Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

De punta en blanco

EN EL VESTÍBULO DEL HOTEL, pagué ocho dólares por un pequeño rollo de cinta de embalar. Desapareció en el bolsillo de mi chaqueta.

Chris Pine vivía enfrente, en un edificio de ocho plantas de estilo italiano. Construido hacía décadas con ladrillo rojo y piedra caliza, el edificio lucía ventanas en mirador y resultaba más acogedor que las residencias más pequeñas de piedra gris que lo flanqueaban.

Pasé junto al pórtico cubierto de lona y atravesé un callejón hasta la parte trasera. Había venido a inspeccionar las vistas, pero mi nariz no pudo ignorar la batalla que se libraba entre el contenedor de basura y la salida de ventilación de la lavandería. De momento, el suavizante iba ganando.

Retrocedí hasta la pared del edificio vecino y examiné el de Pine como haría con una roca que quisiera coronar. Técnicamente, no estaría haciendo búlder sino escalada urbana , aunque el objetivo era el mismo: planificar la ruta.

La forma más fácil de llegar arriba tiene en cuenta todo el ascenso, no solo los primeros doce movimientos.

No había escalera de incendios ni bajante, pero el tercio central del edificio sobresalía unos sesenta centímetros hasta arriba, supuse que para dar cabida a una distribución distinta en los pisos interiores.

La esquina que esto creaba era el sueño de cualquier escalador.

El ángulo de noventa grados ofrecía resistencia opuesta suficiente para una amplia variedad de agarres de manos y pies, y aceleraría espectacularmente tanto el ascenso como el descenso.

Me acerqué a inspeccionar los ladrillos y, una vez más, quedé encantado.

Tenían la altura estándar de 76 mm, y el mortero quedaba rehundido unos buenos 5 mm.

Eso los hacía ideales para el agarre en pinza, además del agarre en arqueo y en canto que emplearía con mampostería más grande.

Escalar el edificio de Pine no sería tan rápido como el de Tarasova, pero la dificultad era apenas un 2 en una escala que llegaba hasta 16, así que no podía estar más contento.

Me di la vuelta para comprobar mi exposición antes de dirigirme al vestíbulo.

No estaba mal. El edificio de detrás también tenía ventanas más pequeñas y opacas en la parte trasera, principalmente para baños y escaleras, supuse.

A la gente le preocupa más la privacidad que las vistas cuando se trata de callejones.

Una vez inspeccionada la parte trasera, me dirigí a la entrada.

El edificio de Pine no tenía portero, pero sí conserje.

Tenía su lógica. Un ejecutivo que viaja mucho querría a alguien allí para recibir la ropa de la tintorería, los paquetes y atender alguna que otra petición personal.

El conserje era alto y delgado, con el pelo ralo y gafas redondas de montura metálica que me hicieron pensar en la época colonial.

—Hola, soy Adam —dije, y le tendí la mano.

—Charles. ¿En qué puedo ayudarle?

—Un colega me dijo que este era un edificio estupendo. ¿Tienen algún piso libre?

—No en este momento. Normalmente solo queda algo libre una o dos veces al año, y suele alquilarse por adelantado.

—¿Alguno próximamente?

—Tenemos un piso de un dormitorio que quedará libre en junio.

—¿Tiene las mismas vistas que el de Chris? Él está en el 8A.

—El piso del Sr. Pine es un ático de esquina con vistas a New Hampshire. El que quedará libre es el 8E, que no es esquinero, pero también es de un dormitorio y da igualmente a New Hampshire.

—¿Podría verlo?

—Me temo que está ocupado.

—¿Quizás solo desde la puerta? —pregunté. Luego añadí las palabras mágicas—: Le estaría muy agradecido.

¿Cuál es la diferencia entre un soborno y una propina? Las mismas dos partes, el mismo servicio especial, la misma transferencia discreta de efectivo. Pero cambia el momento, y el momento lo es todo.

—Tengo que dejar ropa de la tintorería en el 8E.

Charles sacó un cartel de vuelvo en cinco minutos y luego extrajo tres perchas con ropa enfundada de un armario tras el mostrador.

—Subiré por las escaleras —dije—. Manías mías.

Ni un atisbo de extrañeza por parte de Charles. Solo un respetuoso:

—Nos vemos arriba.

Subí corriendo ocho tramos de escaleras y luego un noveno hasta la azotea.

Entreabrí la puerta y encontré la típica arquitectura de hormigón desnudo, con tubos de ventilación y respiraderos y un pretil de unos cuarenta y cinco centímetros.

Alguien había colocado sillas de jardín, del tipo plegable barato que venden en los chiringuitos de playa.

También habían dejado un cubo de plástico medio lleno de agua que supuse había contenido hielo.

Era fácil ver por qué. La vista era fantástica.

La fuente del DuPont Circle se veía al sur, y más allá, el Monumento a Washington, que probablemente me recordaría para siempre al Cohete de Barsukov.

Arranqué una tira de quince centímetros de cinta de embalar usando el cortador incorporado y la pegué sobre los agujeros del pestillo. Luego arranqué otra para reforzarla. Convencido de que aguantaría, cerré la puerta con cuidado, bajé al octavo y me reuní con Charles en el pasillo frente al 8E.

Charles sacó una llave maestra Schlage.

Yo podía abrir la mayoría de las cerraduras convencionales con los clips que guardaba en el bolsillo trasero, pero eso llevaba tiempo. Con esta información, entrar sería pan comido. Manipuló la cerradura y dijo:

—Por favor, sujete la puerta mientras cuelgo esto. Por cierto, la cocina está a la derecha, el baño a la izquierda y el salón justo enfrente. El dormitorio tiene la misma orientación suroeste.

Y ningún panel de alarma . Tenía todo lo que necesitaba.

—Es precioso. Muchísimas gracias.

Mientras volvía a cerrar el 8E, Charles preguntó:

—¿Le gustaría rellenar una solicitud?

Saqué un billete de cien dólares de la cartera.

—Déjeme pensarlo. No estoy seguro de lo del octavo piso. ¿Hasta qué hora estará usted aquí?

—Jason me releva a las ocho.

Bajé las escaleras sin prisa para que Charles me viera salir, cosa que hice con un educado gesto de cabeza.

Él me correspondió.

Giré a la derecha en New Hampshire, luego a la izquierda en R.

En la esquina con Seventeenth, entré en lo que Google me aseguró que era la ferretería de cadena más cercana.

Tras un rápido vistazo al personal, me acerqué al más joven de los tres empleados.

Un chaval flacucho de dieciocho o diecinueve años.

Aún estaba perdiendo la batalla contra el acné, pero seguro que ganaba muchas en su Xbox.

—Oye, Brad, necesito una llave —dije, leyendo su placa—. ¿Me echas una mano?

—Claro que sí. —Brad se dio la vuelta y me llevó a la máquina de hacer llaves.

Antes de que pudiera preguntar, dije: —Necesito una llave Schlage estilo L, cortada en nueve en las cinco posiciones.

Tardó un momento en procesar mentalmente el encargo, que no seguía los parámetros de entrada habituales. —¿Tienes la original?

—No. La perdí. Pero da igual, porque sé el patrón. Nueve en todas las posiciones, así que cuando esté terminada parecerá una pequeña sierra, con cinco dientes diminutos. ¿Puedes hacerlo? Te lo enseño, si quieres.

—Entendido. Solo que es un poco raro.

—Gracias. Tengo que comprar otras cosas. Vuelvo enseguida.

Oí el zumbido y el chirrido metálico de la cortadora de llaves mientras buscaba una junta tórica de goma con un agujero de un cuarto de pulgada.

Para cuando hube cogido un destornillador pequeño y volví con Brad, él estaba sacando la Schlage de su máquina.

La pasó un par de veces por un agujero desbarbador y me la presentó para que le diera el visto bueno.

—Nueves perfectos —dijo con un toque de orgullo.

Luego, riéndose entre dientes, añadió—: Suena a algo que solía decir mi abuelo, pero no creo que se refiriera a esto.

Sin embargo, era exactamente lo que yo tenía en mente. Así que le di las gracias, pagué y me fui a cometer un delito.