Capítulo 29
Toc, toc
APARTÉ el plato del desayuno y me puse en pie para marcharme.
—Creo que deberías quedarte aquí mientras hablo con Tarasova. Va a ser peligroso.
Katya me lanzó una mirada que reflejaba una mezcla aguerrida de ira y miedo.
—La última vez que me dejaste sola en una habitación de hotel acabé con un gorila agarrándome del cuello. Y eso que solo habías ido a ducharte.
—Esto es diferente.
—¿Y en qué es diferente? Me prometiste que no ibas a ser críptico.
Tenía razón.
—¿Quieres la respuesta larga?
—Me encantaría oír la respuesta larga.
Para demostrar que estaba dispuesto a actuar como un compañero de verdad, me levanté de la mesa del desayuno y fui hasta el sofá que me había servido de cama. Me dejé caer sobre la áspera tela verde y le indiqué que se sentara conmigo.
—Mi trabajo en la CIA giraba en torno a la neutralización de tipos muy malos.
Como lo expresaban mis jefes cuando hablaban con sus supervisores del Congreso, eran «individuos activamente involucrados en acciones suficientemente hostiles hacia el pueblo o el gobierno estadounidense como para justificar una acción encubierta dirigida». ¿Me sigues?
—¿Me estás diciendo que te dedicabas a cazar a los de la lista de los más buscados de la CIA, el equivalente a la del FBI?
—Más o menos, aunque mi lista no se publicaba. Demasiado delicada. Por eso mi trabajo tampoco contaba con sanción oficial, así que si me pillaban haciendo algo turbio en suelo extranjero, siempre cabía la posibilidad de que me dejaran tirado.
—¿Te presentaste voluntario para eso?
—Me lancé de cabeza. Era un trabajo emocionante y con sentido. Y los operativos especiales no piensan en los riesgos más que los policías, los bomberos o los soldados. Supongo que es cosa de la testosterona.
—Ajá. Supongo que «neutralizar» es un eufemismo.
—¿De terapia de plomo?
Katya me dio un codazo.
—En realidad, las operaciones más provechosas e interesantes consistían en convertir al objetivo en un activo.
Esa era mi especialidad. Claro que primero había que localizarlos.
Como eran personas que se esforzaban mucho por mantenerse ocultas, tenía que ser creativo.
El secreto de mi éxito fue aprender a crear las circunstancias que llevarían a nuestros objetivos a un lugar predecible en un momento predecible.
En vez de cazarlos, encontraba la manera de atraerlos hacia mí.
El corolario, como dirías tú, es que he desarrollado un sexto sentido para no actuar de forma predecible.
Me detuve ahí para que Katya asimilara la información.
No tardó mucho.
—Y acudir al centro del ensayo clínico es predecible.
—Muy predecible. Suponiendo que estemos en lo cierto y todo esto tenga algo que ver con Vitalis.
—Bueno, pues entonces «nosotros» tendremos que extremar las precauciones.
No iba a cuestionar su decisión, tomada con conocimiento de causa. Al fin y al cabo, bien podría ser ella quien nos sacara del apuro otra vez.
Llegamos al campus de la facultad de medicina a las nueve en punto y, en apariencia, sin que nos detectaran. Nos habíamos mezclado con un grupo que venía del metro, así que estaba bastante seguro de que no nos habían visto. Todavía.
El edificio de Tarasova lindaba con una obra por un lado y con el parque del Palacio de la Juventud por el otro.
El número 28 era una estructura alargada de ocho plantas, revestida de azulejos blancos y con balcones corridos en los pisos superiores.
Muchos sitios donde apostar a un vigía, pero no vi a ninguno.
Alzando la voz para hacerme oír por encima del traqueteo y el zumbido de la maquinaria de excavación, dije:
—Bonito edificio.
Por lo visto, Katya había estado pensando lo mismo.
—La facultad de medicina tiene suerte de contar con él. Seguro que alquilarlo a empresas les ayuda a llegar a fin de mes.
Y hablando de llegar a fin de mes, un cartel en la puerta del ascensor recomendaba usar las escaleras por los frecuentes cortes de luz. Consecuencia de las obras de al lado. Un par de estudiantes se acercaron y, con valentía, pulsaron el botón de subida mientras leíamos.
—¿Qué planta? —le pregunté a Katya.
—La última, por supuesto. La octava.
—¿Te apetece hacer un poco de ejercicio?
Se me revolvió el estómago mientras empezábamos a subir. Si esta visita no daba resultado, no sabía qué haríamos después, pero sí sabía que perder el impulso podía ser mortal. Y hablando de eso, metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y agarré la culata de la Glock de Scar.
Desvié la atención hacia Katya, que subía los escalones sin esfuerzo, como si hiciera mil cada día.
Caí en la cuenta de que no tenía ni idea de qué hacía para mantenerse tan en forma.
Tendría que preguntárselo. Tras 126 escalones, la puerta de la oficina de Clinical Connection se abrió y dejó ver una consulta médica típica.
Solo que no había nadie.