Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Trapicheos

SALÍ de la furgoneta, pero esperé a cruzar la calle hasta que un par de personas que paseaban perros doblaron la esquina. Con el sol ya puesto, el aire se había vuelto frío, pero estaba seco. Buen tiempo para escalar.

Me dirigí al edificio de Tarasova con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, como un vecino de vuelta a casa. No tenía magnesio para las palmas, pero no iban a sudarme, y para trepar por una bajante, daba igual. —¿Vía libre? —pregunté por el micrófono.

Katya respondió de inmediato, como una profesional. —Hay una pareja en un banco a unos veinte metros delante de ti, pero están absortos el uno en el otro. Y al otro lado de la calle hay varias cortinas abiertas, pero no veo a nadie asomado a la ventana.

—Suficiente. Allá voy. —Los paneles de hormigón medían unos tres metros de altura, así que no había mucho donde agarrarse.

La superficie, aunque aparentemente lisa, era lo bastante rugosa para el smearing, esa técnica de fricción directa que daría apoyo a mis pies.

En cuanto a la bajante de diez centímetros, la habían construido hacía cincuenta años los soviéticos.

Diseñada para soportar las tensiones interminables de un clima brutal y la vida en comunidad, no se iba a mover de ahí.

Enganché una mano a cada lado a la altura de la cabeza y tiré hacia atrás hasta tener los brazos rectos y la espalda activada.

Luego subí los pies a la pared uno a uno y empecé a ascender como un mono hambriento trepando a un cocotero.

Era una sensación genial.

Nunca me siento mejor que cuando escalo. Hay algo en la combinación de riesgo mortal, esfuerzo físico y progreso tangible que me estimula el cerebro como nada en el mundo. Y cuanto mayor es el riesgo, más difícil la escalada y más alto el ascenso, mejor me siento.

Llevo zapatillas de aproximación a todas partes porque siempre estoy buscando mi dosis. No voy por ahí escalando postes de teléfono, pero me siento mejor sabiendo que podría hacerlo. Y a veces hay gatitos que rescatar.

Tardé unos quince segundos en poner la cabeza a la altura del borde inferior de la ventana de la cocina de Tarasova, que quedaba a unos dos metros a mi izquierda.

Como escalador, sabía que mi «índice de simio» era 1,05, lo que significaba que mi envergadura superaba mi altura en un cinco por ciento, unos dos metros en total.

Si mi cálculo de dos metros era correcto, no llegaría.

—¿Me ha visto alguien?

—Que yo vea, no. Escalas como un chimpancé.

—Es lo más bonito que me has dicho en la vida.

Me incliné todo lo que pude hacia la izquierda, pero aún me faltaban unos centímetros para el alféizar.

En lugar de saltar hacia él, cambié la posición de los pies para que el derecho presionara contra la bajante desde el lado izquierdo, y luego extendí el brazo y la pierna izquierdos.

Para Katya, habría parecido que me había estampado contra la pared en pleno salto de tijera, pero funcionó.

Los dedos de mi mano izquierda encontraron un par de centímetros de agarre entre la mugre de la ciudad y la mierda de paloma.

Solté la derecha.

Tras un desplazamiento y una dominada, estaba mirando por la ventana de la cocina de Tarasova. Por suerte, nadie me devolvía la mirada. —Katya, cuelga y llama al teléfono fijo de Tarasova. Si alguien contesta, busca alguna excusa para entretenerlo. Si no, deja que suene unos minutos.

—De acuerdo. Ten cuidado.

Me coloqué de forma que pudiera mirar por una esquina de la ventana parcialmente oculta por una maceta.

Desde allí veía la cocina y el pasillo más iluminado del fondo, sin riesgo de que un residente me pillara con una mirada casual.

Claro que esto solo valía para los de dentro del piso.

Desde fuera, estaba totalmente expuesto.

El teléfono del piso empezó a sonar.

Siguió sonando.

Al quinto timbrazo, actué. Me impulsé hacia arriba y me encaramé al alféizar exterior, que apenas tenía dos centímetros de ancho. Desde allí, metí la mano por la pequeña ventana de ventilación de la esquina superior derecha y usé la cortina para enganchar el pestillo y abrir la ventana grande.

Con la Glock de Scar en la mano, abrí la ventana de un empujón al octavo timbrazo. Por lo visto, los Tarasov la abrían a menudo, porque el mecanismo iba suave y el alféizar estaba despejado. O eso, o el karma estaba de mi parte.

Los escaladores aprenden a fundirse con la roca que escalan.

Es una sensación, una mentalidad, un fluir.

Desconectan los demás sentidos y sienten la roca, viven desde su perspectiva, se mueven en armonía con el entorno.

Serenos, seguros y silenciosos. Entré en ese estado mientras me colaba por la ventana, pasaba sobre el fregadero y bajaba al suelo.

Silencioso como una brisa de verano. Después volví a conectar con el resto del mundo.

El teléfono seguía sonando.

Aproveché un timbrazo para cruzar la cocina y el pequeño pasillo. Con el siguiente, me asomé a la habitación principal, el salón-dormitorio. Había un sofá cama, televisor, armario y vitrina, pero ningún pulso.

Exhalé. Me quedaban el balcón, el armario y el baño por despejar. Desde donde estaba veía toda la mitad superior del balcón acristalado. Parecía vacío, pero sería un buen escondite. Me acerqué sin hacer ruido y miré por el cristal. Solo cajas y esquís de fondo.

El contenido del armario también resultó ser inanimado.

De camino al baño, me detuve junto a la puerta principal y miré por la mirilla. No parecía haber nadie en el rellano, pero eso no significaba que un traje negro no estuviera esperando detrás de una puerta o en la escalera: armado, preparado y al acecho.

Dos pasos silenciosos me llevaron a la puerta del baño. Se veía luz por la rendija de abajo. Escuché durante un minuto entero antes de abrirla agachado, con la Glock en alto.

El señor Tarasov me devolvió la mirada. Estaba en la ducha, colgado del cuello.