Brillando entre las grietas CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Clara

Los abuelos de Joe no estaban cuando hemos llegado, así que he aprovechado para dejar mis cosas en la habitación antes de que entrara Evie.

Me da miedo no saber lo que pasará. Me aterra estar con ella a solas, no lo estamos desde segundo de primaria, cuando éramos amigas.

―Mi madre va a estar en el pasillo por la noche para que no me escape ―es lo primero que me dice Joe cuando entro a su cuarto.

―Me lo esperaba…

―¿No estás enfadada conmigo? ―pregunta, viniendo hacia mí sin apartar la mirada de mis ojos.

―¿Por qué debería de estarlo? No es tu culpa que estuviéramos así cuando han llegado. Fui yo la que pidió cambiarse de sitio.

Con media sonrisa, se acerca a mí y me da un suave beso en los labios, haciendo que se me revuelva el estómago.

―Te quiero. Si pasa algo vienes a mi cuarto. Da igual que esté mi madre, ¿vale?

Como respuesta, asiento con la cabeza.

―¿Vienes a cenar?, mis abuelos han hecho la cena para todos, y están deseando conocerte. Sobre todo mi abuela Delilah .

Le agarro la mano y la aprieto fuerte, para evitar mordérmela de los nervios.

―No estés nerviosa, amor.

―No estoy nerviosa ―digo lo más natural posible, disimulando el malestar que me recorre el estómago al pensar en comer.

―Clara, te conozco más que a mí mismo. No me vas a mentir.

Agacho la cabeza, entre nerviosa por su comentario y avergonzada. ¿Cómo es posible que me conozca tan bien?

Joe tira de mi mano y me lleva escaleras abajo, al comedor, donde está toda su familia dispersada por ahí.

No me suelta la mano en ningún momento, pero a pesar de eso, no me tranquilizo.

―Joe ―dice una voz, que parece de alguien mayor―. Ven aquí hijo, ¿quién es esta muchacha?

Joe me pasa una mano por la cintura y me acerca más a él.

―Es mi novia, abuelo ―me presenta, mientras su mirada me recorre de arriba abajo hasta encontrarse con mis ojos de nuevo con mis ojos―. Se llama Clara.

El señor asiente con un gesto pícaro, dedicándome una sonrisa enorme de total aprobación y me saluda con un cabeceo cómplice, como si celebrara el buen gusto de su nieto.

―Clara, este es mi abuelo Duncan.

Con una sonrisa, le devuelvo el mismo gesto con la cabeza que el hombre me había hecho antes .

―Me cae bien… ―dice el señor, asintiendo varias veces.

No puedo evitar sonreír disimuladamente ante su comentario, gesto que Joe nota y me sonríe de vuelta, acariciándome la cadera con la mano con la que me mantiene a su lado.

―¿Quieres que nos vayamos ya a sentar? ―pregunta en un susurro cuando su abuelo nos ha dejado de prestar atención.

Asiento con la cabeza como respuesta y nos sentamos con los demás.

―Mamá, ¿al final vamos a ir a la playa esta noche? ―pregunta Joe, haciéndome temblar con esa pregunta.

Noto como, inconscientemente, mi mente se cierra en banda.

No. No iré. No pienso ponerme un bañador nunca más, es superior a mí.

Y menos delante de unas personas que quiero que me acepten.

―Clara, ¿estás bien? ―me susurra mi novio al oído.

Niego con la cabeza y me levanto poco a poco de la mesa, sin escuchar nada de lo que dice Keeva ni Joe.

Por suerte, todavía no ha empezado la cena, no está todo el mundo, así que me da tiempo a despejarme un rato en el baño.

¿Por qué no puedo dejar de llamar la atención todo el rato? ¿Soy idiota o algo ?

¿Es que no sé nada aparte de molestar o interrumpir a la gente?

¿En serio no puedo hacer algo bien? Era solo sentarme, sonreír, comer un poco e irme.

Ni siquiera debería de haber venido.

Dios… Necesito vomitar.

No me puedo quedar así cuando voy a comer y luego a poner un bañador. Se me va a marcar toda la barrigona. No les voy a caer bien.

¿Qué pensarán de mí?

Estoy haciendo el ridículo. Soy ridícula.

Alguien me agarra del brazo, pero yo no puedo pensar en otra cosa que no sea largarme de aquí lo antes posible y vomitar.

Cuando abro la puerta del baño, entro corriendo, intentando poner el pestillo, pero una mano firme empuja la madera antes de que el metal encaje.

Joe entra detrás de mí y cierra la puerta a nuestras espaldas. Sin mirar nada a mi alrededor, me derrumbo en el suelo, mareada por todos mis pensamientos, y caigo justo enfrente del váter.

―No, Clara. Ni se te ocurra ―exclama una voz detrás de mí.

Joe se sienta en la taza del váter antes de que pueda hacer nada, negándose rotundamente a que vomite .

―No, no, no. Joe, déjame hacerlo, por favor ―pido sollozando, con lágrimas resbalándome por la cara de forma inevitable.

―Sabes que no debes, mi amor ―me intenta tranquilizar poniéndome una mano en la mejilla, limpiándome la humedad de la cara―. Lo hemos hecho muy bien hasta ahora.

Negando con la cabeza, le intento retirar mediante empujones, pero me resulta imposible.

―Clara, cariño, ven aquí ―insiste en su intento de calmarme. Me levanta por las axilas para sentarme en su regazo, donde me sujeta firmemente mientras nos mece de adelante hacia atrás.

―¡Joe, suéltame! ―exclamo a gritos, retorciéndome en su agarre y pataleando para liberarme.

Él, hace todo lo contrario. Me aprieta más fuerte sin perder la paciencia, mientras me acaricia la espalda con las yemas de los dedos y me bloquea las manos para que no me las lleve a la boca.

Sabe perfectamente lo que quiero hacer y no me va a dejar moverme de aquí. Me da muchísima rabia que sea tan fuerte y que me conozca tanto; prefiere que me enfade con él antes que dejarme vomitar y empezar de nuevo.

―No quiero ir a la playa ―balbuceo entre sollozos, apretando con ansia sus manos―. No estoy preparada.

Como si ahora lo comprendiera todo, abre los ojos de par en par y me mira con una mezcla de pena y tristeza en la cara .

―¿Es por el bañador? ―pregunta, con una calma que me desespera.

Asiento con la cabeza y la entierro en el hueco de su cuello, llorando a mares sin saber muy bien por qué lo hago.

―Eres preciosa, mi amor ―susurra en mi oído, retirándome un mechón de pelo que tengo en la cara y limpiándome las lágrimas con una delicadeza como la de una pluma―. Eres la persona más guapa y más perfecta que he conocido nunca. Y tengo muchísima suerte de tenerte aquí conmigo.

Siento sus palabras como un vacío. No me han llenado, no me han hecho darme cuenta de nada y mucho menos me las he creído.

―Clara, no hace falta que te quedes en bañador si no quieres ―explica, levantándose conmigo en brazos―. Entiendo que no quieras hacerlo, pero sería una muy buena forma de dejar atrás un miedo.

―No, Joe. No puedo hacerlo.

―Cariño, escúchame. Claro que puedes ―me dice, apartándome un mechón de pelo de la cara―. Solo tienes que intentar mirarte a través de mis ojos, no del espejo. Sé que ahora te cuesta un mundo, es normal. Pero vas a salir de esta, te lo prometo.

Sollozando, le miro de nuevo a los ojos, que irradian una fe ciega que soy incapaz de tragarme.

Sé que me lo dice porque me quiere, no porque sea verdad. Pero aunque mi cabeza me grite que me está mintiendo, sus ojos transmiten tanta pena y tanta verdad que necesito aferrarme a ellos para no volver a desarmarme.

―¿Me puedo poner una camiseta por encima? ―pregunto, con los últimos sollozos abandonando mi cuerpo.

―Será de noche ―aclara Joe, sujetándome solo con una mano y abriendo la puerta con la otra―. Nadie te va a analizar porque no te verán.

―¿Seguro?

Como respuesta, asiente con la cabeza y posa un beso sobre mis labios.

―Te quiero, Clara.

―Yo también te quiero, Joe.

Se me está revolviendo el estómago, en serio. No puedo aguantar más tiempo metida en esta habitación.

Evie no me ha dicho ni hecho absolutamente nada. Y me aterra. No porque crea que va a repetirlo, sino porque me da escalofríos el vacío que deja su mirada.

Es el vacío de quien ya no me quiere en su vida . Y a la vez, me da miedo que me conoce tan bien que sabe exactamente dónde golpear si se lo propone .

Sé que soy muy paranoica. Probablemente Evie pase completamente de mí y todo seguirá como ahora. Sin una sola palabra.

Pero no me puedo permitir confiar tanto en ella después de todo .

Me encierro en el baño después de la ducha y me pongo el pijama, intentando dejar de pensar en todo esto. Pero cuando salgo, Evie está sentada en la cama, mirando fijamente la puerta del cuarto donde estaba metida hace unos segundos. Y parece que está… ¿Llorando?

Al volver a conectar y darse cuenta de que la estoy mirando, se frota la cara con las manos y hace como que no ha pasado nada, se da la vuelta y se levanta de la cama.

Vale, estoy muy confundida.

Con una almohada de la mano, se mueve a lentamente un lado de la habitación. Luego al otro, y por último se frena, tirando el cojín de nuevo a la cama con un aspecto de derrota en la cara.

―Oye, ¿estás… ―empiezo a decir, con un peso en el pecho que me pone cada vez más nerviosa.

―Puedes irte con mi hermano ya ―me interrumpe en un susurro, casi tan bajo que parece inapreciable.

Levanto la mirada, confundida. Evie me observa con una profunda tristeza en los ojos, pero se nota que habla en serio.

―¿Quieres que… quieres que me vaya con tu hermano?

―Es lo que quieres tú, ¿no?

―Sí ―admito, con el corazón en un puño.

Asiente con la cabeza sin mirarme, y luego, se encierra en el baño sin decir ni una palabra más.

Para asegurarme de que esté bien, pongo el oído en la puerta .

Lo único que se escucha son sollozos, lo que me confirma que está llorando.

¿Debería irme así?

No.

Pero lo voy a hacer.

Con un suspiro tembloroso, me aseguro de que no haya nadie en el pasillo y salgo de la habitación.

Justo en la puerta de enfrente, está el cuarto de Joe, así que, silenciosamente, camino hasta agarrar el pomo de la puerta.

―¿Eres la novia de Joe? ―pregunta una voz infantil a mi lado.

Dando un pequeño brinco del susto, miro a la pequeña niña pelirroja, que parece ser algo más pequeña que Arlo, y que me observa desde la puerta del cuarto de al lado.

―Sí ―contesto en voz baja.

Me acerco a ella con pasos lentos y me coloco a su altura.

―Guau ―me mira asombrada―. Eres muy guapa.