Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Comida saludable

ESTABA DETECTANDO UN PATRÓN.

También me estaba cansando de ir siempre un paso por detrás.

Necesitaba averiguar cómo adelantarme.

Ese era el problema de seguir pistas: ibas siguiendo. Por detrás, por definición. Adelantarse requería ideas.

Tenía un par que probar.

Pero lo primero es lo primero. No hacía falta comprobarle el pulso a Tarasov.

Tenía la lengua hinchada asomando por la boca, y las manchas en los vaqueros indicaban que se le habían soltado los intestinos.

Eché un vistazo por el baño buscando una nota de suicidio falsa, algo sobre no querer seguir viviendo sin su amada esposa, pero los trajes negros no se habían molestado con esos detalles.

No hacía falta. El montaje era convincente.

Motivo perfecto. Sin signos de forcejeo.

Supuse que lo habían sedado antes de colgarlo del cinturón en la ducha. No había otra forma de hacerlo, la verdad, ya que los pies le tocaban el suelo de la bañera. Habría rastros del sedante en sangre, pero la policía no los encontraría si no los buscaba.

Conseguir que los buscaran era una de mis ideas.

Cerré la puerta del baño a mi espalda y llamé a Katya.

—Estoy bien, pero Tarasov no. Lo han matado. ¿Cómo estás? Voy a necesitar unos veinte minutos.

Katya guardó unos segundos de silencio para encajar el golpe antes de responder:

—Estoy bien. El grupo de adolescentes ya pasa de diez, pero no hay señales de hostilidad. ¿Estás en peligro? ¿Qué vas a hacer?

—Estoy intentando conseguirnos pistas. Estaré bien.

Colgué y me puse a buscar por el apartamento ordenadores, cuadernos o papeles, cualquier cosa que la Dra. Tarasova pudiera haberse traído del trabajo. Estaba seguro de que los trajes negros se me habían adelantado, pero no podía dejar de mirar.

El tamaño del apartamento hizo que fuera rápido, y no encontré nada de nada. Pero había dejado lo mejor para el final. Ahí era donde entraba en juego mi segunda idea.

Tarasova no se habría molestado en esconder sus notas ni el ordenador, porque llevárselos a casa era parte de su trabajo.

No solo permitido, sino obligatorio. Sin embargo, había algo que probablemente no estaba permitido.

No lo dejaría a la vista, aunque tampoco es que hubiera muchas opciones de dónde esconderlo.

Me froté las palmas como si fuera a tirar los dados o sacar una carta, y abrí el frigorífico. Leche, zumo, salchichas, queso, condimentos, varios tápers y un pack de seis yogures líquidos probióticos en una caja de cartón.

Los tápers eran la opción obvia, así que saqué la caja de yogur. Pesaba como si estuviera llena, y tintineó. Miré dentro. Una docena de viales de cristal me guiñaron el ojo.

—Ahora sí estamos hablando.

Dejé la caja de yogur a un lado, cogí una bolsa térmica de la encimera y miré en el congelador buscando algo para mantener el frío.

Ni hielo, ni maíz, ni guisantes. Aunque sí había bolsas de fresas, arándanos y moras congeladas: los ingredientes de un batido, supuse, al ver los plátanos, la batidora y el termo en la encimera.

Verlos me dio otra idea.

Llené la batidora con fruta y leche, y cerré bien la tapa.

Metí la caja de yogur en la bolsa térmica, puse una bolsa de congelar de un litro a cada lado y las rellené con todos los arándanos congelados que cupieron.

Convencido de que el Brillyanc se mantendría frío durante horas, me colgué la correa de la bolsa térmica del cuello y salí por donde había entrado.