Brillando entre las grietas CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Con las manos temblorosas y el mismo nudo de siempre en el estómago, aprieto el bocadillo de jamón y queso y lo llevo lentamente a mi boca. Dejo de respirar y doy el primer bocado.

Mientras mastico, la saliva se vuelve espesa, asquerosa, y me entran ganas de correr al baño a escupirlo todo. No es que el sabor no me guste, es la sensación que tengo de estar llena, de que no puedo meter nada más en el cuerpo.

Mi estómago está protestando por darle comida tras días de estar acostumbrado al abandono, o de solo comer una manzana cortada en trocitos de vez en cuando. Y me pide que me detenga. Aunque no sé si es mi estómago, o solo soy yo intentando sabotearme de nuevo. Como siempre .

Tras un debate interno conmigo misma, puedo tragar el trozo de una vez por todas, con el escozor en los ojos del llanto que he aguantado.

Mis manos parecen literalmente un flan. Estoy temblando tanto que sin darme cuenta, el bocadillo acaba en el suelo. Cuando voy a cogerlo de nuevo, me resbalo y caigo hacia delante.

Noto como lo que era mi bocadillo, ahora es una pasta de algo que parece asqueroso. Lo he aplastado contra el suelo tanto que se me ha quedado la mano embarrada del queso.

Mirarlo me da ganas de lanzar lo que sea que haya surgido del bocadillo al aire.

Restriego la palma de mi mano contra el hormigón con toda la fuerza que puedo, ignorando el ardor, con la única esperanza de borrar la mancha.

Concentrándome solo en el dolor que siento, no me doy cuenta de que sigo frotando hasta que noto como se intensifica el dolor de golpe.

Levanto la mano y me fijo en el daño que me he causado a mí misma.

Yo me he hecho esto…

Mi palma derecha ha quedado como un mapa de grietas profundas de un color carmesí que delata la fuerza del roce.

―Joder ―maldigo más alto de lo que debería haberlo hecho, dejando caer el peso de mi cabeza hacia atrás, solo viendo el cielo, que ahora está nublado como si fuera a llover.

Suspiro con el corazón latiéndome violentamente conta el pecho.

Me pongo de rodillas y asomo ligeramente la cabeza hasta que puedo ver el campo, en el que se están preparando todos en una línea al extremo del campo, más o menos por la mitad.

Justo en ese momento el entrenador da un pitido con el silbato y salen todos corriendo hacia donde estoy yo, por lo que me escondo rápidamente de nuevo.

Nadie me ha visto, ¿no?

Vuelvo a mirarme la mano, que me arde mucho más que antes. La piel está tan sensible, que me arranca un pequeño grito de dolor con el simple roce de mi falda.

De pronto, una risa bastante alta rompe el silencio en el que estaba sumergida.

Me asomo de nuevo, un poco más alterada que antes, porque esta vez sé de quién es la risa.

Jessica .

Está riéndose de algo con Royce, que corren alrededor del campo más o menos al mismo ritmo.

Por detrás viene Grayson, con la misma sonrisa boba de siempre, pero se le ve concentrado en lo que hace.

Y por último, detrás de todos va Joe con cara de concentración máxima y de mala leche, que con la velocidad que lleva, me parece que les está ganando a todos por unas cuantas vueltas.

Me quedo un rato observando de rodillas mientras mi dolor se cabeza se vuelve más intenso por momentos.

Justo cuando me voy a agachar para volver a mi escondite, Grayson me atrapa con la mirada.

Sus ojos se abren con incredulidad, recorriéndome de arriba abajo como si intentara confirmar que no soy otra persona. Y cuando puede confirmar que estoy aquí, aumenta su velocidad para alcanzar a Joe, que ya le había vuelto a adelantar.

El calor me sube a las mejillas, como siempre que me pongo nerviosa, y me escabullo para volver a agacharme. Dejo el bocadillo aplastado ahí y cojo la mochila para colgarla de mi hombro.

Gateo poco a poco sin utilizar la palma de la mano herida para salir de aquí antes de que me vea.

Freno unos segundos por el dolor de cabeza. Siento cómo mi cabeza late a la vez que mi corazón; una pulsación caliente que empaña mis pensamientos.

Y justo cuando voy a retomar el camino, un golpe seco resuena detrás de mí.

Me giro frunciendo el ceño, confundida. Y ahí está. Joe Hunt en todo su esplendor. Con el uniforme de deporte que remarca sus músculos cada vez que se mueve. Suerte para mí que está jadeando de correr.

―¿Dónde has estado, Clara? ―pregunta, acercándose hasta quedar cara a cara conmigo.

Sin palabras, me encojo de hombros para darle una respuesta.

―¿Qué haces aquí?, deberías de estar en clase ―me regaña cruzándose de brazos.

Asiento con la cabeza como respuesta y me giro para seguir gateando hacia la enfermería.

―¡Espera! ―exclama, agarrándome sin previo aviso de la mano derecha. Noto que el mundo se para con un dolor punzante y no puedo evitar que un sollozo de dolor se escape de mi boca.

Extrañado, Joe me mira con delicadeza la mano, sin apretarla ni rozarla. Cuando me ve la palma, se le abren los ojos de par en par y suelta un grito ahogado.

―¿Quién te ha hecho esto? ―pregunta apretando la mandíbula, volviendo a posar su mirada sobre la mía.

―He sido yo ―admito antes de que pueda hacerle nada a nadie―, ha sido sin querer, no sabía que me estaba haciendo esto.

―¿Cómo no lo ibas a saber?

―No estaba concentrada en eso ―digo poniendo mis labios en una fina línea para evitar soltar un sollozo por el dolor de cabeza.