Capítulo 27
Ruedas en Movimiento
ME LEVANTÉ de un salto y abracé a Katya, estrechándola contra mi pecho.
—Fuiste increíble —susurré—. Nos salvaste a los dos.
Temblaba como un bebé en un baño de hielo.
La guié por el rellano hasta la escalera que subía y la senté en el segundo peldaño.
—Cierra los ojos y respira hondo un par de segundos.
Asintió débilmente, con la mirada perdida en vez de cerrar los ojos.
Recogí la Glock y bajé las escaleras adyacentes a toda prisa, pegado a la derecha para no dejar huellas en la sangre esparcida y salpicada.
Rebusqué en los bolsillos de Gorila y solo encontré un fajo de rublos y una fina navaja de cerámica.
Sin papeles. Sin identificación. Sin teléfono.
Me guardé el botín junto con la Glock y subí de un salto a registrar a Scar.
Una llave de Mercedes, más rublos y una hoja de papel doblada. Tenía curiosidad, pero podía esperar.
Le tendí la mano a Katya.
—Venga. Vámonos.
No teníamos llave de la habitación, pero un par de sonrisas cálidas y un billete de cien rublos bastaron para que un conserje canoso nos dejara entrar.
No me gustaba dejar rastro, pero calculé que nuestro secreto estaría a salvo con su generación.
Stalin les había enseñado a agachar la cabeza y mantener la boca cerrada.
Hablé en cuanto se cerró la puerta.
—Recojamos las cosas y vámonos. En cuanto alguien use esas escaleras, se va a armar una investigación, y para entonces tenemos que habernos largado.
Saqué los pasaportes, las carteras y los teléfonos de debajo del colchón mientras Katya metía su ropa y los artículos de aseo en la mochila.
Dejamos el Korston sin pasar por recepción, como hace mucha gente.
La camarera de la mañana encontraría la cama deshecha y la ducha usada, así que nada levantaría sospechas sobre el Sr. y la Sra. Yates.
—¿Metro? —preguntó Katya cuando salimos del oscuro vestíbulo del hotel a la luz de la tarde.
Levanté un dedo.
—Puede. Espera aquí. Vuelvo en treinta segundos.
Me dirigí al aparcamiento trasero del hotel.
Katya echó a andar detrás de mí.
—Háblame, Achilles. Dime qué está pasando.
Me detuve y me volví.
—Tenían un coche y yo tengo la llave. Podemos aprovecharlo. Además, puede darnos pistas. Estos tipos no llevaban móviles ni carteras encima.
Me miró fijamente.
—¿Y si hay un conductor esperando en el coche? Te disparará en cuanto te vea.
—Por eso te pedí que esperaras. Tienes que confiar en mí, Katya. Te prometo que te lo explicaré todo en cuanto estemos a salvo. Es solo que no quiero pararme a explicarlo ahora. Estamos demasiado expuestos aquí.
Le empezó a temblar la boca y supe que había metido la pata. Tenía que aprender a trabajar mejor con una compañera sin experiencia.
—No creo que haya nadie en el coche. Es mucho más habitual trabajar en parejas que en tríos. Y si hubiera un conductor esperándolos para huir, ¿por qué iba a tener Scar la llave? Además, ahora yo también tengo un arma. Al pedirte que esperes, solo soy precavido. ¿Tiene sentido?
Asintió.
—Vuelvo enseguida. ¿Vale?
—Vale.
Me recordé a mí mismo que tenía que incluir algo de descompresión en nuestro plan. Cuanto antes. Próxima parada.
Al doblar la esquina trasera del edificio, vi un viejo camión de cerveza aparcado frente a la puerta de entregas, y más allá un candidato probable.
Una furgoneta Mercedes nueva y reluciente estaba aparcada marcha atrás junto a la entrada de empleados.
El camión de cerveza arrancó mientras me acercaba y se marchó tras meter la marcha con un chasquido.
El conductor barbudo ni me miró por el retrovisor.
La Mercedes era una furgoneta blanca con el logo azul de la corporación GasEx.
La rodeé como si fuera mía, comprobando que estaba vacía mientras aguzaba el oído.
Satisfecho, volví a la puerta del conductor, la abrí de un tirón y salté dentro con la Glock apuntando a la zona de carga.
No había nada salvo una gran caja de acero inoxidable y un inquietante paquete de bridas de alta resistencia.
Localicé la tapa de la caja de fusibles bajo la columna de dirección, la abrí y saqué el fusible de la consola de entretenimiento. Arranqué el motor, comprobé que el GPS no tenía corriente y fui a recoger a Katya.
—¿No podrán rastrearnos? —preguntó Katya mientras cruzábamos el Puente del Metro hacia el centro de Moscú.
—Si usan LoJack, sí. Pero es más probable que usen GPS, si es que usan algo, y eso ya lo he desactivado.
—¿Y si tiene LoJack?
—No se pondrán a rastrearlo hasta dentro de unas horas. ¿Qué te parece si cenamos? Comemos y vemos si aparece alguien buscándolo.
Seguí las indicaciones de Katya hasta un barrio a un par de kilómetros al sur del Kremlin, parando por el camino a comprar un par de pósteres de cine y un rollo de cinta de embalar.
Aparcamos estratégicamente en un patio cerca del Malecón Frunzenskaya y tapamos los logos de GasEx con los pósteres.
La nuestra era ahora una más de las miles de furgonetas de la ciudad que veinte millones de rusos llamaban hogar.
—¿Crees que la furgoneta es realmente de la Corporación GasEx? —preguntó Katya mientras paseábamos por el malecón del río Moscova—. ¿O es camuflaje?
—El camuflaje me parece más probable. No se me ocurre cómo un gigante del petróleo y el gas podría estar conectado con Vitalis Pharmaceuticals, pero podría ser auténtico. Gran parte del problema es que no tenemos ni idea de a qué nos enfrentamos. Empiezo a pensar que esto es gordo. Muy gordo.
—¿Qué quieres decir?
—El asesinato de mi familia fue lo más importante que me ha pasado en la vida, seguido de cerca por que me incriminaran.
Así que di por hecho que también había sido algo importante para el autor, y lo he enfocado como una investigación de asesinato.
Pero ¿y si no lo fue? ¿Y si me equivoqué de escala?
¿Y si Colin, Martha y mi padre fueron solo tres víctimas en una guerra?