CAPÍTULO 22
Joe
Acabo de desatar el nudo que tenía desde hace días en la mente. Se lo he soltado todo sin filtros ni nada de esas chorradas, y espero de verdad que me pueda perdonar.
Ahora hay un silencio sepulcral, ni siquiera llega el sonido de mi clase, que está fuera. Hay una tensión que se puede cortar perfectamente con un cuchillo, y una distancia que me consume por dentro, diciéndome que la tengo que acortar.
Con el miedo en el pecho de que Clara se vaya, avanzo lentamente unos pasos pequeños, los que desde mi punto de vista son literalmente un precipicio por el que me puedo caer si la asusto y se va.
Clara no reacciona mal, no se retira ni se tensa. Me sostiene la mirada de manera profunda y firme. Y sin quitar sus preciosos ojos de los míos, da otro paso para recortar toda la distancia posible que quedaba entre nosotros.
―¿Puedes darme otra oportunidad? ―prácticamente suplico, con la respiración acelerada al igual que ella.
Desvía la mirada hacia el suelo por primera vez en minutos, e inconscientemente, como si mi mano tuviera vida propia, la guío por su mandíbula para sujetarla el rostro. Así, la obligo a romper su distracción y vuelve a buscar mis ojos, sonrojada de una manera muy tierna.
De repente, el golpe de la puerta abriéndose nos devuelve a los dos a la realidad, y Clara vuelve a poner distancia entre nosotros.
Las risas y los gritos de mis compañeros resuenan por los vestuarios.
―Sácame de aquí ―me susurra Clara horrorizada―. Estoy en un vestuario de chicos.
―Hostia puta. Es verdad.
La tomo de la mano izquierda firmemente y tiro de elle hasta escondernos en el único baño con puerta, que por suerte, está al lado de la salida.
El pecho de Clara sube y baja violentamente, sujetando el aire unos segundos antes de soltarle para no hacer ruido.
―Tranquila ―digo acariciándola los nudillos con el pulgar.
Ella, asiente con la cabeza, pero no se tranquiliza.
―Mírame ―indico utilizando mi otra mano para subirla el mentón―. No va a pasar nada, seguramente hayan entrado porque está lloviendo ―explico con calma―. Vamos a salir de aquí antes de que nos vean.
Me quedo apoyado contra la pared del cubículo mientras espero que no haya nadie que nos pueda ver pasando por aquí.
―Hostia puta. ¿Os habéis fijado en Jessica? ―distingo la voz de Cedric hablando más alto de lo que debería.
―Joder, está buenísima ―contesta Regie riéndose.
Clara suspira con la mirada perdida y observo cómo se muerde el labio con bastante fuerza.
―No te hagas eso ―la regaño quitándola el labio de entre los dientes.
Me mira fijamente, sus ojos muestran una mezcla nueva de tristeza y… ¿Enfado? No lo sabría decir.
―¿Qué te pasa? ―pregunto, sin poder evitar mostrar la preocupación en la voz.
Clara, niega con la cabeza varias veces, cabizbaja.
―¿Dónde dices que se fue? ―pregunta Noah, volviendo al tema de Jessica.
Jessie es una compañera que tuvimos en primero de secundaria, era de las calladas, pero en el equipo siempre le hemos tenido mucho cariño. Y ahora, ha pegado el estirón, y… digamos que se la nota bastante. Por eso todos están babeando.
―Se fue a Greenish, está a 4 horas de aquí ―responde mi mejor amigo.
―Pues dicen que ha vuelto por Joe ―dice Noah, riéndose con los demás.
Cuando escucho los gritos de los chicos, ya en el lado de las duchas, lo tomo como señal y abro la puerta para tirar de Clara.
Salimos pitando del vestuario de chicos y nos vamos por el lado donde no está mirando el entrenador.
La lluvia cae por encima de nosotros, calándonos hasta los huesos.
Corremos hasta el parking, donde tengo aparcado el coche de mi padre.
Se supone que no debería de conducirle, pero aquí estoy, con el coche intacto y yo voy al volante.
Pongo la calefacción para que Clara no se quede fría. Pobrecita, está empapada, temblando e intentando no mostrarse vulnerable, pero no se da cuenta de que parece un cachorro mojado.
―¿Estás bien? ―pregunto, desviando mi mirada de la carretera unos segundos para mirarla.
―Sí, no te preocupes.
Se abraza a sí misma, hundiendo los dedos en sus propios costados, en un intento desesperado por retener el último rastro de calor que aún le queda en el cuerpo.
―Al final me he salido con la mía ―bromeo para intentar dejar de lado la tensión que hay entre nosotros―, he conseguido llevarte conmigo.
Clara ni siquiera aparta la vista de la ventana. Enreda sus manos entre sí, y da pequeños pellizcos.
―¿Qué te pasa, mi amor? ―pregunto devastado, demasiado preocupado como para no insistir.
―No es nada ―contesta en un susurro.
―Clara…
―¿Puedes dejarme en mi casa, por favor? ―dice antes de que pueda replicar.
Bajo la mirada y asiento en silencio. No me quedan fuerzas para discutir con ella, sé que si no quiere hablar, no lo hará.
Manejo hasta su casa con las manos apretadas al volante tan fuerte que se me están quedando las yemas de los dedos blancas. He mirado a Clara más de una vez, a ver si la podía descifrar con sus gestos corporales, pero no he podido.
A ver, necesito pensar con claridad.
Esta tarde no está bien, le duele la cabeza, se ha hecho eso en la mano y la tendrá que escocer… Pero no es eso. Porque antes casi me besa. Bueno, casi la beso yo, pero no se apartó así que es exactamente lo mismo.
Entonces, ¿en qué maldito momento se ha torcido todo?
―Gracias por traerme ―se despide Clara en un susurro antes de desabrocharse el cinturón y abrir la puerta―. Adiós, Joe.
¿Qué cojones?
Miro a mi alrededor y estamos en su casa. He aparcado y no me he dado ni puta cuenta.
Joder .
―¡Espera! ―el pánico me azota el pecho y suelto inevitablemente un grito desesperado, que parece poseído por un miedo que me ha hecho perder por completo el sentido de la realidad.
Clara no para, sigue su camino a casa cabizbaja empapándose por la lluvia y haciendo como que no me escucha.
Me desabrocho el cinturón lo más rápido que puedo con ayuda de mi codo, porque mis estúpidas manos, no saben colaborar en esta precisa situación.
Cuando me libero de el agarre, salgo corriendo hacia ella, que está abriendo la puerta ―ahora más rápido porque ha oído que me acerco―, y le agarro de la muñeca.
―Espera por favor ―pido recuperando el aire, que no sabía que había perdido.
―Déjame irme, Joe, por favor ―suplica, con una voz que apenas era un hilo, está tan frágil y gastada que parece que las palabras le duelen al salir.
―¿Qué te pasa, Clara?, antes estábamos bien ―digo desesperado por saber la maldita respuesta.
Me acerco más a ella, haciendo que el pequeño porche me cubra de la lluvia, que ahora se ha vuelto más fuerte.
―No me pasa nada, Joe ―contesta negando varias veces con la cabeza―, no me puede pasar nada.
―¿No te puede pasar nada? ―repito confundido tras su reacción.
―Exacto, no me puede pasar nada, así que deja que entre en casa.
Aflojo el agarre de su muñeca y la dejo girar la llave. Abre la puerta y pasa al interior, pero pongo un pie en el umbral antes de que la madera choque del todo contra el marco, y abro de nuevo la puerta, pero me quedo fuera de la casa.
―¿Por qué lo haces tan difícil? ―suelto con la voz quebrada, con una urgencia que no puedo sostener más.
Clara da un paso atrás como si la hubiera golpeado y se la aguan los ojos.
―Perdón... ―murmura en un hilo de voz, sin mirarme―. Perdón por traerte mis problemas otra vez. Tienes razón, Joe... Siempre hago que todo sea difícil para ti. Si tanto te canso, vete. Déjame aquí. No merezco que pierdas tu tiempo conmigo.
Joder .
―No quería decir eso, y lo sabes ―replico devastado.
Doy un paso firme hacia delante, y entro a su casa.
Ella se retira, pero yo me acerco y la acorralo contra la pared del salón.
Lo único que nos interrumpe son las gotitas que me caen del pelo, empapado gracias a la lluvia. Me le alboroto con la mano, quitando las gotas, que salen disparadas por la sala.
―Joe… ―dice con un sollozo ahogado.
Está… ¿Está llorando?
Con una mano, la subo el mentón, lo que me confirma que realmente está llorando.
La acojo entre mis brazos, aprovechando para tenerla así unos segundos en beneficio propio. Hacía tanto tiempo que no la abrazaba que parece que, ahora que lo hago, me devuelve a la vida. Siento todas las emociones que no he experimentado desde hace meses y, egoístamente, me siento como nunca.
―No llores, mi vida ―intento consolarla, posando mis labios sobre su cabeza, dejando un delicado beso en su suave y largo pelo.
Parece que eso la hace llorar aún más.
Hostia puta.
―No seré un cobarde otra vez, cariño ―la tranquilizo―, me quedaré contigo para siempre.
―Me… Mentiroso ―balbucea dándome un golpe en el pecho con la mano buena.
Me duele.
Me duele tantísimo que piense que no me arrepiento de lo que la hice. Se me hace un nudo en el estómago que me provoca náuseas solo de pensar que no me podría perdonar nunca, al igual que yo a mí mismo.
La abrazo más fuerte, absorbiendo su aroma al jabón de vainilla que usa siempre.
―Dame una oportunidad, por favor .
Clara se separa y me mira a los ojos.
―No soy buena para ti, Joe. Admítelo.
―Imposible. Eres todo para mí. Si no estás tú, no puedo ni existir ―confieso, con un dolor agudo en el corazón―.
Sé que lo hice mal. Lo sé y me mata. Pero te necesito, Clara, no es al revés.
Yo te necesito a ti más de lo que tú me necesitas a mí.
Y es una puta mierda, porque sé que dependo de ti todo el tiempo.
Eso quiere decir que me ahogo si no estás.
Me mira con los ojos muy abiertos, está sorprendida de que la haya soltado todo eso. Yo también lo estoy .
Un silencio sepulcral se instala en la habitación.
Ninguno de los dos nos atrevemos a decir nada, solo nos miramos de manera profunda. Parece que el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros, mientras buscamos una respuesta que ambos sabemos, pero que ella no se atreve a admitir.
Doy un paso adelante. La tengo tan cerca que me llega el sonido de su respiración. Poso una mano sobre su mandíbula, acercando su rostro al mío de una forma extremadamente lenta, asegurándome de que no se sienta incómoda.