Capítulo 4
Una recepción fría
EL TIEMPO MIENTE. Se disfraza con apariencia simétrica, usando relojes y calendarios como cómplices.
Estos lo envuelven en perfecta uniformidad, regular como las muescas de una regla, que se extienden hacia adelante y hacia atrás sin variación de tamaño, escala o importancia.
Como sabe cualquiera que haya vivido aunque sea un poco, esto es un gran engaño.
Estaba a punto de vivir el día más crucial de mis treinta y un años, y el más largo.
El día que dividiría mi vida para siempre en un antes y un después .
Pero, por supuesto, no lo sabía. Nunca lo sabemos.
El tiempo solo nos permite mirar en una dirección.
Así que no tenía ni idea de lo que vendría tras aquel golpe en la puerta de mi habitación de hotel.
—¿Quién es, Achilles? —preguntó Sophie.
Aparté la cabeza de la mirilla y respondí:
—¿Estás metida en algún lío?
—No lo creo —dijo ella. Se incorporó sin cubrirse, lo que hizo que mi cuerpo recién despierto tomara una dirección completamente distinta a la de mi cerebro—. ¿Por qué? ¿Quién está en la puerta, la policía?
Bromeaba, pero había dado en el clavo.
—Sí.
Eso hizo que la sábana subiera de inmediato, pero no provocó pánico. A partir de ahí, la deducción era obvia. Venían a por mí.
Hablé hacia la puerta:
—Denme veinte segundos para vestirme, agentes.
Me puse los vaqueros y la camiseta, me até los zapatos y me enfundé la chaqueta de cuero. Dieciséis segundos. Le dediqué a Sophie una sonrisa tranquilizadora y articulé sin voz «Lo siento». Luego entreabrí la puerta en veinte segundos exactos.
—¿Kyle Achilles?
—Así es.
—Necesitamos que venga con nosotros, por favor.
Comprobé la autenticidad del calzado de los agentes y luego sus credenciales.
—De acuerdo.
Me volví hacia Sophie.
—Parece que tendremos que dejar el desayuno para otro día.
Su boca dijo «Lo entiendo. Fue un placer conocerte». Su cara decía que no sabía qué pensar de todo aquello y que tampoco estaba segura de querer averiguarlo.
Éramos dos.
Supe que estaría bien unos segundos después, cuando la oí gritar a través de la puerta:
—¡Así que te llamas Kyle !
Desde fuera, el Departamento de Policía de Santa Bárbara parecía más una mansión española que una oficina gubernamental, con su exuberante jardín bien cuidado incluido.
Paredes de estuco blanco y techos de tejas rojas, con abundantes arcos, frontones y una columnata en sombra.
Era evidente que los lugareños estaban orgullosos de su herencia y su riqueza.
El agente Williams abrió con su tarjeta la puerta de la Sala de Interrogatorios Uno. Después de hacerme pasar, se volvió para marcharse.
—El detective Frost estará con usted en breve.
—¿Puedo tomar un café? Grande y solo.
Williams respondió «Claro», pero su tono era ambiguo y no pude verle la cara.
Cuando el cerrojo hizo clic y me quedé aislado, caí en la cuenta de lo que implicaban las palabras del agente Williams. Esperaba algún tipo de investigación o informe de la CIA, dado que acababa de reaparecer en Estados Unidos por primera vez desde mi renuncia un año antes.
Pero Langley no recurriría a un detective de policía.
Harían una videoconferencia o enviarían a un agente local.
Mi estómago vacío se retorció a modo de advertencia.
Miré el reloj: 10:49 a. m. Mi familia estaría terminando sus mimosas en algún restaurante local que hubiera conseguido las mejores reseñas de brunch dominical.
Tenía hasta la 1:00 p. m. para volver al Emerging Sea si queríamos ceñirnos al horario.
Papá era muy estricto con los horarios, igual que Colin.
Martha y Katya parecían bastante más relajadas, aunque todavía las estaba conociendo.
Empecé a sacar el móvil para llamar a mi padre, pero recordé que la batería se había agotado sin la recarga nocturna habitual.
Estaba planteándome si aporrear la puerta y pedir un teléfono cuando esta se abrió y entró un burócrata de unos cincuenta y tantos.
Le brotaba más pelo de las orejas que de la cabeza, como si fuera una prolongación del bigote, y su barriga era más grande que un saco de patatas.
Para trabajar aquí con esa pinta, el tipo tenía que ser muy bueno o tener muy buenos contactos.
—Soy el detective Frost.
Tomó asiento frente a mí sin ofrecer ni la mano ni café. Bien conectado, entonces.
—No parece que haya traído café.
—¿Qué?
—Williams dijo que me traería café.
—Quizá más tarde.
Frost sacó un bloc de notas del bolsillo trasero, pasó varias páginas escritas hasta llegar a una en blanco y preparó un bolígrafo de plástico barato.