CAPÍTULO 22 #2
No es la primera vez que voy a dar un beso, pero tengo el estómago del revés, exactamente igual que la primera vez. Me acuerdo de que me sudaban las manos un montón y de que no podía parar de dar toquecitos en el suelo con la punta del zapato mientras me lo pensaba.
En ese entonces, Clara estaba quieta, expectante y preciosa a mi lado, y todo era más fácil. Ahora es distinto.
Distinto porque sé que le he cagado de la peor manera posible.
Distinto porque la última vez que me necesitó me acobardé, y todavía puedo ver las marcas de los golpes en su piel.
Distinto porque me tiemblan los dedos al tocarle la cara.
Tengo un miedo horrible de que al mirarme ya no me vea como a su refugio, sino como a uno más de los que le hacen daño.
Me da pánico que me aparte. Me lo estoy jugando todo con la persona más importante de mi vida. Con ella.
Clara acerca aún más su rostro al mío, haciendo que pueda sentir las cosquillas de su respiración en mis labios.
Con una sonrisa inevitable, acorto la distancia y rozo de forma superficial sus labios. A Clara, también se le escapa una sonrisa.
Menos mal.
Sujeto su cintura con la mano libre y la acerco de nuevo a mí, volviendo a rozar sus labios.
De repente, suena el teléfono que me regalaron mis padres por Navidad el año pasado, rompiendo el silencio y haciendo que Clara se aleje un poco por instinto.
Rápidamente, cuelgo la llamada y me aclaro la garganta.
―Bueno… ―empiezo a decir mirándola a los ojos.
De nuevo, me vuelve a sonar el teléfono. Miro a ver quién es.
El nombre de “Grayson” se ilumina en la pequeña pantallita del dispositivo.
Con un suspiro, descuelgo.
―¿Qué coño quieres? ―intervengo primero, bastante cortante y molesto.
―Relájate, Joe Hunt, que te llamo en son de paz ―bromea desde el otro lado de la línea.
―Estoy ocupado, te llamo luego ―interrumpo rápidamente, mirando a Clara, que está pendiente de lo que decimos.
La dirijo una leve sonrisa y se sonroja tiernamente.
―¡Espera, es urgente!
―¿Qué coño pasa? ―contesto con un tono impaciente, deseando volver a centrar toda mi atención en la preciosa chica que tengo enfrente mío.
―Jessica va a dar una fiesta, me ha dicho que te lo diga para que te pases luego. Bueno, concretamente ha dicho: “Después de que lleves a esa niñita de primero a ver a su mami”. Pero no te preocupes, ya he defendido yo a Clara ―dice orgulloso.
Me quedo literalmente de piedra.
¿En serio Jessica es así?
Desvío mi mirada a la de Clara rápidamente, que se retira como si la hubiese dado una bofetada.
―Madre mía ―dice en un murmuro, empezando a temblar―. Madre mía.
La miro sin idea de lo que hacer y cuelgo el teléfono.
―¿En qué estaba pensado? ―se pregunta dándose golpes en la cabeza y tirándose del pelo que pilla por el camino.
Me apresuro a coger sus manos entre las mías y retirarlas de las zonas peligrosas en estos momentos.
Las lágrimas se asoman por sus cristalinos ojos verdes, pero no las deja escapar.
―¿Qué pasa, Clara?
―Casi te beso ―dice, con la voz temblando por el esfuerzo de no llorar―. Casi hago lo que Jessica dice. Ser la niñita que te da pena. Ella... ella tiene razón, Joe. Tendrías que estar con alguien como ella. Alguien que sea guapa, que no esté rota y que no te traiga problemas cada vez que la miran.
Con un suspiro que me quema el pecho, la atraigo hacia mí y la envuelvo entre mis brazos, dejándome caer poco a poco en el suelo junto a ella. Intento mantener un susurro suave, desesperado por convencerla.
―Me da exactamente igual lo que diga Jessica, Clara. Ella no sabe nada de nosotros ―le ruego, pegando mi frente a la suya―. Me importas tú. Solo tú.
―Déjame ir, Joe ―insiste, y su voz sube de golpe rota por la impotencia―. Jessica es mejor para ti y lo sabes. ¡Ha venido a esta ciudad por ti! Mereces a alguien que no esté rota, no a un estorbo que has tenido que salvar desde los siete años. ¡Ya no quiero que me cuides por obligación!
Su rechazo me golpea directo en el estómago. La impotencia de ver cómo se destruye a sí misma usando los insultos de Jessica me desborda por completo. La sujeto firme por los hombros para que deje de pelear por soltarse.
―¡No es ninguna obligación, joder! ―suelto, y mi propio grito retumba en las paredes del salón―. Te cuido porque quiero.
El silencio que se forma después es asfixiante. Clara se me queda mirando con el pecho agitado, con un miedo genuino en los ojos. Niega con la cabeza despacio, asustada de mis palabras o de la fuerza de mi voz, y rompe el agarre de mis manos con un tirón limpio y frío.
―No. No quiero esto. No quiero que me compadezcas.
―Mi amor…
―Hemos terminado. Y ya está todo hablado.
Se levanta y da pasos ágiles hasta llegar a las escaleras, tratando de huir yendo a su habitación. Cada paso que ha dado antes, es una ventaja para escapar victoriosamente de mí, pero me pongo de pie, decidido a seguirla.
Joder . Solo me podía pasar esto a mí.
―¡Clara! ―exclamo corriendo hacia ella.
Sin contestar, agarra el pomo de la puerta y lo sostiene fuertemente para abrir.
Justo antes de que pueda hacer nada, le alcanzo y no le dejo avanzar.
―No dejes que las gilipolleces de Jessica te hagan esto, Clara ―me apresuro a explicar, desesperado, como si mis palabras pudieran servir de escudo contra su dolor―. No sabía que era así, lo juro, solo es una amiga. Clara, solo te quiero a ti.
Ella empieza a forcejear conmigo, empujando la madera con todo su peso para cerrar la puerta en mi cara.
―Vete, Joe.
―No. No me voy a ir hasta que no entiendas que eres preciosa.
No voy a estar con Jessica ni muerto, solo contigo.
No tienes nada que envidiarle porque tú eres incluso mejor.
Eres a la que quiero desde siempre y para siempre.
Y me niego rotundamente a irme cuando de seguro estás pensando barbaridades sobre ti misma que no son ciertas.
Clara suelta una risa seca, seguramente sin creerse ni una sola palabra de lo que le he dicho y de seguida, vuelve a forcejear conmigo para entrar en su cuarto.
―He dicho antes que no te dejaré tirada de nuevo. Estás mala, mira tu mano, y te duele la cabeza, ¿no? ―intento buscar desesperado una excusa, lo más rápido que puedo, para que no me eche del pasillo―. No me iré de aquí.
Tira del pomo con rabia e impotencia para cerrar.
―Clara…
―No merece la pena seguir aquí, Joe. Soy un desastre, no te convengo. Vete con alguien como ella, guapa, delgada, es de tu edad, no es tan complicada y no es una niñita de primero ―dice llorando, intentando imitar la voz de Jessica en eso último.
―No digas eso ―suplico con un dolor enorme en el pecho.
―No merezco la pena, Joe.
―Clara…
―No estaremos juntos de nuevo por mucho que lo intentes. No me busques, no me hables y no me cuides. Búscate a alguien mejor que yo y procura ser feliz.
Y así, tras soltar esas palabras devastadoras como si no hubiera roto mi corazón en mil pedazos, dio un paso atrás, y el sonido de la puerta cerrándose es lo único que quedó entre nosotros.
―Ábreme ―insisto, dejando caer mi frente contra la madera.