Capítulo 36
Conexión Clínica
—¿Bingo? —le repetí a Katya, sin entender qué podía haberla emocionado tanto.
—Saba Mamaladze está en la lista. Es compañero mío de clase. Sigue en el programa de doctorado de la MSU. Un matemático brillante y buen tipo.
—¿Estás segura de que es el mismo Saba Mamaladze? —no pude evitar sonreír al repetir aquel nombre tan melódico—. ¿Qué clase de nombre es ese?
—Es georgiano. Y sí, Achilles, estoy segura.
—¿Tenéis trato personal?
—Claro que sí. He ido a su habitación de la residencia muchas veces. Vivía en el mismo edificio, en el portal de al lado. ¿Le llamo para decirle que vamos a pasarnos?
—No. Sería un fallo de seguridad operativa.
—Me dijiste que ibas a dejar de ser tan críptico.
—Es mejor que nadie sepa que vamos. No sabemos quién puede estar escuchando. Llamamos a Tarasova con antelación y acabó muerta antes de que pudiéramos hablar con ella. Puede que haya relación o puede que no, pero no corramos ese riesgo con tu amigo.
Como no quería que se quedara dándole vueltas al tema, me apresuré a añadir:
—Quiero pasar por la Conexión Clínica de camino. Ya puestos, podríamos sincerarnos con Perova y ver qué conseguimos sacarle.
—¿Crees que estará receptiva?
—No sé si receptiva, pero creo que podemos hacer que hable si le damos algo de información.
—¿Qué piensas decirle?
—La verdad.
Nadie había prestado atención a la furgoneta mientras estuvimos en el Hotel Randevu, así que estaba bastante seguro de que no la estaban rastreando. Aun así, aparcamos a unas manzanas de la facultad de medicina por precaución y nos acercamos a pie con cautela.
Toqué el timbre en la sala de recepción vacía.
—Hemos vuelto.
Como respuesta, oímos el taconeo de unos tacones altos. Se movían más despacio que antes. El rostro de Perova, ya visiblemente afectado por los acontecimientos de la mañana, palideció aún más al vernos.
—Sabemos lo que ha pasado —dije, ahorrándole el trago de dar la noticia—. Y tengo que confesarle algo. No somos pacientes, somos investigadores. Mi hermano era el contacto de la Dra. Tarasova en Vitalis Pharmaceuticals, el Dr. Colin Achilles.
Perova frunció los labios recién pintados, sin saber qué pensar de todo aquello. Finalmente, se recompuso.
—No conozco a su hermano. Yo no participé en el ensayo. Lo de Vitalis lo llevaba todo la Dra. Tarasova.
—Veníamos a hablar con la Dra. Tarasova esta mañana porque a mi hermano lo asesinaron. Creemos que tuvo que ver con su trabajo. Katya era su prometida —añadí, señalando a Katya con la cabeza—. Ahora Tarasova también está muerta.
Los ojos enrojecidos de Perova se abrieron de par en par.
—¡Dios mío! ¿Estoy en peligro?
—Ahora mismo no sabemos qué pensar.
—Pero la policía dijo que no había indicios de crimen —Perova hablaba deprisa y con voz aguda—. Les dije que no creía que la Dra. Tarasova fuera suicida, pero me dijeron que a menudo es algo totalmente inesperado. ¿Cree que la mató la misma persona que mató a su hermano?
—Esa es nuestra teoría. ¿Qué puede decirnos sobre el ensayo de Vitalis? Pensábamos que Vitalis había cerrado hace meses, por la época en que murió mi hermano, así que nos sorprendió esta mañana cuando dijo que el ensayo clínico había terminado la semana pasada.
—Terminó la semana pasada, sí —Perova tomó asiento detrás del mostrador—. Los últimos pacientes vinieron el viernes.
Katya y yo intercambiamos una mirada.
—¿Qué puede decirnos del producto? —preguntó Katya.
—Lo único que sé es que el nombre en clave era Brillyanc , escrito con y-a-n-c para hacerse los originales o algo así —puso los ojos en blanco.
—Todos nuestros clientes son reservados, pero Vitalis se pasaba de la raya. La Dra. Tarasova era la única que sabía algo. Tenía que hacerlo todo ella sola: desde informar a los pacientes, hasta hacerles los análisis, hasta ponerles los goteros.
—¿Goteros? —preguntó Katya.
—Sí, Brillyanc es un fármaco parenteral que se administra una vez cada tres meses mediante una infusión de seis horas.
Nunca habíamos tenido nada parecido. Pero la Dra.
Tarasova lo tenía todo bien montado: sillas cómodas, tentempiés, televisores individuales.
Y los pacientes eran todos de clase alta, bien vestidos y con estudios.
Aquí normalmente tenemos lo contrario. Por eso esta mañana enseguida los asocié con el ensayo de Vitalis.
—¿Y los registros? —pregunté.
—Todo se gestionaba electrónicamente. La Dra. Tarasova tenía un portátil para su uso personal y una tableta donde los pacientes introducían sus datos. La policía estuvo buscando los dos esta mañana, pero ninguno está aquí.
—¿No es raro? —preguntó Katya—. Seguro que habría traído el portátil al trabajo hoy.
—Normalmente, sí. Pero no tenía ningún proyecto entre manos, así que quizá no se molestó. El metro está tan abarrotado estos días que cuanto menos cargues, mejor. Hoy tenía que ayudarme a preparar la mudanza.
—¿Quién más ha venido a hacer preguntas hoy? —pregunté.
—La policía estuvo aquí casi toda la mañana, y luego vinieron un par de investigadores. Se marcharon justo antes de que llegaran ustedes.
—¿Hicieron las mismas preguntas? —preguntó Katya.
—Más o menos. Querían saber con quién hablaba Tanya de su trabajo y qué sabía yo al respecto. Como ya les he dicho, las respuestas fueron nadie y no mucho .
—¿Vio alguna identificación? —pregunté—. La de los investigadores.
—No, pero era obvio quiénes eran. Tenían toda la pinta de polis.
—¿Tipos grandes?
—Sí, con mandíbulas cuadradas, mirada despierta, pelo corto y trajes negros.