Brillando entre las grietas CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Clara

Estoy fatal. Siento el mismo vacío de siempre desde que dejé de ver a Joe, pero esta vez se me está intensificando el dolor. No puedo borrar la imagen de mi mente de cuando los vi en la fiesta. Aún no he terminado de recoger los pedazos de mi corazón, que siguen en el suelo.

Y sé que soy muy quejica y que no dejo de darle vueltas y vueltas hasta la saciedad, pero es que no me lo puedo sacar de la maldita cabeza.

Tengo claro que me cae mal Jessica y la rubia que besó ―o casi besó― a Joe en la fiesta. No sé muy bien por qué, porque ellas no me han hecho nada. Pero me arde el pecho y noto lo que me queda de corazón al borde de un precipicio cada vez que los veo juntos.

Me duele muchísimo, de veras.

Y encima, es todo por mi culpa. Porque soy imbécil y no valoré lo que tenía.

Ni siquiera me debería haber enfadado con él cuando me dejó tirada hace meses. Yo también me habría dejado tirada si fuese él.

Ahora, me remuerde la consciencia numerosas veces al día. Justo como ahora, que estoy saltándome la clase de matemáticas para estar tumbada en varias sillas de las gradas del campo de fútbol gaélico, mientras reflexiono sobre las malas decisiones que he tomado mientras miro las nubes.

Ah, y por si no podía ser peor. Mi madre ha vuelto la semana pasada.

Llevaba cinco años sin verla y todo me iba mal, ahora que ha venido me va peor.

Nos quiere llevar con ella a su casa en otra ciudad. Allí es donde ha estado tanto tiempo metida. En una puta casa viviendo su vida como la mejor. Una vida lejos de problemas que ella, precisamente ella , no merece.

―¿Sigues aquí? ―reprocha Grayson sentándose a mi lado.

―Sabes que no tengo nada mejor que hacer aparte de golpearme con mis propios pensamientos.

―No seas así de dramática ―se ríe dándome un pequeño golpe en el hombro.

Me sujeta por debajo de los brazos para obligarme a mirarle.

―Solo expreso mis sentimientos ―bromeo con tono melancólico, mientras hago el esfuerzo de incorporarme a su lado.

―Me debes un favor ―suelta de repente pasándome el brazo por los hombros.

Suspiro pesadamente y le miro a los ojos.

―¿Qué quieres?

―Que vengas a mi fiesta de Harlowin ―dice sonriente .

―Se dice Halloween , bobo ―le corrijo apoyándome en su costado.

―Como sea, pero vas a venir.

―No lo haré.

―Es tu oportunidad para hablar con Joe ―me tienta, pronunciando ese nombre al que le tengo tanto cariño y a la vez miedo.

Grayson lo sabe todo.

Y cuando digo todo, es todo.

Sabe lo de mi madre, y que ha vuelto. También sabe el problema que tuve con la comida ―aunque no sabe que lo sigo teniendo―, lo que pasó con Joe, lo mucho que me odia Evie y… absolutamente todo lo que pasa en mi vida.

Por lo que, obviamente, también sabe que me muero por volver con Joe.

―Está devastado, no habla con ninguna chica y no ha tenido contacto femenino desde hace un mes ―explica con calma, suavizando el tono―. No llevo la cuenta de la cantidad de veces que me lo has explicado, pero sigo sin entender por qué coño le dejaste.

―Porque soy un desastre, Grayson, lo sabes.

Me da un pequeño empujón con el hombro y me coge la cara con una mano, apretándome las mejillas hasta que se me fruncen los labios mientras mueve mi cabeza de un lado a otro para hacerme negar .

―Pues no, no lo sabía. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza, y mira que se me pasan muchas idioteces .

―No se me puede querer ―intento decir lo más seria posible a pesar de cómo me agarra la cara.

―A ver, Clara, yo te quiero, pero obviamente como amigos ―aclara, soltándome el rostro y agitando las manos dramáticamente―.

Es que no cumples los requisitos: no tienes el pelo un poco más oscuro, no tienes los labios gruesos, no tienes una risa contagiosa, ni los ojos azules...

Vamos, que si no te apellidas Hunt, lo tienes difícil conmigo, ¿eh?

―Vale, vale, lo he pillado ―aclaro antes de que pueda seguir nombrando más de las muchas características de le hermana de Joe―, te gusta Evie.

―¿Cómo lo has sabido? ―pregunta llevándose una mano al pecho, fingiendo su máxima sorpresa al nombrar a Evie.

Respondo rodando los ojos, ese gesto que disfraza mi rendición.

Al fijar de nuevo la vista en él, puedo asegurar que su presencia es como un jarabe mágico inexplicable, tiene el don de encontrar la luz entre mis sombras más difíciles de ahuyentar, recordándome cómo sonreír justo cuando se me había olvidado cómo hacerlo. Al igual que lo hacía Joe…

Joder .

―A lo que iba… Que yo te quiero ―admite con una muestra de sinceridad en los ojos―. Pero Joe te quiere más. Y sé que tú también a él. Sois tal para cual.

―Pero aun así …

―Me da igual lo que digas ―me interrumpe hablando por encima de mi tono de voz, para que le escuche―. Además, ya te he comprado el disfraz, así que tienes que venir sí o sí.

―No quiero ir como una…―aviso dando a entender con mi mirada a lo que me refiero, recordando cómo es Grayson, y las bromas no tan graciosas que hace a veces.

―Tranquila. Joe me mataría si se enterara de que te compro esos disfraces, aunque no le disgustaría verte así… ―dice subiendo y bajando las cejas mientras se ríe.

―¡Cállate! ―grito avergonzada, aunque unos segundos después me acabo contagiado de su risa.

―Bueno, a lo que iba. Te vienes a mi casa después de clase, te llevo yo.

―No he dicho que iría.

―Me da igual ―responde levantándose y bajando las escaleras para volver al entreno―, me lo tomo como un sí. ¡Vas a ser una diablesa preciosa! ―exclama escapándose antes de que le pueda decir algo sobre el disfraz.

―¿Es en serio? ―las palabras escapan de mis labios en un suspiro cargado de asombro, mientras mi mandíbula cede ante la minúscula prenda que agarro entre mis dedos―, ni de coña me voy a poner esto, Gray.

―Estarás preciosa. Además, me he roto la cabeza para encontrar el conjunto de tu talla, no quedaba en ninguna tienda el maldito pantalón negro ―niega repetidas veces con la cabeza, recordando su lucha.

―Esto es enano ―reprocho sosteniendo el minúsculo pantalón que tanto le ha costado encontrar.

―No, que va. Está perfecto para que vayas mona y sexy a la vez.

―Tengo doce años ―le recuerdo cruzándome de brazos.

―Casi trece.

―Pero sigo teniendo doce.

―No me vale eso de la edad. Si tienes doce, tienes doce para todo, ¿no?

―Sí ―confirmo, asintiendo con la cabeza mientras me dejo caer en el colchón de la cama de mi amigo.

―¿Crees que tu hermano te dejará tener novio a esta edad? ―dice divertido, subiendo y bajando las cejas de manera pícara.

―Estamos juntos desde los siete años ―nos defiendo, poniendo una sonrisa victoriosa. Le he ganado esta batalla.

―Pero ahora hay hormonas de por medio ―replica, arrebatándome la victoria.

―Vale… ―cedo rodando los ojos― Tú ganas, me pondré el disfraz.

―Hazme caso, tu disfraz será el mejor, he oído que una de mi clase se disfrazará de policía sexy ―dice embobado en sus propios pensamientos.

―Cuidado, Romeo, que se te cae la baba ―bromeo dándole un golpecito en el hombro .

―A lo que iba ―retoma el tema―, va a haber escasez de ropa, tú serás la que irá más tapada si es eso lo que tanto te preocupa.

Suspiro y cojo la minúscula tela negra que va de pantalón.

―Me voy para que tengas privacidad ―dice saliendo de su habitación―, cuando estés me llamas.

En cuanto me quedo sola, la realidad de mi atuendo cae sobre mí con un peso gigante.

El disfraz es, por decir algo, lo mínimo: unos pantalones negros tan cortos que no sé si se pueden llamar pantalones, y un top carmesí apretado que me asfixia casi tanto como la idea de ir enseñando tanta barriga y que me obliga a tener una lucha constante contra la escurridiza tela que se sube cada dos por tres.

Mis dedos no dejan de tirar de la tela hacia abajo, en un intento inútil de cubrir mi ombligo y recuperar un ápice de comodidad, que el diseño simplemente no contempla. Y para coronar el conjunto, me ha comprado unos cuernos de diabla.

―Madre mía ―murmuro silenciosamente para mis adentros, sintiendo el aire frío contra la piel expuesta―. Si esto es con lo que supuestamente voy a ir cubierta sin falta de tela, no quiero ni imaginar el despliegue de las demás.

Me bajo la tela de la camiseta por última vez y suspiro mientras me miro la figura en el espejo.

―Ya estoy ―aviso subiendo el tono de mi voz .

No me siento cómoda, se me ve demasiado la barriga.

Grayson entra distraído, y cuando me mira, se queda aún más embobado, con los ojos de par en par.

―Joder, que alegría se va a llevar Joe cuando te vea así.

Ruedo los ojos ante su estupidez.

―¿No tienes una chaqueta? ―pregunto con un breve escalofrío, utilizando la corriente que ha entrado al cuarto cuando ha abierto la puerta para entrar como excusa para cubrirme.

―Sip, espera ―dice buscándola en su armario. Cuando al fin da con ella, me la lanza y la atrapo a pocos centímetros de mi cara―, pero luego te la quitas, que con toda la gente que va a haber, tendrás calor.

Asiento como respuesta, pero en el fondo sé que es mentira.

―Vamos abajo, queda poco para que vengan y todavía tengo que hacer las bebidas.

―¿Qué vamos a hacer?, yo quiero zumo de piña.

Grayson se hecha a reír como si hubiera dicho la bobada del siglo.

―¿Qué pasa? ―pregunto confundida.

―Que no va a haber zumo de piña.

―¿Entonces?

―¿Sabes lo que es el alcohol, Hermanita?

No soy tonta. Pero preferiría haberme hecho la ignorante antes de reaccionar con la cara que lo he hecho, gracias a la que Grayson se ha reído aún más de mí .

―Yo no puedo beber eso ―digo rápidamente, en un desesperado intento por evitar que se siga riendo.

―Te daré agua.

―Vale.

―Pero hay que prepararlos, y me tienes que ayudar.

Suspiro, sin muchas ganas de ser cómplice.

―Vamos a la cocina.

Le sigo sin energía, dejando que mis pies me lleven solos a la escena de lo que va a ser un futuro crimen.

―Vale, ayúdame a hacer este ―me dice mostrándome una imagen de una carta de un bar con bastantes opciones de chupitos―, tráeme las fresas, limón, azúcar y hielo.

Le dirijo una mirada de sorpresa. Si solo lleva esos ingredientes lo puedo beber, es solo una limonada de fresa, ¿no?

―Eso sí que lo puedo beber ―digo emocionada.