen nos puso una mano en el hombro a cada uno.
—El cuadro —dije, señalando el gran óleo que ocupaba la pared entre las escaleras que ascendían en curva a izquierda y derecha—. ¿Es el San Jorge y el dragón de Rafael?
Tratándose de la casa de Vondreesen, me pregunté si podría ser el original.
—Algo en él no te acaba de encajar, ¿eh?
Dios, qué bien calaba a la gente.
—Sí, aunque no soy ningún experto.
—Pero tu mente está entrenada para detectar incongruencias y recordar detalles.
No es ni una copia ni un Rafael, pero sí procede de su taller.
Es un Penni original. Tiene sesenta y cuatro veces el tamaño de la obra original de Rafael, y está pintado sobre lienzo en lugar de madera. Un gran hallazgo. Por aquí, por favor.
Señaló hacia su derecha.
—Entonces, ¿cuál es la historia? —dije, abriendo los brazos.
—¿No puede un hombre tener un castillo sin una historia?
—Ni hablar. Ni hace mil años. Ni hoy.
—Lo trasladó y reconstruyó un barón francés aficionado al vino llamado Crespin, que se las daba de emprendedor.
En la industria vinícola francesa no hay mucho espacio para la innovación, así que Crespin vino a la tierra de las oportunidades.
Quiso traer el encanto del viejo mundo al nuevo, convencido de que podría superar a toda la competencia añadiendo una nueva dimensión a la experiencia de cata.
Pensó que podría crear el viñedo más popular del norte de California: una atracción turística además de una sala de catas.
—Al estilo Walt Disney.
—Efectivamente, aunque Disney eligió un castillo alemán. Este se construyó en el siglo XV en lo que hoy es un pueblo perdido del centro-sur de Francia. Lo compró por cuatro duros y lo volvió a montar aquí, bloque a bloque.
—¿Y qué pasó? —preguntó Katya.
—Murió y el proyecto se quedó parado. Para cuando sus herederos dejaron de pelearse, un italiano les había tomado la delantera con el Castello di Amorosa , un castillo aún más grandioso a menos de dieciséis kilómetros de aquí.
Los herederos de Crespin dejaron pasar la oportunidad y se quedaron con un elefante blanco.
El valle de Napa no necesita dos castillos medievales.
Yo andaba buscando un lugar cuando salió al mercado, y me gustó la dimensión extra que aportaba.
Es inmejorable para organizar cenas o para conseguir que los nietos vengan de visita.
—Sin duda tiene caché.
Vondreesen señaló hacia la escalera.
—Por favor, acompañadme a la biblioteca. También es bastante especial.