Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Atando cabos

SABA MAMALADZE tenía el pelo negro, grueso y rizado, ojos vivaces y una nariz aguileña. Llevaba vaqueros desgastados, un polo amarillo y una sonrisa permanente, al menos cuando estaba cerca de Katya. La abrazó durante cinco segundos largos mientras decía:

—Qué alegría verte, qué alegría.

Al soltarla, retrocedió como un sastre admirando un traje.

—Cuando te marchaste a Palo Alto, pensé que no volvería a verte a menos que consiguiera un posdoctorado en Stanford. Y hablando de eso, sigo contando con tu ayuda, ¿eh?

—Stanford tendría suerte de tenerte, Saba. Cuando llegue el momento, avísame y me aseguraré de que tu solicitud llegue a las manos adecuadas.

Saba se puso en jarras.

—Qué cielo eres. Entonces, ¿qué te trae por aquí? ¿Se te antojaron las empanadillas de Max?

Katya se volvió hacia mí.

—Max es el compañero de piso de Saba. También es georgiano, y su familia tiene el mejor restaurante de Tiflis. De vez en cuando, cuando está muy estresado, se pasa el día haciendo empanadillas. Cientos. Las mejores que probarás en tu vida. Así que Saba y yo nos encargamos de mantenerlo estresado.

—El secreto está en la carne —dijo una voz cordial desde el pasillo—. Uso tres tipos, pero no pienso decirte cuáles.

Nos volvimos todos y vimos otra cara georgiana radiante.

—¿Cómo estás, Katya?

Max tenía el mismo físico delgado e intelectual que Saba. También llevaba vaqueros desgastados y una amplia sonrisa bajo una nariz prominente, pero su polo era azul real, haciendo juego con sus ojos inteligentes.

—Estoy bien. Tienes muy buen aspecto, Max. Tú también, Saba. ¿Habéis empezado una nueva rutina de ejercicio o algo así? Quiero saber vuestro secreto.

Los georgianos intercambiaron miradas cómplices.

—¿Quién es tu amigo? —preguntó Max a Katya.

—Chicos, este es Achilles. Es el hermano pequeño de Colin.

Los rostros joviales de los georgianos se ensombrecieron al oír el nombre de Colin. Era evidente que se habían enterado de la noticia. Nos estrechamos las manos por turnos.

—¿A qué debemos el placer de vuestra visita? —preguntó Max—. Suponiendo que no sea por mis empanadillas.

—Teníamos algunas preguntas para Saba. Y hemos traído algo para soltarle la lengua —dijo Katya mientras se volvía hacia mí.

Levanté la botella de vino georgiano que habíamos comprado de camino. Tras lo que había mencionado Perova sobre los trajes negros, pensé que una buena botella vendría bien tanto para cumplir con la etiqueta como para calmar los nervios de Katya.

—¡Khvanchkara! —Saba aceptó la preciada botella de tinto semidulce con los ojos brillantes—. Ooh la la. Voy a por cuatro copas.

Aunque Saba Mamaladze era exuberante por naturaleza (¿cómo no iba a serlo con un nombre así?), estaba claro que le tenía mucho cariño a Katya.

Al observar la interacción del trío, tuve la sensación de que Max le tenía aún más.

Max acercó dos sillas de escritorio al viejo sofá de Ikea y luego cogió un taburete de la cocina americana para usarlo como mesita.

Al notar que Katya se relajaba a mi lado, caí en la cuenta de que nunca la había visto con amigos.

Me reproché no haber pensado en sugerir algo así antes, dado todo lo que había pasado en los últimos días.

Katya lo estaba llevando tan bien como la mayoría de los profesionales, así que tenía que esforzarme por recordar que era una civil arrastrada por las circunstancias.

—¿Qué preguntas tenías para mí? —preguntó Saba mientras servía el rico tinto.

—Acabo de enterarme de que participabas en el ensayo clínico de Colin. Quiero saber más.

Saba volvió a intercambiar una mirada con Max, como un matrimonio de toda la vida.

—No sabía que Brillyanc era de Colin. Lo siento, esto es un poco incómodo dadas las circunstancias. ¿Qué quieres averiguar?

—Estamos investigando la muerte de Colin, y como parte de eso queremos averiguar todo lo posible sobre Brillyanc. Ni siquiera sabíamos el nombre del fármaco hasta hace una hora.

—Pensaba que había muerto en un accidente náutico —dijo Saba, con la voz de repente lenta, deliberada y tensa—. Intoxicación por monóxido de carbono.

—Así es. No creemos que Brillyanc lo matara. No te preocupes por eso. Pero la intoxicación por monóxido de carbono no fue accidental, así que estamos buscando móviles.

Max dijo:

—Oí que habían detenido al hermano de Colin por eso.

Se volvió hacia mí, atando cabos.

—No fui yo. Pero para demostrarlo necesito averiguar quién fue en realidad.

Ahora mismo, las únicas pistas que tenemos apuntan a la empresa donde trabajaban mi hermano y mi padre.

No sabemos casi nada de ella. Así que cuando nos enteramos de que formabas parte del ensayo de Vitalis, vinimos enseguida.

¿Podrías contarnos lo que sabes sobre Vitalis y Brillyanc?

—Por supuesto. Los dos lo haremos. Max también participó en el ensayo.