Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Invaluable

NUESTRO PRIMER AVANCE, pensé, mientras Max confirmaba que él también había participado en el ensayo clínico. Si no me fallaba la memoria, Katya había dicho que Max estaba haciendo el doctorado en bioquímica.

Katya se llevó la mano al pecho.

—Vi tu nombre, pero debe de haber diez mil Max Ivanov en Moscú, así que lo pasé por alto. Pero cuando llegué a Mamaladze…

—Por favor, empezad por lo básico —dije, impaciente por entrar en materia—. Aparte del nombre intrigante, no sabemos nada del fármaco.

Saba dejó la copa de vino y empezó:

—Nos dijeron que era un «producto de mejora metabólica». Esas fueron sus palabras exactas. Cuando les pedimos más detalles, nos dijeron que notaríamos mejoras en cómo nos sentíamos. Se negaron a concretar más por el efecto placebo y porque el metabolismo varía mucho de una persona a otra.

Katya y yo asentimos, sin querer interrumpirle.

—Por supuesto, lo que más nos preocupaba eran los efectos secundarios. Pero nos dijeron que el producto en sí no tenía ninguno, solo los propios de la administración, de estar conectado a un gotero durante seis horas.

—Y todo eso eran cosas menores —añadió Max—. Enrojecimiento e hinchazón en el punto de punción, dolor de cabeza, náuseas. El repertorio habitual de molestias leves que aparece en la letra pequeña de cualquier medicamento.

—Pero Max, fiel a su estilo, hizo sus propias pruebas. Nos sacó sangre a los dos antes del ensayo y durante el mismo.

—¿Qué analizaste? —le pregunté a Max.

—Los parámetros típicos de una revisión anual: hemograma completo, bioquímica, fibrinógeno, hemoglobina, hormonas y PSA. Ninguno cambió de forma significativa en ninguno de los dos. Si acaso, mejoraron ligeramente.

—Lo que sí cambió fue nuestra claridad mental —continuó Saba, alzando la copa recién llena como si brindara por los dioses de la medicina—.

El sueño de todo estudiante hecho realidad.

Mi investigación empezó a avanzar a toda velocidad, asimilaba todo a la primera.

Hasta empecé a pasarme por el despacho del Dr. Abramov para comentar artículos de Annals of Mathematics con él.

Por puro placer. ¿Te lo imaginas, Katya?

Bueno, seguro que tú sí, siempre fuiste su favorita. Pero ¿te imaginas que yo hiciera eso?

—Siempre fuiste muy duro contigo mismo, Saba. ¿Seguro que no es el efecto placebo? ¿Quizá inducido por el nombre?

—Si lo es, es el mejor efecto placebo de la historia.

Mi tesis está terminada. La acabé la semana pasada, medio año antes de lo previsto.

—Ante la expresión de sorpresa de Katya, añadió—: Ya sé que no te lo dije la última vez que nos vimos.

Todo iba tan increíblemente bien que tenía miedo de gafarlo.

Max dejó la copa.

—A mí me ha pasado lo mismo. También voy a terminar la tesis meses antes de lo previsto, y mi director se ha vuelto mucho más elogioso desde que empecé.

—¿Cuánto tiempo lleváis tomándolo? —pregunté.

—Dieciocho meses. Ha sido fantástico. La verdad, me preocupa lo que va a pasar ahora que lo hemos dejado. Con una dosis más habría terminado, tesis lista y defendida.

Katya le lanzó a Max una mirada perspicaz.

—Con tu experiencia y el equipo de laboratorio que tienes a mano, ¿por qué no te preparas un lote ahora que se ha acabado el suministro gratuito? ¿Es difícil de fabricar?

—Ni idea. Fueron muy reservados con la fórmula.

Los ingredientes no aparecían en las bolsas de suero.

Créeme, lo comprobé. Un día que nadie miraba, eché un vistazo a su nevera, pero no había bolsas de repuesto.

Ahora me arrepiento de no haber guardado algo de mi gotero para analizarlo.

Pero no sabía que el ensayo iba a terminar tan pronto, y no quería arriesgarme a que me echaran.

—¿Qué pruebas os hicieron? —pregunté.

—En cada sesión nos hacían un test de inteligencia. También nos tomaban muestras de sangre y orina. La semana pasada, cuando fuimos, hicimos el test y dimos las muestras, pero no nos pusieron la infusión. Nos dijeron que se había acabado.

—¿Alguna vez os dieron los resultados?

—No.

—¿Y notáis que el efecto se va pasando?

—Sin duda. La verdad, estoy preocupado.

—¿Pagaríais por seguir tomándolo, si pudierais?

—Claro.

—¿Cuánto?

Max esbozó una sonrisa melancólica.

—Lo que fuera.