Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

BOLO

La ligereza que nos había dado una hora de respiro con viejos amigos y una botella de vino se evaporó en cuanto salimos del edificio de Saba.

Un coche de policía nos esperaba.

Dos agentes de la milicia fumaban dentro, con la atención puesta en el portal de al lado. Pasé el brazo por los hombros de Katya y la guié con naturalidad en dirección contraria mientras me encorvaba para parecer un poco más bajo.

Se acercó a mí y susurró:

—Están vigilando la entrada de mi antiguo apartamento.

—Ya me lo imaginaba.

—¿Crees que me estaban buscando a mí?

—¿Alguna vez habías visto a la policía merodeando así?

—No.

—Entonces sí, creo que te buscaban a ti.

—Pero ¿por qué? Yo no he hecho nada.

«Yo tampoco», pensé. «Pero mírame ahora».

—Por lo visto, hemos molestado a gente poderosa solo por seguir vivos, y no pienso darles el gusto.

—¿Y por qué se ha metido la policía de repente?

—Supongo que cuando activamos el reconocimiento facial en GasEx, los pusimos nerviosos, sean quienes sean. Por lo visto, decidieron recurrir a algo más que su propio escuadrón de matones.

Katya me miró con escepticismo.

—¿Qué le dirían a la policía? ¿Cómo conseguirían que nos buscaran?

—Si alguien poderoso hace la petición a través de un alto cargo del cuerpo, podrían meternos en el sistema como «personas de interés».

Eso generaría un BOLO prioritario, una orden de búsqueda y localización, sin necesidad de dar explicaciones.

A los agentes de a pie simplemente les ordenarían llevarnos a comisaría para interrogarnos. Y entonces nos tendrían.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Pasar desapercibidos y confiar en resolver esto pronto, porque Moscú ya no es seguro.

A Katya le tembló el labio inferior, así que me apresuré a añadir:

—Lo bueno es que sabemos que la investigación va por buen camino y que no están rastreando nuestra furgoneta.

Condujimos hacia el sol poniente sin hablar, cada uno perdido en sus pensamientos, intentando asimilar una situación que había empezado mal y no dejaba de empeorar.

Me di cuenta de que Katya ahora imitaba mi vigilancia: recorría constantemente pero con disimulo las ventanas y los espejos en busca de trajes negros, furgonetas blancas y coches de policía.

Tardamos treinta minutos en llegar a la dirección de la Dra.

Tarasova. Su bloque de cinco plantas era uno de esos edificios viejos y poco deseables que se construyeron por toda la Unión Soviética en los años sesenta, bajo el mandato de Nikita Jrushchov.

Pasé de largo y aparqué en una zona de sombra unos doscientos metros más adelante, en una calle lateral.

—Tenemos que dar por hecho que estarán vigilando el lugar. Yo apostaría a un hombre con visión directa de la puerta de Tarasova, o dentro del propio apartamento. Así que asumamos las dos cosas.

—Vale, ¿cuál es el siguiente paso?

—Necesito que te quedes aquí en la furgoneta y vigiles la entrada de Tarasova mientras inspecciono el edificio gemelo de al lado y localizo el apartamento 32.

Me puse los auriculares y llamé al iPhone de Katya. Ella se puso los suyos y contestó:

—No hace falta. El suyo es la segunda ventana desde la derecha, en el último piso.

Señaló.

—La ventana de ventilación de la cocina está abierta y hay luz en la habitación principal.

—¿Cómo sabes que es el suyo?

—Los jrushchyovkas de cinco plantas son todos iguales. Tenía una amiga que vivía en un 32. Seguro que se congela en invierno y que el techo gotea en la cocina.

—¿Cómo es la distribución?

—Es un estudio. Cocina, baño, recibidor, salón, armario y balcón.

—No hay muchos sitios donde esconderse.

—Desde luego que no.

—¿El 32 no estará en la tercera planta?

—No, están numerados de forma correlativa. ¿A qué viene todo esto? ¿Cuál es tu plan?

—Voy a entrar por la ventana.

Katya me miró como si le hubiera dicho que podía volar.

—¿Cómo? Está en la quinta planta.

—Escalar hasta la ventana será pan comido. Lo que me preocupa es colarme sin que me detecten. Esa parte tendré que improvisarla. El mismo plan de antes: tú vigila desde aquí abajo.

—Pero alguien te verá.

—No si soy rápido y elijo bien el momento.

—¿Y si alguien empieza a gritar?

—Pasaré por el tejado y bajaré por detrás antes de que nadie pueda reaccionar. No te preocupes. Mientras tú vigiles desde abajo, yo podré concentrarme en subir rápido y entrar sin hacer ruido. ¿De acuerdo?

—Vale. ¿De verdad crees que puedes escalar el edificio? ¿Sin caerte?

—La mayoría de los edificios residenciales se escalan tan fácil como una escalera de mano.

Tienen todo tipo de puntos de agarre, bordes y salientes, todos bien espaciados y a intervalos regulares.

Estas paredes son de paneles de hormigón en vez de ladrillo, lo que sería complicado si no hubiera ventanas y balcones por todas partes, pero los hay.

Y este además tiene una bajante, que viene a ser como un ascensor.

Katya no parecía convencida.

—Estamos hablando de cinco plantas. Eso son unos dieciocho metros. Menudo árbol.

—¿Ves mis zapatos?

Crucé la pierna izquierda sobre la derecha para enseñarle mi zapatilla de aproximación.

—Están diseñadas para escalar. La suela es adherente, la sujeción excelente, y me quedan como un guante. Con ellas, me pegaré a esa pared como una araña.

Esto no era del todo cierto, claro. Pero para tranquilizarla apostaba más por la actitud que por la precisión.

—Y respondiendo a tu otra pregunta: la mejor manera de no llamar la atención cuando haces algo sospechoso en público es actuar como si estuvieras al mando.

—¿Y cómo piensas hacer eso?

—Será una combinación de lo que haga y lo que deje de hacer.

Evitaré los movimientos cautelosos y las miradas furtivas, porque despiertan sospechas: activan alarmas grabadas en nuestro ADN.

Mi objetivo será pasar completamente inadvertido, no generar ninguna reacción, pero incluso si me toca cruzarme con gente que no pueda evitar verme, bastará con que mantenga la cabeza alta y los hombros echados hacia atrás, como alguien con autoridad.

Esa actitud despierta el instinto de sumisión en la mayoría de las personas y suele permitir pasar desapercibido sin llamar la atención.

—Asentí, reforzando subliminalmente la veracidad de lo que había dicho—. Es hora de irnos.