Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 30
24%

Capítulo 30

Sirenas

DESLICÉ LA GLOCK de vuelta a mi bolsillo mientras entrábamos en Clinical Connection.

La pequeña zona de recepción estaba equipada con sillas mullidas, un expositor de revistas manoseadas sobre estrellas del pop y coches veloces, y un mostrador de recepción junto a la puerta que daba a toda la acción.

No había pacientes ni recepcionista. Reinaba un silencio sepulcral.

—¿Hola? —llamé. Una vez. Dos veces.

Unos pasos rompieron el silencio, tacones repiqueteando sobre el suelo duro. Un momento después apareció una mujer de aspecto maternal con pantalones de lana gris y una bata blanca de laboratorio. Su placa identificativa decía Perova.

—¿Sí? —preguntó, como si estuviera atendiendo la llamada de un teleoperador.

—Venimos a ver a la Dra. Tarasova.

—No está. Si estuviera, estarían hablando con ella y yo seguiría trabajando.

—Teníamos una cita —insistió Katya.

Perova frunció el ceño.

—¿En serio? Terminó con todo la semana pasada.

—¿La semana pasada?

—El ensayo de Vitalis. Por eso vienen a ver a la Dra. Tarasova, ¿no? No los veo en el calendario. ¿Cómo se llaman?

Me incliné hacia delante apoyándome en un codo y hablé en voz baja.

—¿Cuándo espera que vuelva?

Perova me lanzó una mirada evaluadora.

—No lo sé. Estaba aquí antes. Se supone que debería estar aquí ahora. Tenemos mucho que limpiar.

—¿Podría comprobarlo otra vez, por favor? —pidió Katya—. Quizá esté al teléfono.

Perova casi puso los ojos en blanco, pero giró sobre sus talones y se alejó taconeando.

Katya y yo intercambiamos miradas de sorpresa en cuanto Perova se dio la vuelta.

—¿La semana pasada? La empresa cerró hace ocho meses.

Lo pensé.

—Quizá haya alguna normativa del Ministerio de Sanidad que exija visitas de seguimiento, independientemente de eso.

Katya se encogió de hombros.

La oficina estaba lo bastante silenciosa como para oír el avance de Perova mientras iba de habitación en habitación. Me asomé por encima del mostrador y eché un vistazo. Nada destacable. De hecho, casi nada. Parecía una operación con lo mínimo indispensable.

—No parecen muy ocupados. Me pregunto cuántos ensayos tendrá en marcha Clinical Connection.

—Ni idea, pero lo del ascensor no debe ayudar.

Los pasos anunciaron el regreso de Perova unos segundos antes de que apareciera su cabeza.

—Ya se lo dije. No está. ¿A qué hora era su cita?

—Le dejé un mensaje esta mañana a primera hora pidiéndole una, pero no me contestó —dijo Katya.

—Bueno, eso no es exactamente lo mismo que tener una cita, ¿verdad? Tengo que volver a mi trabajo. Por lo visto soy la única que trabaja hoy.

Katya sonrió con simpatía.

—Volveremos en un rato. Vi un Coffee Mania cerca del metro. ¿Le traemos algo? ¿Un capuchino y un bollo, quizá?

Perova pareció sorprendida por el ofrecimiento.

—Esto es una clínica. No se permite comida ni bebida.

Me gustó la idea de Katya. Estaba notando el jet lag. Listo para esa segunda taza. Señalé hacia el ascensor.

—¿Qué pasa con él? ¿Es seguro?

—Se nos han quedado pacientes atrapados. Ni me haga hablar.

—Eso no puede ser bueno para el negocio.

Perova resopló.

—Sobre todo si estás haciendo un ensayo de incontinencia. Nos mudamos. Por eso está todo tan tranquilo por aquí. Toda la actividad está en la nueva oficina.

—¿Vitalis también está allí ahora? —preguntó Katya.

—¿No acabo de decirles que terminaron la semana pasada? —Perova giró sobre sus talones sin esperar respuesta.

—Sí.

Seguimos el consejo de Perova y usamos las escaleras, que rodeaban el hueco del ascensor.

—¿Cómo explicó Colin el cierre de Vitalis? —pregunté.

—No quería hablar de ello. Recuerdo que se quedaba mirando unos papeles y negaba con la cabeza mientras repetía «se acabó el juego» como si no pudiera creerlo.

—Sí, yo también tuve esa impresión y no quise presionar, sobre todo por teléfono. Ahora desearía haberlo hecho. ¿Dirías que Colin estaba sorprendido o solo decepcionado?

—Estaba más que sorprendido. Estaba conmocionado y destrozado. Un día estaba en la cima del mundo, convencido de que tenía lo mejor desde la penicilina, y al siguiente estaba en el paro.

El ruido resonó escaleras arriba desde abajo, interrumpiendo nuestra conversación y haciéndose más fuerte a medida que descendíamos. El clamor de una multitud se veía amplificado por el aullido de dos tonos de una ambulancia que se acercaba.

Al salir al vestíbulo principal, lo encontramos abarrotado de gente mirando hacia la calle.

Tomé la mano de Katya y nos guié hacia la salida y el epicentro de la conmoción, rozando hombros y abriéndonos paso.

A los pocos pasos vi un par de coches de policía aparcados en formación de V, con las luces destellando en rojo y azul.

Me puse de puntillas, aprovechando mi altura para ver por encima de la multitud.

—¿Qué ves? —preguntó Katya.

—Tres agentes uniformados, en círculo mirando al suelo. Un cuarto estudiando el cielo, protegiéndose los ojos del reflejo del sol naciente —. Nos acerqué un poco más, mirando hacia arriba como el cuarto policía y luego de vuelta al suelo.

—¿Qué? —insistió Katya.

Apreté su mano y empecé a abrirnos paso entre la multitud hacia la sirena que se acercaba y la carretera principal, catalogando coches y caras mientras caminábamos, con los sentidos en alerta máxima.

—Alguien cayó del tejado. Morena de unos treinta y tantos. Aterrizó de espaldas. Llevaba una bata blanca de laboratorio. No pude ver toda su placa identificativa, pero empezaba por Tar .