Capítulo 18
Motivos
KATYA DIGIRIÓ mi acusación en silencio, dando sorbos a su té de vez en cuando y chasqueando las uñas contra la yema del pulgar izquierdo. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Probablemente le dio mil vueltas en esa cabeza privilegiada antes de levantar la vista.
—¿Cuál es el segundo posible motivo? El que no tiene que ver con el dinero.
Había visto lo que quería ver.
—Pongámonos en marcha. Te lo cuento en el coche.
Pagué en el mostrador mientras Katya iba al baño.
Con la nueva tarjeta de crédito de Kyle Yates, le dejé a Wendy una propina mayor que lo que costaban las bebidas.
Sentaba bien volver a formar parte de la sociedad.
Al firmar la cuenta, caí en que el café en Denny's había sido mi primera compra como hombre rico, sin contar los honorarios legales.
Por desgracia, probablemente el dinero se habría esfumado antes de que llegara la factura de la tarjeta.
Esta vez Katya se puso al volante. Mientras ella ajustaba el asiento hacia delante, yo eché el del copiloto todo lo atrás que pude.
Aun así no podía estirar las piernas del todo, pero no me quejaba.
Era lo más cómodo que había estado en meses.
No es que no hubiera tensión. De hecho, creí detectar cierto enfado en cómo Katya agarraba el volante y pisaba el acelerador mientras volvíamos a la autopista, aunque no tenía con qué comparar.
Nunca antes había ido de copiloto con ella.
Cuando Katya puso el control de crucero, se volvió hacia mí.
—¿Por qué me lo dijiste? Si sospechas de mí, ¿no sería más inteligente fingir que no lo sabes?
—Acabas de responder a tu propia pregunta, pero aparte de eso, fue una decisión táctica.
Las probabilidades de cometer un error aumentan mucho si tengo que dividir mi atención entre dos investigaciones.
Y no puedo permitirme ningún error. Además, no tengo tiempo para andarme con sutilezas, que tampoco es lo mío.
—¿Qué quieres decir con que no tienes tiempo?
—Ya lo verás.
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres críptico?
—Ser críptico era parte de mi trabajo.
Katya guardó silencio durante varios kilómetros.
La sentí relajarse.
—¿Por qué lo dejaste? Nunca llegaste a contármelo. La primera vez que nos vimos, cuando estabas con aquel caso en Moscú, parecías tan feliz.
No quería añadir ese torbellino emocional a todo lo que ya sentía.
—Es una historia larga. Ya te la contaré en otro momento.
—Ya estás otra vez con lo críptico.
No dije nada.
Un minuto después, volvió a la carga.
—¿Cuál es el segundo motivo?
—Es un poco más difuso que el primero. Deja que te cuente lo que estoy pensando. Tú me dices si mi razonamiento se sostiene.
Eso la animó al instante.
—Vale.
—Ojo con la velocidad.
—Perdona.
—Empecemos por la razón de inculparme a mí. En este escenario, sería para desviar la investigación policial.
Katya se lanzó sobre esa teoría. Era evidente que le había dado vueltas mientras yo estaba en la cárcel.
—¿No sería mejor que no investigaran a nadie? Podrían conseguirlo haciendo que los asesinatos parecieran un accidente. Seguro que sería más sencillo. Deberíamos buscar la explicación más simple. La navaja de Occam.
—Tienes razón. Y acabas de dar en el clavo. La mejor forma de evitar una investigación seria habría sido hacer que los asesinatos parecieran un accidente. Eso es lo que habrían hecho... si hubieran podido.
—¿Estás diciendo que no pudieron?
—Exacto. No pudieron. Pero ¿por qué no pudieron? O mejor dicho, ¿qué les habría impedido escenificar el asesinato de forma creíble como un accidente?
Katya apartó la vista de la carretera para mirarme.
—Está claro que has barajado todas las posibilidades. ¿A qué conclusión llegaste?
—Deduzco que necesitaban matar a más de una persona. Al menos a dos de los tres, y uno de ellos tenía que ser mi hermano.
—¿Por qué uno tenía que ser Colin?
—Porque habría sido fácil escenificar un accidente que matara a mi padre y a mi madre. Siempre están juntos. Un atropello con fuga habría sido rápido, limpio y creíble.
—También podría haber un atropello con fuga con Colin en el coche.
—Claro, si Colin hubiera estado con ellos de manera habitual y predecible.
Pero estaba en Moscú. El crucero del sesenta cumpleaños, en cambio, estaba programado con mucha antelación.
Había billetes de avión de ida y vuelta, y un itinerario detallado para las dos semanas.
También ofrecía un entorno controlado y aislado. Perfecto para un asesinato premeditado.
Le di un segundo para asimilarlo.
—Nunca he oído hablar de un accidente de yate mortal.
—Exacto. Entonces, ¿qué tipo de accidentes pueden ocurrir en un yate? No es que haya muchos piratas frente a la costa de California. Te quedan el veneno y las explosiones.
Se quedó pensando mientras un Lamborghini negro nos adelantaba rugiendo al doble de nuestra velocidad, como la sombra de un avión.
—Supongamos que es verdad. Supongamos que montaron un escenario que te inculpaba a ti, con la herencia como motivo evidente. ¿Por qué? ¿Cuál era su motivo? ¿Cómo se beneficiaban?
—Ahí está la cuestión, y me está volviendo loco.