Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Mala llamada

NOVENTA MINUTOS MÁS TARDE, el Escalade de los asesinos estaba en un rincón apartado del aparcamiento de larga estancia del SFO, la Sig desmontada de Dix iba camino a casa cortesía de un buzón de correo urgente, y Kyle y Kate Yates tenían billetes para Moscú vía Fráncfort.

Ya estaban anunciando nuestro vuelo cuando pasamos el control de seguridad.

Le indiqué a Katya la dirección de nuestra puerta de embarque.

—¿Por qué no intentas contactar con la Dra. Tarasova antes de embarcar? Tengo que hacer otra llamada, pero quiero usar un teléfono público.

—¿También a Moscú?

—No, local.

—¿A las once de la noche de un domingo? ¿Forma parte del plan estratégico?

—Solo es el primer movimiento. La segunda llamada será la importante. La haré desde Fráncfort durante la escala. Adelante, embarca en cuanto termines con Tarasova. No tiene sentido facilitarles las cosas a quienes estén viendo la videovigilancia de mi llamada para que descubran que vamos juntos.

—Tendría que haberlo imaginado —dijo Katya, con un atisbo de sonrisa.

Una chica muy dura.

Corrí hacia la otra terminal internacional y empecé a echar monedas de veinticinco centavos en un teléfono público que no estaba bajo vigilancia directa de ninguna cámara de seguridad.

Me contestaron al segundo tono.

—Departamento de Policía de Santa Bárbara.

—Con el fiscal adjunto Kilpatrick, por favor.

—Lo siento, la oficina del Fiscal del Distrito está cerrada en este momento.

—Ya me lo imagino. Necesito hacerle llegar un mensaje urgente al fiscal adjunto Kilpatrick. ¿Puede encargarse?

—Puedo intentarlo.

Le dicté el mensaje y añadí:

—Por favor, asegúrese de indicarle el número desde el que he llamado.

Diez horas y nueve husos horarios después, descolgué otro teléfono público.

Eché euros en la ranura mientras Katya esperaba a mi lado.

No marqué directamente al SBPD, sino a una centralita de enlace de la CIA.

Con ese truco, el identificador de llamadas mostraría Desconocido aunque marcara a la Casa Blanca o al Edificio Hoover.

—Oficina del Fiscal del Distrito de Santa Bárbara.

—Con el fiscal adjunto Kilpatrick, por favor. Está esperando mi llamada.

—Un momento.

Katya se acercó para escuchar.

—¿Señor Achilles?

—Buenos días, señor Kilpatrick. ¿Están Casey McCallum y el detective Flurry con usted?

—Estamos todos aquí, incluido el detective Frost —dijo Casey—. Y ansiosos por sus, eh, novedades.

—Gracias por reunirse con tan poca antelación. Les agradezco el tiempo, así que iré directo al grano. Llamo para gestionar la fianza.

Mientras escuchábamos el silencio, imaginé los rostros de los tres altos cargos judiciales, primero mirándose entre sí y luego perdiendo la mirada en el vacío. Los ojos sombríos y las cejas fruncidas de profesionales que apenas unos momentos antes creían haberlo oído todo.

Kilpatrick rompió el silencio.

—Su solicitud de fianza fue denegada hace unos seis meses, señor Achilles. Estoy a punto de emitir una orden de arresto contra usted. Ya lo habría hecho si su abogado no me hubiera convencido de que podía hacerle entrar en razón.

—Pensé que a todos les convendría que reconsiderara mi solicitud de fianza.

—No veo cómo concederle la fianza beneficiaría a nadie más que a usted.

Patrick Kilpatrick era un pelirrojo de rostro juvenil, con pecas y ojos tristes que parecían reflejar toda la miseria que había presenciado a lo largo de su carrera procesando casos de violencia doméstica, maltrato infantil, asesinato y violación.

Podía imaginar esos ojos ahora, estanques tranquilos y oscuros que ocultaban al tiburón en su interior.

—Bueno, en primer lugar, si no salgo en libertad bajo fianza, el telediario de la noche emitirá una noticia que dejará en mal lugar a su jefe, señor Kilpatrick.

En segundo lugar, comparado con la alternativa, todos salen ganando.

Si me presento al juicio, nadie queda como incompetente.

Si no me presento, soy un fugitivo más que se ha saltado la fianza y la ciudad recibe una buena suma. Ahí no hay noticia.

—¿Piensa presentarse a su juicio?

—Por supuesto, si consigo la fianza. No hay otra razón para pedirla, dadas las circunstancias.

—Entonces, ¿por qué se fugó? Ya llevaba seis meses en la cárcel. ¿Qué más dan dos semanas más?

—No era cuestión de tiempo. Era cuestión de necesidad. Quedó claro que tendría que llevar a cabo mi propia investigación para demostrar mi inocencia.

—Eso es lo que está haciendo ahora, ¿investigar?

—Exacto. Y por eso quería que el detective Flurry estuviera en esta llamada. Puede que necesite ayuda.

—El detective Frost y yo ya hemos concluido nuestra investigación —dijo Flurry.

—Sí, pero tuve la sensación de que su instinto no cuadraba con las pruebas en mi contra. Pensé que querría la oportunidad de hacer justicia.

Antes de que Flurry pudiera responder, Kilpatrick intervino:

—No creo que podamos aceptar esto. No hay precedente. Sin precedente, el fiscal del distrito quedaría en una posición muy comprometida.

Se me encogió el estómago.

Necesitaba la fianza.

Sin ella, mis probabilidades de salir libre y sin cargos se desplomaban de escasas a prácticamente nulas.

Con precedente o sin él, conceder la fianza en estas condiciones me parecía de cajón.

Supongo que tendría que haberlo previsto después de trabajar para la CIA.

La aversión al riesgo era un modo de vida para quienes dependían de nóminas y pensiones del gobierno.

Pero había estado convencido de que, con cargos electos como el fiscal del distrito de por medio, el deseo de cubrirse las espaldas se impondría a todo lo demás.

—Consúltelo con su jefe, Kilpatrick —dije, intentando sonar más optimista de lo que me sentía—. Le llamaré mañana.