Capítulo 47
Desechable
LA MUJER QUE GRITABA levantó el brazo tatuado y señaló. Directamente hacia mí. Directamente hacia mi rostro ensangrentado. ¿Acaso no sabía que era de mala educación señalar?
La ignoré, pero me puse a limpiarme la sangre con la manga y la mano izquierda mientras guiaba a Katya y Max hacia la salida.
La mujer no volvió a gritar.
Llegamos al último vagón unos seis minutos después del primer disparo del francotirador.
Seis minutos eran tiempo suficiente para que los gritos hubieran alertado a las autoridades de la estación, pero demasiado poco para que la policía municipal hubiera acordonado la zona.
Calculé que nos quedaban uno o dos minutos antes de que cayera el telón.
Iba a ser justo.
—Vamos a correr hacia la calle y cogeremos el primer taxi que encontremos. Olvidaos de pasar desapercibidos, lo que importa es la velocidad.
—¿Y el francotirador? —preguntó Max con voz temblorosa—. ¿No estaremos expuestos?
Solo los mejores francotiradores profesionales, curtidos en combate, tendrían el valor de quedarse tanto tiempo con la policía cerrando el cerco.
Por supuesto, en Rusia había muchos de los mejores, pero las probabilidades seguían a nuestro favor.
No era una operación gubernamental, sino un asunto privado, y habíamos elegido el nudo de transportes al azar.
—Si somos rápidos, habremos salido antes de que nos detecten.
Y así fue.
Nos metimos de cabeza en un Lada blanco que probablemente llevaba veinte años haciendo de taxi. Una vez que nos perdimos por la carretera de circunvalación en dirección oeste, Katya se volvió hacia mí. —No puedo creer que la estación no estuviera patas arriba después del tiroteo.
Estaba sentada entre Max y yo en el asiento trasero, y hablaba en inglés para que el conductor no se enterara.
Aunque muchos moscovitas hablaban inglés, las probabilidades de que el conductor de un taxi tan viejo en aquella economía lo hablara eran escasas.
—A juzgar por la falta de reacción, cualquiera diría que allí disparan a alguien todos los días.
—Puede que así sea —respondió Max sin apartar la vista de la ventana.
Tenía razón. No quedaría claro que se había usado un rifle de largo alcance hasta que se hiciera el análisis balístico.
Mientras tanto, un georgiano con la cara destrozada no se distinguiría mucho de un checheno, y los chechenos llevaban décadas aterrorizando Moscú.
La policía probablemente estaba curada de espanto.
—¿Tienes algún sitio donde quedarte unas semanas? —le pregunté a Max—. ¿Algún amigo o familiar con quien puedas estar hasta que resuelva esto?
—¿Vas a resolver esto?
La voz abatida de Max dejaba entrever un atisbo de esperanza. Quería avivar esa llama y mantenerlo animado hasta que estuviera a salvo. —Desde luego. Sin la menor duda. Ninguna en absoluto. Pero mientras tanto, sería prudente que no te dejaras ver.
Se giró y se inclinó hacia delante para escrutarme el rostro, buscando algo de consuelo.
Vi que aún no había salido del pozo de la desesperación.
—Una vez perdí a un compañero. También a manos de un francotirador a distancia.
También estando yo a su lado. Hice que ese francotirador deseara no haber oído mi nombre en su vida.
Que deseara no haber nacido. Me llevó diez días, pero lo conseguí, y lo hice bien.
Voy a batir ese récord con este tipo. Cuenta con ello.
—Me levanté la barbilla y señalé el punto de la mejilla que me ardía—.
Aunque solo sea porque la bala iba dirigida a mí.
Max me sostuvo la mirada unos segundos más, luego desvió los ojos hacia Katya otros tantos antes de decir: —Tengo amigos con un sofá.
—Bien. Ahora tengo algo para ti. Algo que te va a gustar. —Le pasé la fiambrera a Katya.
Ella se la pasó a Max. —Doce viales de Brillyanc.
Max abrió la cremallera y miró dentro. —Nueve, querrás decir. Tres están rotos. ¿Y estas bolsas de bayas? Supongo que son un sustituto del hielo.
—Correcto. Tendrás que mantenerlo refrigerado. ¿Cuánto tardarás en analizarlo?
—Depende de cuándo pueda acceder al espectrómetro de masas. Como mínimo, unos días. ¿Corre prisa?
—Ya lo creo. Si no resuelvo esto en los próximos diez días, pasará mucho tiempo antes de que tenga otra oportunidad.
—Veré qué puedo hacer. ¿Adónde vais vosotros? ¿O mejor no pregunto?
—De vuelta a Estados Unidos. Pero estaremos en contacto.
De hecho, deberías tener el móvil apagado y sin batería hasta que las cosas se calmen.
Por si acaso. Cómprate un desechable para mientras tanto.
—Tecleé nuestros números en una nota del móvil y se la mostré a Max—.
Memorízalos y llámanos desde tu desechable en cuanto averigües algo.
—Entendido. Así lo haré.