Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Mil palabras

CAMINAMOS en silencio contemplativo hacia la sombra del Puente de Crimea, mientras las oscuras aguas del río Moscova discurrían con suaves ondulaciones.

Más adelante, a nuestra izquierda, el letrero de un restaurante georgiano que Katya solía frecuentar brillaba como la luz al final de un largo túnel.

Al abrirle la puerta arqueada de pino de Guria, vi mesas pesadas del mismo material con sillas a juego, cortinas verde bosque y algunos objetos decorativos georgianos.

La decoración no era nada especial, pero los aromas eran divinos.

Carne asada, queso fundido y especias que sabía que me encantarían pero que no lograba identificar.

El comedor estaba repleto de comensales joviales que devoraban jugosos khinkali y vino tinto oscuro, brindando por la salud y buscando el amor.

Tuvimos suerte con una mesa, y enseguida se acercó una camarera de aspecto maternal con delantal verde y pañuelo en la cabeza.

—Creo que deberíamos pedirlo todo —le dije a Katya para que la camarera pudiera oír—. Shashlik de cerdo y cordero, khinkali y khachapuri, con judías y verduras. ¿Te parece bien?

—Suena genial.

La voz de Katya sonaba mucho más relajada que la última vez que había hablado.

—¿Vino? —preguntó la camarera.

—Borjomi —dije, refiriéndome a la famosa agua con gas georgiana.

La camarera me lanzó una mirada animada que venía a decir que me había ganado un notable alto.

Abrí una aplicación del iPhone y encontré un par de apartamentos privados en la zona que se anunciaban como B&B.

Katya me dio el visto bueno y anoté las direcciones mientras llegaban el Borjomi y el khachapuri.

Acerqué la nariz al vapor, cerré los ojos e inhalé profundamente.

Pan recién horneado, dorado en su punto, rodeando un charco mantecoso de queso fundido. Difícil de superar.

Puse una porción en cada uno de nuestros platos y alcé mi vaso de agua con gas. Katya alzó el suyo hacia mí siguiendo la tradición georgiana.

—La supervivencia del más apto. Es la regla principal de la naturaleza. Adaptarse y prosperar, o quedarse helado y perecer. En mi trabajo, he visto mucho de eso, pero nunca he visto a nadie adaptarse como tú, Katya. Colin tenía razón, eres increíble.

Se sonrojó y brindó conmigo.

—Nunca olvidaré la imagen de cuando mordiste a ese tipo. Fue perfecto, pero tan impropio de ti. ¿Cómo... qué te hizo... de dónde salió esa ferocidad?

—¿Recuerdas ese curso de defensa personal del que te hablé el día que te visité en la cárcel?

—Claro.

—El instructor nos preparó para transformarnos cuando nos amenazaran con violencia física.

Nos mostró vídeos de vigilancia bastante aterradores de intentos de violación para que no nos hiciéramos ilusiones sobre lo que los atacantes estarían dispuestos a hacernos.

Luego nos condicionó para reaccionar a violación como una palabra desencadenante, una palabra que al instante nos haría recordar esas imágenes horribles y evocaría esa mentalidad de lucha.

Nos hizo gritarla mientras practicábamos sus técnicas defensivas, tanto para atraer ayuda como para que actuara de desencadenante psicológico.

Así que grité VIOLACIÓN en mi cabeza y enseñé los dientes.

—Vaya. Me acordaré de eso. Y si alguna vez conozco a tu profesor, le invito a un par de copas.

—La verdad es que nunca pensé que lo necesitaría.

Alcé mi vaso.

—Esperemos que no tengas que volver a hacerlo.

Cuando llegaron los khinkali y el shashlik, pregunté:

—¿Has tenido noticias de la Dra. Tarasova?

—No. Pero dejé un mensaje diciendo que pasaría a primera hora de la mañana. Abren a las nueve. ¿Qué esperas que nos diga?

Esa era la gran pregunta. Solo estábamos al principio de una compleja investigación internacional, una investigación que tenía menos de dos semanas para resolver. Si fracasábamos, probablemente pasaría el resto de mi vida en la cárcel. Iba a ser apretado, intenso y, por lo visto, muy peligroso.

—Tenemos un motivo general que necesitamos concretar.

Para eso necesitamos conocer el negocio de Vitalis.

No sabemos qué se suponía que debía hacer su producto, ni por qué fracasó.

Como coordinadora clínica, la Dra. Tarasova debería entender bastante bien lo básico, pero dudo que le contaran más que eso.

Katya ladeó la cabeza.

—¿Por qué le ocultarían cosas?

Con un dedo le limpié un fino hilo de queso de la barbilla.

—Las farmacéuticas son muy reservadas antes de que se emitan las patentes y se lancen los productos.

Hay muchísima competencia, con miles de millones potencialmente en juego.

Pero como mínimo, ella sabrá qué se suponía que debía hacer el producto de Vitalis, para quién y cómo.

Tendría que saberlo para reclutar pacientes.

Katya apartó el plato y se inclinó hacia delante.

—Y tendría que saber por qué cancelaron el ensayo.

—No necesariamente. Los resultados de laboratorio probablemente habrían ido directamente a Colin como director médico. Todo por el tema del secretismo. Lo que Tarasova sabe realmente depende de si Colin la consideraba una socia o una contratista.

—Tuve la impresión de que la consideraba una socia. Fue muy cordial con ella por teléfono. Se notaba que le caía bien y la respetaba.

—Genial. Cuanto más sepa, más fácil nos resultará averiguar qué merecía la pena matar por ello.

Mi desafortunada elección de palabras enfrió la conversación, y volvimos a centrarnos en la comida. Cuando terminamos los últimos khinkali, Katya preguntó:

—¿Cómo nos encontraron en el hotel?

Dejé sobre la mesa el papel que le había arrebatado a Scar, todavía doblado en cuatro.

—¿Tú qué crees? Plantéatelo como una ecuación. Tienes el resultado. ¿Cuáles son los antecedentes?

Me dedicó una sonrisa de agradecimiento, con los ojos brillantes.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por entenderme.

Se sonrojó un poco.

—El antecedente más básico es que nos estaban buscando, lo cual es una noticia inquietante.

—En realidad es una buena señal, dada nuestra carrera contra el reloj. Será más fácil encontrarlos si ellos también nos están buscando.

—¿Crees que nos siguieron desde California, o nos localizaron aquí?

—No hubo tiempo para que nadie nos siguiera. Fuimos directamente de tu casa al aeropuerto de San Francisco ( SFO ) y nos subimos a un avión, así que nos localizaron aquí.

—Pero nadie sabía que íbamos a ese hotel.

—Cierto...

Katya le dio vueltas a eso durante un segundo.

—¿Entonces nos vieron en el aeropuerto?

—Es lo que creo. Si estoy en lo cierto, el papel que les quité a nuestros agresores lo confirmará.

Deslicé hacia Katya la hoja blanca doblada que tenía sobre la mesa.

La abrió, dejando a la vista una impresión con cuatro fotografías.

Era un formato que me resultaba familiar, el que generan los programas de reconocimiento facial para las vigilancias.

Mostraba una toma frontal y otra de perfil de dos personas, con sus marcas de calibración.

El fondo también me resultaba familiar. Era el Tribunal Superior del Condado de Santa Bárbara.

Estábamos viendo nuestros propios rostros.