CAPÍTULO 26
Clara
Joe me ha invitado a ir con él a casa de Grayson. Le he dicho que no porque no me apetece hacer nada desde ayer. Tengo un malestar constante que no se alivia ni con la presencia de Joe.
Evie acaba de cruzar el umbral y se ha sentado junto a Grayson, mirándome como si literalmente me quisiera matar.
Solo su presencia activa una alarma sorda en mis costillas, una opresión que me roba el aire.
Y no es solo desconfianza, es el pánico físico de quien sabe que está ante un peligro latente, que me recuerda cada vez que la miro. Me siento vulnerable, casi ridícula, atrapada de nuevo en el frío recuerdo de aquel día.
Mi propio miedo me avergüenza. Y me siento patética porque ya lo debería de haber superado, pero aquí sigo, estancada con un recuento más alto de enemigos que de amigos.
―Clara, ¿qué te pasa? ―dice Joe, llamando mi atención.
Despejo mi mente y le miro. Está al lado de Grayson, que no nos está haciendo caso mientras mira y habla con Evie embobado, sin disimular una pizca que babea por ella.
―Nada ―contesto mientras intento sonreír.
―Clara …
―De veras, no es nada.
Me muerdo el labio, disimulando el malestar que siento en realidad, y hago como que no pasa nada mientras miro al suelo incómoda, contando el número de líneas que se marcan en las tablas de madera.
―Tío, nos vamos a ir yendo ya ―le dice Joe a Grayson, que nos mira subiendo las cejas.
―¿Ya?, si no habéis estado casi nada ―reprocha cruzándose de brazos como un niño pequeño.
Joe le dirige una mirada amenazante y nuestro amigo se calla poniendo cara de cachorro.
Cuando pienso que no va a decir nada más, viene hacia mí.
―¿Interrumpo? Parece que te estás poniendo un poco… intenso ―se burla nuestro amigo, arqueando las cejas con picardía hacia Joe.
Mi novio me pone en pie rápidamente, evitando darle el gusto de tener una respuesta.
―Y pensar que en el fondo estás perdidamente enamorado de mí… ―continua Grayson, cruzándose de brazos con suficiencia y una sonrisa maliciosa―. Pero como no es mutuo, supongo que tendrás que conformarte con la pobre Clara. Lo siento, tío, pero no eres mi tipo para algo serio.
Lo ha dicho a posta, creo que se me nota demasiado el absurdo malestar y ha querido hacerme reír.
A Joe en cambio no le hace tanta gracia y acelera el paso conmigo tirando de mi mano. Ahora mismo estoy deseando llegar a casa, tumbarme en la cama y no hacer nada de nada, ni siquiera hablar con Joe.
―¿Qué te pasa? ―me pregunta Joe en cuando llegamos a su cuarto.
Su madre está abajo, pero no me he acercado a verla. Sé que ella está pendiente de mí, pero de verdad que no soportaría admitir en voz alta lo que quiere que admita, por lo que la mejor solución que he encontrado es evitarla a toda costa.
―Nada, solo estoy cansada.
Me tiro en la cama y me acomodo dándole la espalda.
―No hagas eso, por favor .
Me vuelvo hacia él en cuanto escucho ese tono quebrado, una súplica que parece cargada de una tristeza que me obliga a buscar su mirada.
¿He hecho algo malo?
―¿Hacer qué? ―pregunto confundida.
―Alejarte ―dice con voz temblorosa―. Necesito que me digas lo que te pasa, porque si no, no lo podré arreglar.
―Es una bobada ―admito rápidamente para que no se preocupe por mí.
―Sé que no lo es, Clara.
―Es una estupidez, no te preocupes. Solo necesito descansar, anoche no dormí muy bien.
Joe suspira mordiéndose el interior del carrillo.
―No quiero hablarte mal, pero déjate de gilipolleces y cuéntame que coño te pasa ―suplica desesperado―. No quiero que te alejes cuando me necesitas, para eso estoy .
Me quedo callada porque sé que no miente.
Me alejo, sí. Es un mecanismo automático, una huida sin motivo. Pero me duele que piense que es algo planeado, cuando en realidad es solo mi forma de protegerme del mundo.
―Lo siento, no era mi intención…
―No te disculpes ―me interrumpe―, solo quiero que me digas lo que te pasa.
―Es que no es nada en especial, es solo que estoy cansada, de verdad. Se me ha juntado todo y ya está.
―¿Me prometes que solo es eso? ―dice alargando su brazo con el meñique estirado.
―Sí.
Entrelazamos los meñiques en un pacto silencioso.
―Es que me duele estar con ella ―admito al ver su cara de desconfianza―, sé que estoy siendo dramática y que no debería de seguir pensando en eso, pero…
Las palabras se me mueren en la garganta, dejándome con la voz quebrada. Por la forma en que me mira, sé que él entiende exactamente lo que no soy capaz de decir en voz alta.
Se aproxima con lentitud, como si temiera romper el silencio, y termina por tumbarse a mi lado, dejando que su cercanía sea la única respuesta que necesito.
―No te preocupes, mi amor, ya no están. Y Evie no te hará nada .
―Pero es que… ―digo negando con la cabeza varias veces, sin saber muy bien lo que quiero expresar―.
Es que... no quiero romper esto ―admito, recorriendo con la mirada el techo de la habitación―.
Si me pongo a hablar de lo que tengo en la cabeza, se va a estropear la tarde.
Y me gusta estar así. Sin pensar en nada de ahí fuera.
Joe se queda mirándome un momento, comprendiendo el mensaje sin necesidad de que añada una sola palabra más. Sabe cuándo presionar y cuándo darme espacio.
―Vale ―asiente con suavidad. Su mano baja de mi mejilla y sus dedos se enredan sin querer en mis mechones, distrayéndome―. Olvídalo. De hecho, ahora mismo tu mayor problema es este nido de pájaros que tienes por melena.
―No te metas con mi pelo ―replico, notando mi cara cada vez más colorada y a la vez, cómo la tensión acumulada en mis hombros empieza a ceder un poco―. El culpable eres tú, que tienes la delicadeza de un cavernícola lavándolo. Se me ha quedado super áspero por tu culpa, Joe.
―Oye, hice lo que pude en ese momento ―se defiende él, arrastrando las palabras con ese tono perezoso que usa cuando se está relajando―. Bastante que no te dejé ciega con el champú. Además, la intención es lo que cuenta.
Me muevo un poco en el sitio, acomodando la cabeza en la almohada, y por primera vez en horas el aire me entra limpio en los pulmones. No necesito contarle mis monstruos para que él me salve de ellos; a veces, solo necesito que llene el silencio con sus tonterías cotidianas .
―La intención no me quita los enredos ―bromeo, enredando las manos en un mechón al hacer como que lo cepillo.
―Qué exagerada... A ver, déjame ver.
Joe se mueve hasta que quedamos cara a cara, e inesperadamente suelta una pequeña risita.
―¿De qué te ríes? ―le pregunto, entrecerrando los ojos.
Le dirijo una mirada furiosa que solo consigue que se ría a carcajadas. Sus ojos se arrugan en las esquinas, contagiando al instante toda la habitación con su risa.
―Anda, levanta. Vamos al baño y me enseñas a hacerlo bien.
Joe se incorpora en un movimiento ágil y me tiende la mano. Sus dedos envuelven los míos con firmeza, tirando de mí hacia arriba para ayudarme a salir de la cama.
Me dejo guiar por el pasillo hasta cruzar el umbral de su aseo.
Las paredes son sencillas pero acogedoras, aunque mi atención se desvía de inmediato hacia un bote de plástico chillón colocado sobre la repisa del lavabo que juraría que no estaba ahí antes. Es un envase supercolorido con el dibujo de una rodaja enorme de sandía.
―¿Y ese? ―pregunto, señalando el bote con el ceño fruncido―. ¿Es tuyo?
Al notar hacia dónde apunto, la seguridad de Joe flaquea. Se pasa una mano por la nuca, revolviéndose el pelo con un gesto de incomodidad.
―Verás, ese… ese es de mi madre .
Lo miro, parpadeando con incredulidad.
―¿Por qué lo tienes tú?
Me quedo en silencio un segundo. Entonces, las piezas encajan en mi cabeza. Abro los ojos de par en par, horrorizada, y me llevo instintivamente un mechón de pelo a la nariz. Un rastro empalagoso a gominola de sandía confirma todas mis sospechas.
―Por eso tengo el pelo así… ―digo, cruzándome de brazos mientras lo sentencio con la mirada.
―Soy un tío ―se defiende, levantando las manos en son de paz mientras retrocede un par de pasos―. Me lavo el pelo y el cuerpo con el mismo jabón. No tenía ni idea de lo que hacía.
―¡Joe Hunt!
Joe suelta otra carcajada y se rinde, aunque no parece especialmente arrepentido.
―¡Vale, vale, lo siento! ―se agacha junto a la bañera y abre el grifo. El sonido del agua al caer contra la porcelana llena el espacio mientras él regula la temperatura con el dorso de la mano―. En mi defensa diré que olías genial.
Le dirijo una mirada amenazante y él rueda los ojos.
―Venga, cabezota. Prometo usar el champú de verdad esta vez ―asegura alejándose y saliendo del cuarto de baño.
En menos de un minuto, vuelve a estar a mi lado, con un bote blanco y rosa en el que sí que pone “champú”.
―Acércate y ponte cómoda .
Me coloco frente a él, inclinando la cabeza hacia atrás sobre el borde de la bañera.
La frialdad de la loza contrasta con el calorcito del agua templada que empieza a empaparme el pelo. Noto sus dedos, grandes y un poco torpes, masajeando mi cuero cabelludo con una delicadeza inesperada.
El olor limpio del champú de verdad empieza a inundar el baño, borrando por completo el rastro dulce de la sandía.
Me relajo tanto que cierro los ojos, disfrutando del silencio. Sin embargo, al abrirlos de nuevo, me topo con su rostro a escasos centímetros del mío. Joe ha detenido el masaje y me está mirando fijamente, manteniendo una sonrisilla de medio lado que me acelera el pulso de golpe.
―¿Qué? ―le susurro, de pronto un poco nerviosa por la cercanía.
Joe acorta un milímetro más la distancia, dejando que un mechón de mi pelo húmedo resbale lentamente entre sus dedos.
―Que estás muy guapa cuando haces como que te enfadas, Clara.
Pongo los ojos en blanco, aunque noto cómo las mejillas me empiezan a arder.
―Claro que sí, Joe. Estoy preciosa con el pelo empapado, cara de mala leche y oliendo a fruta artificial. Seguro que las chicas de tu clase se despiertan así todos los días.
Espero que me dé la razón a regañadientes o que se ría, aunque a mí no me haga tanta gracia. Pero Joe simplemente arquea una ceja. Su mirada baja un segundo hacia mis labios y luego vuelve a mis ojos.
―Las chicas de mi clase me importan tres pimientos ―responde en un susurro, y esa sonrisilla pícara se le ensancha un poco―. Además, ellas no tienen este primer plano que tengo yo ahora mismo. Menuda suerte tengo, ¿no crees?
Me quedo sin aire por un segundo, sintiendo una oleada de mariposas revoloteando salvajemente en mi estómago. Él se da cuenta perfectamente del impacto de sus palabras porque sus ojos oscuros se fijan en mi boca con una lentitud que me hace tragar saliva.
La distancia entre nosotros se reduce tanto que puedo notar el calor de su respiración contra mis labios. El vapor del agua templada parece atraparnos en una burbuja donde solo existimos nosotros dos y el latido desbocado de mi corazón.
―Joe… ―consigo modular, en un intento desesperado por recuperar el control de la situación―. Me estás distrayendo.
―¿Ah, sí? ―murmura. Su mano baja de mi pelo y sus dedos, húmedos y cálidos, resbalan por el lateral de mi cuello, dejando un rastro de escalofríos a su paso―. Qué raro. Si yo solo estoy haciendo mi trabajo de peluquero.
Mueve el pulgar suavemente sobre mi clavícula, rozando la piel con una presión que me hace contener el aliento. Me mira de reojo, disfrutando descaradamente de lo mucho que me afecta tenerlo así de cerca .
―Aunque… si me miras así otra vez, igual dejo el pelo a medias y te beso ahora mismo ―añade en voz muy baja, con una confianza que me derrite por dentro.
Me tapo la cara con las manos, cubriendo mi vergüenza por completo y de seguro que mis coloretes también.
Joe, se empieza a reír y me aparta las manos de la cara.
―¿Qué pasa? ―pregunto, contagiándome inevitablemente con su risa.
―Nada ―dice, negando con la cabeza varias veces.
―Joe… ―insisto― Si no me lo dices, pensaré que te estabas riendo de mí.
Con un destello de pánico en los ojos, pero sin quitar la sonrisa, responde:
―Podría agotar todos los diccionarios del mundo intentando buscar la palabra exacta que describiera todo lo increíble que eres, pero aun así, tendría la sensación de que ninguna te hace justicia ―confiesa con una leve sonrisa ladeada, cerrando el grifo de la ducha actuando como si lo que acaba de decir no fuera nada.
Noto como mi cara se sonroja tanto que parece un tomate.
―No me mires así ―dice poniendo su mano sobre mi mejilla―, nada de lo que he dicho es mentira.
―Te quiero ―admito escurriendo mi pelo mientras Joe va a por una toalla.
―Y yo a ti.