Capítulo 56
Mochilera
—Quiero ir contigo —dijo Katya, con un brillo travieso en los ojos y el cabello resplandeciente tras el baño.
Me entusiasmó la idea, pero me dejó perplejo.
—¿Por qué? Es solo una llamada telefónica. Puedo poner a Rita en altavoz y tú escuchas desde tu móvil. Como si estuvieras allí, pero sin correr ningún riesgo.
Katya se puso las manos en las caderas.
—¿Tienes idea de lo que ha sido esta semana para mí?
No era la respuesta que esperaba, y no sabía adónde quería llegar.
—Me hago una idea bastante clara.
—No, no la tienes. No de verdad. Eres un profesional, un espía entrenado con años de experiencia sobre el terreno.
Vives en un mundo donde entrar en un edificio o fugarte de una cárcel tiene la misma importancia que ir al supermercado.
Para ti, pegarle un tiro a alguien o cruzar una frontera con documentos falsos es como pedir un brunch.
—¿Y?
—Pues que yo tengo veintiocho años y un doctorado en matemáticas por la Universidad Estatal de Moscú.
Mi mundo es etéreo. Me dedico a la teoría de la probabilidad, a los cálculos predictivos y a estudiantes confundidos.
Tú y yo vivimos en el mismo planeta, pero nuestras vidas laborales tienen menos en común que un pez y un pájaro.
—No te sigo. O sea, entiendo lo que dices, pero no veo qué tiene que ver con que me acompañes a cometer un allanamiento. Más bien parece que me estás dando la razón, ¿no?
Katya cogió la taza de té de la encimera y dio un sorbo. Luego otro.
—Todo el mundo quiere visitar París una vez en la vida —dijo, ladeando la cabeza y con la mirada perdida en sus pensamientos—.
Las mujeres, al menos, todas parecemos compartir ese sueño.
Pero diferimos en el cómo. La gran mayoría opta por un viaje en autobús turístico.
Quieren hoteles seguros, comida conocida y guías que hablen su idioma.
Quieren ver todos los lugares imprescindibles, sin falta.
Se conforman con una experiencia garantizada de notable bajo porque es predecible.
La industria del turismo ha evolucionado para atenderlas: a las multitudes, a las que huyen del riesgo.
Me miró a los ojos y vi fuego en ellos.
—Y luego están las mochileras. Un mapa de papel en el bolsillo y unos pocos euros en el zapato.
Improvisan sobre la marcha y disfrutan de una experiencia sin guion.
Son las únicas que tienen la oportunidad de conocer el París de verdad, y eso solo porque están dispuestas a arriesgarse a un suspenso para conseguir un sobresaliente. ¿Me sigues?
—Claro.
—Soy una mochilera, Achilles. Quiero vivir.
Quiero empaparme de cada segundo de este extraño mundo tuyo, porque sé que no volveré a verlo.
Pronto estaré de vuelta en mi torre de marfil.
Y está bien. Me encanta. Pero mientras esté aquí, en tu mundo, quiero vivirlo.
No soy de las que se conforman con un notable bajo garantizado en la vida.
Viéndola allí plantada, defendiendo su postura, me invadieron unas ganas irrefrenables de acercarme y estrechar su cuerpo contra el mío, besarla como si fuera la última fuente de oxígeno del universo.
Quería recorrer su esbelta espalda con las manos y enredar los dedos en su pelo.
Quería cogerla en brazos, llevarla a mi cama y olvidarme de los hombres de traje negro y de los fiscales adjuntos.
Pero era un hermano en duelo, y un caballero, así que dije:
—Como desees.
Esbozó una sonrisa enigmática, no muy distinta de la de ese famoso cuadro imprescindible de París.
—Gracias.
—Pero vas a tener que ganártelo. Yo voy a trepar hasta el tejado y entrar en el edificio desde allí. Tú tendrás que encontrar otra forma de burlar al conserje.
—¿Y una escalera de incendios?
—El edificio no tiene.
—Vaya. Bueno, ¿cuál era tu plan B? Tenías uno, ¿no? Cuando me hiciste llamar a la asistente de Chris.
—Eso era por si había alarma. Iba a hacer que la llamaras de nuevo desde la puerta de Chris y le dijeras que tienes llave pero que se te ha olvidado el código de la alarma, y que vas a acabar teniendo que lidiar con la policía si no te lo da en los próximos cuarenta segundos.
Katya sonrió como una mochilera entusiasta mientras se imaginaba la escena.
—Pero ¿cómo ibas a llevarme hasta la puerta para empezar?
—Encanto, engaño o subterfugio. Ya habría improvisado algo.
Katya levantó el puño.
—Pues eso es lo que haré. ¿Nos vamos?
Me quité la chaqueta de cuero y me pasé lo que había comprado en la ferretería al bolsillo trasero de los vaqueros.
—Ahora sí. ¿No necesitas tiempo para prepararte?
—Mochilera, ¿recuerdas? Ya se me ocurrirá algo.