Capítulo 19
Enemigos invisibles
DURANTE MI CONVERSACIÓN con Katya, empecé a sentir algo inesperado: una gran sensación de alivio. El fiscal del distrito, los detectives y los verdaderos culpables seguían persiguiéndome, pero hablar con Katya me hacía sentir mejor. Como dicen, las penas compartidas son menos penas.
Ya no estaba librando esta guerra solo.
Claro, en la cárcel tenía a Casey. Pero cuando el taxímetro de los honorarios corre a un ritmo obsceno, no te sientes precisamente en equipo.
Y aunque Dix había sido extraordinario, también estaba lejos, y nuestro contacto era esporádico.
La interacción es distinta en persona, cuando de verdad estás metido en algo con alguien, como Katya y yo lo estábamos ahora.
Miré a mi inesperada compañera de batalla, sentada al volante de su pequeño Ford rojo, y seguí exponiendo mi análisis bajo esta nueva luz.
—No consigo dar con un motivo financiero directo para los asesinatos. Por eso he llegado a la conclusión de que debe haber algún beneficio indirecto .
—Beneficio indirecto. ¿Qué podría ser?
—Lo único que se me ocurre es que sea un beneficio empresarial . Colin y mi padre trabajaban en la misma startup.
Katya negó con la cabeza.
—Pero no daba dinero. El producto todavía estaba en ensayos clínicos cuando la empresa cerró.
—Cierto, pero las valoraciones de las startups se basan en expectativas de ganancias futuras. En el sector farmacéutico, seguro que las valoraciones de nueve cifras son habituales.
—¿Sabes en cuánto estaba valorada Vitalis?
—Ni idea, pero con un nombre importante como Vondreesen metido en la financiación, tenía que ser una cifra considerable.
La expresión de Katya me indicó que mi deducción no la había impresionado.
—Da igual. La empresa cerró un par de meses antes del... incidente. La valoración de Vitalis cayó a cero. Tu padre se jubiló y Colin consiguió otro trabajo.
—Lo sé. Por eso estoy atascado.
—Si hay un beneficio empresarial detrás de esto, bien podría ser el nuevo trabajo de Colin. Hablaba de ello con tu padre, de médico a médico, de empresario a empresario.
—Lo sé. Tienes razón. Tengo mucho que investigar. Por eso también necesitaba salir de la cárcel.
Katya le dio vueltas al asunto.
Empecé a adormecerme.
—Hay una tercera opción, un tercer motivo.
Eso me espabiló.
—Soy todo oídos.
—Empezaste esta conversación diciendo que la razón para inculparte era desviar la investigación policial, pero ¿y si te equivocas? ¿Y si todo se hizo por venganza contra ti? Me imagino que te granjeaste enemigos peligrosos durante tu carrera en el gobierno, ¿no?
—Tienes razón. Ese lo dejé fuera. Había sido mi hipótesis principal durante meses.
En mi celda hice cientos de miles de abdominales, dominadas, elevaciones de piernas y encogimientos mientras elaboraba mi lista de sospechosos y cómo cazarlos.
Pero ese motivo se esfumó en cuanto alguien ordenó que me mataran.
Desapareció del todo cuando también fueron a por ti.
—¿Por qué?
—Porque estaban ganando. Mi caso parecía desesperado. Y porque matarte no encaja en absoluto en ese escenario.
Ella también lo asimiló enseguida.
—Tienes razón. Estoy de acuerdo.
—Alguien tiene un interés empresarial que está tratando de proteger, Katya. Un interés empresarial que mi padre y mi hermano amenazaron de algún modo. Un interés empresarial que sigue siendo vulnerable.
—¿Y piensas exponerlos?
—Pienso destruirlos. Esta gente mató a mi familia. Cuando acabe con ellos... —Me contuve, recordando que no estaba hablando con Dix ni con los chicos—. Se arrepentirán, por un segundo o dos.
Katya no pareció inmutarse ante ese atisbo de mi lado más salvaje, lo que me recordó de dónde venía ella y lo que había vivido al crecer en Moscú durante la perestroika.
—¿Por dónde vamos a empezar? —preguntó.
Su uso del plural fue música para mis oídos.
—Vamos a empezar con una de las cosas que cambiaron. Vamos a empezar con los tipos que intentan matarte.