Capítulo 17
Té revelador
LLAMÉ a la puerta de Katya y dije quién era, sabiendo que estaría nerviosa. Con cualquier otra persona, habría usado la llave para colarme sin hacer ruido, pero con Katya eso me habría parecido una intromisión.
La nuestra era una relación extraña, íntima e incómoda a partes iguales. Las horas que habíamos pasado conversando se podían contar con los dedos de una mano, pero las circunstancias nos habían acercado más el uno al otro que a cualquier otra persona en el mundo.
Katya abrió la puerta y entré en una habitación que olía a madreselva en flor.
Un auténtico regalo para una nariz que acababa de pasar seis meses entre rejas.
La imagen de una bañera humeante con pequeñas burbujas y hombros desnudos me vino a la cabeza.
La aparté de inmediato. Casi había sido la esposa de mi hermano.
Katya echó el cerrojo y puso la cadena, luego se volvió para mirarme con ojos cálidos, muy abiertos.
—¿De verdad te has escapado de la cárcel?
Me detuve un segundo, pensando en que mi currículum tenía un nuevo logro, y en lo atípica que tenía que ser una carrera para que fuga exitosa de prisión fuera un mérito.
—Tuve mucha ayuda.
—¿Esos tipos eran del Grupo de Operaciones Especiales?
—Por su bien, es mejor que no entremos en detalles.
—¿Tuviste que... hacerle daño a alguien? Para salir, quiero decir.
Katya estaba claramente muy tensa y ávida de información, lo cual era fácil de entender. No me importaba hablar. Mi lengua llevaba tiempo sin ejercitarse.
—Hay dos formas de escapar de prisión. Puedes ser más listo que los ingenieros y los guardias, o puedes ser más listo que los burócratas.
Nosotros fuimos más listos que los burócratas.
Usamos uniformes, documentos falsificados y un hacker muy talentoso con acceso a la red del Departamento de Justicia. Así que no hicieron falta balas.
—¿Engañaste a los guardias?
—Aprovechamos su debilidad.
—Suena arriesgado.
—La fortuna favorece a los audaces. Y teníamos las cartas marcadas a nuestro favor.
El mundo entero de un guardia de prisión gira en torno a la cadena de mando.
Obedecer órdenes ciegamente lo llevan grabado en el sistema nervioso, como respirar.
Una vez que los hackers y los falsificadores hicieron su trabajo, lo único que mis hombres tuvieron que hacer fue aparentar el papel y transmitir autoridad.
Katya me lanzó una mirada que decía que captaba la teoría, aunque no mucho más.
—Siento si te he ofendido. Te lo agradezco de verdad.
—No te preocupes. Lo entiendo. La gente oye «Operaciones Especiales» y piensa en francotiradores y explosivos. También usamos eso, pero solo cuando es la forma más inteligente de completar una misión.
Katya volvió a comprobar el cerrojo de la puerta.
—¿Cómo te encuentras?
—Estoy un poco abrumada por todo lo que ha pasado, pero me siento mucho mejor ahora que estás aquí.
Si Katya hubiera sido cualquier otra persona que no fuera la prometida de mi hermano, le habría dado un buen abrazo en ese momento. Pero dadas las circunstancias, mantuve las distancias.
—Me alegro de poder ayudar. Ahora, deberíamos irnos.
—¿Irnos? Es la una de la madrugada. ¿Adónde vamos? Ah, ¿te está buscando la policía?
—No. A estas alturas, hasta donde saben mis carceleros, me he convertido en problema del FBI. Pero hay otro reloj marcando la cuenta atrás de mi destino, y le queda muy poco tiempo.
No me presionó para que aclarara, y tres minutos después estaba conduciendo su Ford hacia el norte por la 101.
—¿Adónde vamos? —preguntó Katya.
—De vuelta a Palo Alto.
—¿Tus amigos se reunirán con nosotros allí?
—No. Tienen que estar de vuelta en casa antes de que alguien note que se han ido. Y de todas formas, no los vamos a necesitar.
Mientras activaba el control de crucero, ella hizo la pregunta que me esperaba.
—Si podías escaparte de la cárcel en cualquier momento, ¿por qué esperaste? No me malinterpretes, te estoy muy agradecida, pero como nos gusta decir a los matemáticos, la ecuación no cuadra.
La verdad era que me habría escapado solo para salvar a Katya. Se lo debía a Colin. Pero ella no necesitaba saberlo.
—Me escapé en cuanto las ventajas de hacerlo superaron las de quedarme. Ayudarte inclinó la balanza hacia la fuga, pero ya había dado luz verde al plan. Y menos mal.
—¿Cómo es eso?
—Tres reclusos intentaron partirme la cabeza en las duchas esta mañana, con la ayuda de un guardia corrupto. Fue un encargo, un intento de asesinato coordinado.
—¿Asesinato? ¿Por qué? ¿Qué podría ganar alguien matándote?
Me gustó que su mente fuera directa a la parte sin resolver del problema.
—Necesito café. Por favor, saca un iPhone del sobre manila de la guantera y búscanos un restaurante que esté abierto las veinticuatro horas.
Lo hizo. Denny's estaba a solo una salida y dos giros a la derecha.
Mientras la camarera me llenaba la taza de café, le dije:
—Por favor, no deje de traerme.
Wendy respondió:
—Claro que sí, cielo.
Rondaba los cincuenta y tantos, trabajaba en el turno de noche en Denny's, y aun así nuestra camarera mantenía una buena actitud. Admiraba a gente como ella. Me pregunté por un momento cuál sería su fuente de alegría: un pasatiempo o una nieta que compensara la rutina.
Katya probó su té y luego me miró expectante.
Fui directo al grano, respondiendo a la pregunta que había hecho en el coche.
—Hay exactamente una persona que ganaría algo matándome. Es la misma persona que mató a mi familia y me inculpó.
Katya lo asimiló más rápido de lo que la mayoría de los treintañeros tardan en recordar su edad.
—Eso no tiene sentido. Si hubiera querido verte muerto, te habría matado a la vez. La inculpación claramente formaba parte del plan del asesino.
—Estás pensando como una matemática. Lo admiro, pero esto no es como resolver una demostración matemática.
Katya arrugó la nariz. —¿No crees que las reglas de la lógica se aplican a las investigaciones? Sherlock Holmes discrepería.
—No es eso lo que he dicho. Uso la lógica, precisamente. Pero no la de un matemático.
—Las matemáticas son la forma más pura de lógica.
—La más pura, quizás. Pero esta no es una situación pura. —Hice una pausa, sin apartar los ojos de los suyos, y di un sorbo de café—. Está evolucionando.
Se ruborizó ligeramente al comprenderlo. —Por supuesto. Es teoría de juegos, no álgebra. ¿Tienes algún sospechoso?
—Tengo dos. Uno por cada motivo.
—¿Y cuáles son esos motivos?
—El primer motivo es el dinero.
—¿Qué dinero?
—El dinero de mi padre.
—Pero tú lo recibiste todo.
—Lo recibí, por ahora. Que pueda quedármelo es otra cuestión. Alguien podría estar jugando a largo plazo. Alguien capaz de predecir el resultado de una cadena compleja de acontecimientos... la solución a una ecuación larga.
Estudié el rostro de Katya mientras hablaba.
Me gustaba el café tanto como a cualquiera y más que a la mayoría, pero estábamos en Denny's en lugar de en su coche por una razón: para poder estudiar su rostro en ese momento.
Katya no recurrió a la sorpresa fingida de rigor ni a la reacción diferida que dictan las normas de etiqueta cuando una conversación cortés se torna acusatoria.
Quizás fue porque eran las dos de la madrugada en Denny's y no las cuatro de la tarde en Harrod's, pero lo interpreté como un rasgo de su carácter.
—¿Cómo podría beneficiarme económicamente? Colin y yo no estábamos casados. Apenas estábamos comprometidos.
—En Rusia, eso sería el final. Pero como todo el mundo sabe, Estados Unidos tiene un sistema legal muy particular.
Aquí la gente demanda por cualquier cosa.
Es prácticamente un deporte nacional. Primero, consigues que me culpen de los asesinatos.
Luego demandas al patrimonio por daños y perjuicios.
Casi te matan. Sin duda quedaste traumatizada.
Un jurado probablemente sería muy comprensivo, sobre todo si el dinero procede de un asesino convicto.