CAPÍTULO 25 #3
―Estás esquelética ―la regaño, dejando las bobadas a un lado.
Finge un mohín de indiferencia, pero sus ojos la traicionan. El brillo cristalino que asoma en su mirada delata le herida en la que acabo de hurgar.
―Tienes que comer más.
―Ya pero… ―intenta decir algo, pero sus nervios la traicionan y hacen que se le escape alguna que otra lágrima.
―Clara, ya sabes cómo es esto. Sabes lo mucho que te cuesta salir una vez que empiezas .
―No quería volver a estar así. Pero sigo estando gorda y… ―explica mordiéndose el labio, balbuceando palabras al azar que interrumpen los sollozos.
―Lo sé, mi amor. Sé que te duele... ―Limpio las ardientes lágrimas que bajan por su rostro, arrastrando cualquier trazo de la sonrisa falsa que ha intentado poner―. Pero no te lo guardes todo para ti, ¿vale? Ya no estás sola, volvemos a estar juntos.
―Soy idiota, Joe ―dice en un murmullo apenas audible por encima de su llanto―. Creo que sí que he vuelto a empezar como antes y no sé cómo pararlo. Tengo miedo.
―No eres idiota, cariño. Y vamos a buscar la forma de pararlo, te lo prometo. Ven aquí ―digo, abriendo los brazos para envolver su cuerpo con el mío.
Ella se rompe del todo contra mi pecho, aferrándose a mi camiseta mientras llora hasta quedarse sin fuerzas.
―De veras que no quería que pasara. Te lo juro, Joe.
Es que estaba tan triste que no tenía ganas y…
Y luego fui al instituto y todas estaban tan delgadas que me miré al espejo y no pude más.
No sé cómo salir de este bucle, me atrapa cuando menos me lo espero ―solloza inclinando su cabeza hacia atrás, para mirarme a los ojos, dejándome ver todo el sufrimiento que lleva cargado en su interior desde hace meses.
Sus palabras me caen encima como un balde de agua helada, aplastándome el pecho hasta que me quedo sin respiración.
Cierro los ojos con fuerza, tragándome el nudo de rabia y culpa que me quema la garganta.
Joder. Todo este tiempo separados, todo gracias esa estúpida pelea...
Mientras yo me preocupé por tener la razón, ella se estaba hundiendo a oscuras, sola.
Y me culpo. Me culpo porque yo prometí ser su red de seguridad y, en cuanto me aparté, el monstruo de su cabeza volvió a ganar terreno. Verla compararse con el resto, verla dudar de lo jodidamente preciosa que es, me rompe en mil pedazos.
Sé lo duro que trabajó para salir de ahí. Recuerdo cada pequeña victoria, cada plato terminado, cada vez que logré que sonriera frente al espejo. No voy a dejar que todo eso se pierda. No otra vez.
―Mírame ―le pido con la voz rota, obligándome a sonar firme mientras le acaricio la cara con las manos para que conecte con mis ojos―. Escúchame bien, Clara.
Al ver que sus ojos siguen evitando los míos, me incorporo hasta quedarme sentado en medio de la cama y arrastro su cuerpo junto a mí. Lo justo para quedar cara a cara y que sí o sí me esté mirando.
―Preciosa, mírame por favor ―la pido volviendo a sostener su cara entre mis manos.
Con los ojos cansados y rojos por el llanto, me vuelve a mirar. Cosa que no sé si me alivia o si me está destrozando.
―No me importa el resto del instituto, ni lo que te imagines de ti cuando te mires en el espejo, ni nadie más que tú. Para mí eres perfecta, ¿vale? Eres la chica más guapa del puto mundo y no voy a dejar que esa voz en tu cabeza te diga lo contrario.
Siento que me tiemblan las manos, pero me obligo a sostenerla con fuerza. Estoy asustado. Joder, tengo muchísimo miedo porque sé lo fuerte que es este tema, pero no puedo dejar que ella vea mi pánico. Me necesita entero.
―Hemos tropezado, mi amor, pero solo ha sido eso: un tropiezo ―le prometo, rozando mi frente con la suya, respirando a la par y quitando sus lágrimas lentamente de su rostro―.
Volvemos a estar juntos. Ya no tienes que cargar con esto tú sola en tu habitación.
A partir de hoy, volvemos a luchar los dos.
Yo te sostengo, ¿de acuerdo? Vamos a volver a empezar juntos. Paso a paso, como antes.
―Joe… ―susurra volviendo a enterrar su cara en mi pecho, y yo, instintivamente, le acaricio la cabeza.
―Dime, cariño.
―Te he echado mucho de menos ―admite, agarrándose fuerte a mí―. Y no te debería haber apartado de mi lado cada vez que nos encontrábamos. Es solo que…
―Lo entiendo, Clara. Sé que te hice daño y entiendo por qué no me querías ver.
―Pero quería estar contigo, Joe, te lo prometo.
―Yo también, pero eso no quita que no puedas estar enfadada, tenías toda la razón del mundo para estarlo.
―Quería que estuvieras con alguien mejor que yo ―dice en un susurro casi inapreciable―, que no te diera tanto trabajo ni te amargara la vida con complicaciones como las mías.
Sus palabras me dan un puñetazo directo en el estómago.
Siento cómo se me corta la respiración y una mezcla de rabia y tristeza me inunda el pecho.
No puedo soportar que hable así de sí misma.
Me destroza comprobar que todo este tiempo a solas y la mierda por la que está pasando le han hecho creer que no es suficiente para mí.
―¿De qué coño estás hablando? ―suelto con la voz rota, apretándola más contra mi pecho―. No me amargas la vida, Clara. Mi vida es una mierda si tú no estás en ella, ¿te queda claro? Me importan una mierda las complicaciones. Te quiero a ti. Con todo lo que conlleva.
Vuelve a mirarme a los ojos, como si no se creyera lo que le digo.
Le sujeto la barbilla con suavidad y le dejo un beso largo en la frente, justo donde se dibuja su preocupación, antes de buscar sus labios.
El beso es dulce, casi un susurro, lleno de la ternura y el amor que le tengo.
Siento el roce de su respiración temblorosa calmarse poco a poco, encontrando su ritmo junto a la mía.
Pero el peso de mi pecho no se va; quema.
Me separo un poco de ella, lo justo para no romper el contacto, pero mi mente pasa directamente a los meses que hemos pasado separados. A la rabia que siento conmigo mismo. Las palabras me queman la garganta y acabo hablando sin pensar, solo sintiendo el ardor de mi propia conciencia.
―Fue por mi culpa, ¿verdad? ―le digo en un susurro que me cuesta una barbaridad soltar.
Clara me mira con confusión, con los ojos empañados por el beso y las lágrimas de antes. No entiende a qué viene eso ahora, pero yo no lo puedo dejar pasar.
―Cuando fui a tu casa… ―intento continuar, pero se me rompe la voz por el recuerdo―. La novia de Xander me dijo que no comías. En ese entonces no habías empezado el instituto. Entonces… Fui yo ―concluyo, sintiendo que me falta el aire, rezando internamente por estar equivocado.
Mi novia contiene el aliento.
Sus ojos se inundan de lágrimas que, como antes, se niega a soltar.
―No mientas, Clara, solo quiero saber si fui yo el cabrón que empezó esto.
Con un suspiro tembloroso me mira a los ojos.
―En ese momento estaba mal, Joe ―su voz es apenas un hilo tembloroso―.
Pero solo fue una temporada pequeña, una mala racha, porque a veces sí que comía, te lo juro ―se apresura a explicar―.
Luego entré al instituto y las cosas se complicaron, ya te lo he dicho.
La culpa de eso… La culpa solo es mía, Joe, no tuya.
No, no, no. No puedo permitir que piense que la culpa es suya. No soportaría que pensara que todo ha sido por su culpa, que cargue con una enfermedad ella sola mientras que hace cinco minutos la haya prometido que íbamos a ser un equipo.
―Tampoco es tu culpa, mi amor ―le digo atrapando sus manos entre las mías y apretándolas con fuerza―.
He sido un idiota al preguntar eso, solo quería saber que no te había hecho daño, pero está claro que sí, porque fui un gilipollas al decirte eso viniendo como venías.
La culpa de eso es mía, y no me intentes decir lo contrario porque sé que es mentira.
―Joe…
―No hace falta que digas nada para que me sienta mejor, mi vida. Solo quería, egoístamente, saber que no era como mi hermana o como sus amigas. Quería saber que de alguna forma no te hice tanto daño como ellas.
No llores, no llores, no llores… ― pienso en mis adentros ―, no puede verte llorar .
―Pero sé que lo hice, y solo quiero que sepas que me arrepiento muchísimo, Clara. Te lo digo en serio. Me mata que una parte de mí te haya hecho estar así, mi amor.
Ella se sienta en mi regazo y me envuelve entre sus brazos, estrechándome con fuerza.
Coloco mi cara en el hueco de su cuello y me impregno de su calor y de su olor.
―Te quiero mucho, Joe ―me dice en un susurro al oído.
―¿Aunque te haya hecho todo esto?
―Tú no me lo hiciste ―me intenta tranquilizar, dándome un beso en la mejilla. Aunque no puede esconder sus sollozos―. Mi amor …
―¿Te he hecho daño al decir eso? ―pregunto, agarrándome a ella.
―No te preocupes por eso, mi niño, ya estamos juntos, ¿no? Me has prometido que me vas a ayudar y que todo saldrá bien.
―Sí, Clara, te lo he prometido.
―Entonces ya no me preocupa nada de nada. Solo estamos los dos.
Con un suspiro tembloroso, me separo y la beso.
No es un beso como el de antes, relajado y delicado. Este es desesperado. Al principio rozo sus labios, y luego me fundo completamente en ellos. Cambio mi postura y me arrodillo manteniendo el equilibrio en el colchón para acercarme mejor a ella.
Clara me pasa los brazos por el cuello y me besa de la misma manera que yo la beso a ella. Como si fuera el último beso de nuestras vidas, algo torpe y acelerado.
Con la respiración agitada, me separo poco a poco.
―Yo también te quiero ―admito, rozando sus labios al hablar.
Creo que se ha dormido. No se mueve y está tranquila.
Ahora mismo, Clara está tumbada encima de mí, con su cara enterrada en mi pecho mientras le acaricio la cabeza.
Repaso su figura una y otra vez. Mi camiseta le queda bastante grande, al punto de que parece un vestido cuando la lleva puesta. Y tampoco es que yo sea gigante …
Mueve su cuerpo hacia arriba, para dejar su rostro entre el hueco de mi cuello y suelta un pequeño gemido.
―Me duele la cabeza, Joe ―su dulce voz me saca de mis pensamientos.
―¿Quieres que te dé una pastilla?