Capítulo 42
—¿Qué es eso? —preguntó Katya, con el rostro bañado en alivio y curiosidad.
—Eso —dije— es un paso adelante.
—¿Qué?
Estaba de vuelta en el asiento del conductor, con la fiambrera sobre el regazo.
—En sentido figurado. Literalmente, son un par de tarrinas de arándanos congelados y una docena de viales de Brillyanc.
—¡No puede ser!
Le pasé la fiambrera.
—Compruébalo tú misma.
Katya abrió la cremallera de la tapa y sacó el cartón de yogur. Lo abrió y extrajo un vial de cristal.
—Sesenta mililitros. Esperaba bolsas de suero.
—Supongo que el Brillyanc se diluye con suero salino o alguna otra solución tampón para la infusión. Si tarda seis horas en administrarse, seguramente implique un proceso bioquímico complejo.
Katya se animó aún más.
—Por suerte conocemos a un bioquímico sofisticado.
—Exactamente lo que pensaba.
—¿Cómo se te ocurrió buscar ahí? En un cartón de yogur en el frigorífico, quiero decir.
—Un bioquímico sofisticado. Max dejó claro que haría lo que fuera necesario para seguir tomando Brillyanc después de que terminara el ensayo clínico. La única razón por la que no lo organizó fue que no sabía que el ensayo iba a terminar.
—¿Y?
—Así que supuse que Tarasova sentiría lo mismo. Solo que ella sí sabía que el ensayo estaba terminando. Y tenía acceso al producto. Y como el Brillyanc tiene que mantenerse refrigerado, sabía dónde buscar.
Katya puso cara de profesora que había escuchado la respuesta correcta.
—¿Qué hacemos ahora?
—Llama a Saba y mira si él o Max pueden reunirse con nosotros ahora en la estación de tren de Leningrado. Puedes decirle que tenemos algo para él, pero no insinúes qué es. Por si acaso.
—De acuerdo. ¿Vamos a San Petersburgo?
—No, eso es una pista falsa. Por si acaso.
—Empiezo a ver un patrón.
No pude evitar sonreír. Sentaba bien.
—La estación de Leningrado también ofrece ventajas tácticas.
Aunque necesitamos salir de Moscú cuanto antes.
Entre los trajes negros y la policía, hay demasiadas fuerzas en nuestra contra aquí.
Pero primero necesitamos más información, y no estoy seguro de cuál es la mejor manera de conseguirla.
Le daré una pensada. Mientras tanto, voy a intentar que llevemos dos pasos de ventaja.
Katya había aprendido a no preguntar, pero sus ojos delataron preocupación.
Adopté un tono calmado y esbocé una sonrisa.
—Volveré en diez minutos.
—Ten cuidado.
Desanduve el camino de esa noche, y unos minutos después estaba de vuelta en la cocina de Tarasova.
Invertí el patrón de iluminación del apartamento, encendiendo la luz de la cocina y apagando la del salón.
Después de comprobar que la tapa de la batidora estaba bien cerrada, pulsé el interruptor de encendido.
Mientras el rugido violento interrumpía el silencio, corrí de vuelta al salón, me coloqué detrás de las cortinas, levanté la Glock y esperé a que un traje negro entrara por la puerta.
No tuve que esperar mucho.
La puerta principal se abrió lentamente, apenas una rendija. La batidora aullaba reclamando atención. Tras un segundo interminable, la puerta se abrió de golpe, el impacto lo bastante fuerte como para oírse por encima del zumbido mecánico agudo.
No le siguió nada.
Durante seis largos segundos no hubo ningún otro signo de movimiento desde el pasillo.
Luego emergió el cañón cromado de una semiautomática grande.
Probablemente una Desert Eagle. Después apareció una mano con guante de cuero, seguida de una manga negra.
Un hombro poderoso la movió de un lado a otro casi dos metros por encima del suelo, como una torreta de tanque.
Pasillo, cocina, salón. Luz a luz a oscuridad.
La Desert Eagle se detuvo en la oscuridad. Luego, rápida, repentina, suavemente, el resto del cuerpo la siguió desde el pasillo. Mientras cerraba la puerta de una patada, apreté el gatillo de mi Glock.
Cuando una bala atraviesa tu corazón, no llevas una mano al pecho y te tambaleas gimiendo antes de caer lentamente de rodillas y luego desplomarte hacia adelante al suelo.
Cuando una bala atraviesa tu corazón, la sangre deja de bombear, el oxígeno deja de fluir y el sistema nervioso central se cortocircuita sin más.
Es como si alguien te arrancara el cable de alimentación. Simplemente caes.
El traje se desplomó.
Ciento treinta y cinco kilos de músculo se convirtieron en ciento treinta y cinco kilos de carne en tres centésimas de segundo.
Todas sus articulaciones cedieron a la vez: tobillos y rodillas, caderas y hombros.
Como había sido un profesional listo para soltar un disparo de magnum, su centro de gravedad estaba perfectamente vertical.
Cuando los siete gramos de plomo que le había lanzado impactaron a cuatrocientos metros por segundo, bastó para inclinar la balanza, así que cuando cayó, cayó de espaldas.
Bueno, más o menos.
Sus piernas quedaron en una postura completamente antinatural, y su cabeza acabó apoyada contra el borde de la pared como si estuviera mirando sus propias piernas descolocadas y pensando «¿Qué demonios?» .
El ladrido de mi arma seguido del golpe de su cuerpo y el crujido de su cráneo normalmente habrían alertado hasta al vecino más despistado. Pero la batidora seguía haciendo lo suyo. Estaba deseando silenciarla, pero quería cerrar la puerta con llave primero.
Como el traje había cerrado la puerta de una patada tras de sí, estaba relativamente seguro de que venía solo, pero no quería arriesgarme a equivocarme. Hasta ahora solo había visto trajes en parejas.
Me acerqué sigilosamente a la puerta principal, pegado a la pared pero con las suelas blandas de mis zapatos sobre la alfombra oriental en lugar del suelo de madera. Pasé por encima del cadáver y, resistiendo el impulso de mirar por la mirilla, deslicé el cerrojo desde el lado protegido.
La batidora dejó de aullar. Un mecanismo de seguridad para evitar el sobrecalentamiento, supuse. Me quedé quieto, escuché durante treinta segundos, luego me acerqué a la mirilla. El rellano estaba despejado.
Este traje había trabajado solo.
No me molesté en registrar el cuerpo, seguro de que estaría tan limpio como los anteriores, y prefería dejarlo intacto pensando en mi siguiente movimiento.
Estaba satisfecho con el poco progreso conseguido —otro matón fuera de juego y algo de Brillyanc en el bolsillo— pero me sentía como un escalador que, tras coronar una colina, contemplaba la montaña que se alzaba ante él.
Por descabellado que pareciera, incluso para mí mismo, era hora de forzar la situación.
Marqué el 112, el equivalente de Rusia del 911, y denuncié un disparo en esa dirección.