Brillando entre las grietas CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Clara

Los fríos azulejos del pequeño cubículo en el que estoy metida son lo único que me mantiene despierta mientras abro mi mochila para sacar el táper de la comida.

Estoy otra vez aquí, escondida con el olor a jabón de fresas y el sonido de la cisterna del baño de al lado, intentando que el nudo de mi garganta me deje tragar al menos un bocado de mi almuerzo, porque aunque me cueste un mundo comerlo, sé cuáles son las consecuencias de no hacerlo.

Y no me gustaría volver a pasar por… Eso .

Las palabras de Joe dan vueltas en mi cabeza como un bicho atrapado en mi cabeza; quiero creer que de verdad me quiere a su lado, de veras que sí, porque egoístamente me vendría bien.

Pero la imagen de sus amigos me golpea con bastante fuerza.

Puedo imaginármelos allí fuera, riéndose entre ellos y haciéndose bromas que no dan risa, pero disfrutan diciendo la más mínima bobada.

Y yo no estoy entre ellos. Porque ahí solo soy un incordio, y vuelvo a ser una carga más para Joe. Cosa que no necesita.

Con un suspiro tembloroso, vuelvo a guardar el táper. Me apoyo contra la pared, y dejo que el muro sostenga el peso de mis dudas, haciendo que de pronto me venga a la mente el recuerdo de ayer.

Al tenerlo frente a frente, me sentí enana. Ha crecido tanto este verano, que mi campo de visión se limita literalmente a su mandíbula si no hago el esfuerzo de inclinar el cuello hacia atrás.

Me duele lo mucho que me gusta, y, sobre todo, me duele no saber si ese estirón también lo ha alejado de mí para siempre, o si me lo he cargado yo solita.

Solo de pensarlo, me duele la cabeza otra vez. Ya es la tercera vez que me va a tocar tomarme algo para que se me quite el dolor. Llevo desde ayer por la tarde, y es un horror.

Desde que se fue mi madre de casa hace unos años, el ambiente es relajado y no tan tenso, por lo que mis hermanos se sienten con total libertad de hacer el ruido que quieran a todas horas.

Y tanto ruido con el dolor de cabeza, hace que me sienta peor.

Así que de todo lo malo de comer en el baño, aquí por lo menos no hay ruido y me puedo relajar un poco.

Cierro los ojos y apoyo mi cabeza contra la fría pared, absorbiendo toda la paz que no tengo en casa y desconectando de mi estúpida mente.

De repente y como si de arte de magia se tratara, el silencio que tanto me gusta de mi nuevo refugio, se hace añicos con un estruendo que retumba entre las paredes, con un golpe seco que me hace dar un saltito.

No necesito asomarme para saber quién es. Es exactamente el mismo golpe de ayer, y los pasos son urgentes, justo como los del día anterior.

Me quedo de piedra, con la espalda pegada en la puerta del cubículo mientras noto como los pasos se acercan hacia mí rápidamente, recortando la distancia que queda entre nosotros. Luego, da tres golpes secos en la puerta, que hacen que mi espalda tiemble contra la superficie de madera.

Las manos me tiemblan bastante, pero aun así, abro unos segundos después, intentando verme lo más normal posible.

Joe está allí, en frente de mí, tapando toda la luz que entraba de fuera, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, como si hubiera corrido una maratón antes de venir.

El aroma a su colonia que hace tiempo que no me paraba a oler, viene hacia mí, recordándome lo bien que huele. Y su camiseta se tensa por la parte del pecho cada vez que toma una bocanada de aire, lo que me provoca un nudo en el estómago. ¿Por qué tiene que quedarle tan bien el uniforme?

―Te dije ayer que vinieras conmigo en el almuerzo ―su voz suena más profunda de lo habitual, cargada del reproche que siempre logra que me sienta como si volviéramos a ser niños pequeños.

Yo, aprieto los labios y hundo la barbilla en mi pecho con una mezcla de vergüenza y desconfianza, negándome un poco a darle la satisfacción de responder.

―¿Me dejas llevarte? ―pregunta danto toquecitos impacientes en el marco de la puerta, como si le molestara pedirme permiso, pero a la vez lo considerara necesario.

―Sé que lo vas a hacer igualmente ―respondo con una voz casi inapreciable.

―No haré nada que tú no quieras, Clara. Pero estarás conmigo, no aquí metida sola. Aunque no me quieras hablar, esa no es una opción.

―Ayer te dije que no y me llevaste contigo igualmente ―digo cruzándome de brazos, todavía sin mirarle a los ojos.

―Puede ser… ―admite a regañadientes―. Pero esta vez haré lo que tú me pidas.

No voy a comer hoy, no me apetece. Así que creo que la mejor opción será quedarme sola para que no me riña si no lo hago.

Doy un par de pasos hacia atrás bastante nerviosa, y, sin decir nada, cierro la puerta con cuidado, dejando que la madera nos separe de nuevo como si no hubiera venido.

―Clara… Piénsalo por favor ―me pide suspirando, dejándose caer hasta apoyar su cuerpo con la puerta.

Sigue aquí… No habla. No se mueve. Pero lo noto.

El corazón me pide agritos que abra la puerta ahora mismo y que salga con el chico rubio del que llevo enamorada desde que tengo memoria y que espera que salga con él.

Así que, indecisa, vuelvo a agarrar el pomo de la puerta, y lo giro sigilosamente de manera lenta, esperando que Joe no se haga daño o se golpee cuando abra la puerta.

Me mira con el ceño fruncido y una pizca de esperanza, analizándome cada pequeña expresión en busca de alguna pista.

―Vamos ―señalo con voz temblorosa.

Sus ojos se abren de manera tierna, con un brillo que no veía en él desde hace demasiado tiempo.

Con la velocidad de un rayo, toma mi mano como si tuviera miedo de que fuera a cambiar de opinión justo antes de que me pudiera llevar con él.

Me lleva hasta la cafetería, en la que casi no cabe ni un alfiler, y los chillidos resuenan por la sala.

Dejo llevar mi cuerpo por Joe, que tira de mí haciendo el trabajo por los dos, y justo cuando vamos a llegar a la mesa, se frena de golpe, como si hubiera caído algo enfrente suyo.

Le observo confusa, mientras que a él, parece que se le haya pausado el tiempo, creo que ni siquiera me nota.

Se suelta de mi agarre y camina dando pequeños pasos para él, que a mí se me hacen enormes para alcanzarle.

―¡Joe! ―grita una chica delgada, con el pelo castaño y sin el uniforme.

―Jessica ―responde con los ojos muy abiertos y mostrando una de sus mejores sonrisas. Una que pensé que solo me dedicaba a mí.

Los dos se acercan hasta que no queda distancia entre ellos, y la tal “Jessica” se abalanza sobre Joe, que la agarra como si su vida dependiera de ello.

De repente, siento un peso enorme en el pecho. Por fuera no parece que me pase nada, pero un dolor se me instala en el cuerpo tan rápido como los veo juntos. Me da náuseas.

Ver como rodea su cuerpo con los brazos hace que sienta cómo mi corazón se parte en diminutos trocitos y cae lentamente al suelo.

Nunca lo he visto abrazar a nadie que no fuera yo. Ni siquiera a su madre, y mucho menos a Evie.

Esto es una tontería. Me sigue queriendo ¿No? Porque yo lo quiero a él y no podría sobrevivir si no le tuviera a mi lado.

Solo estoy celosa.

Pero no tengo porqué estarlo, yo misma me niego a hablar con él.

Soy imbécil.

Con el sentimiento de que sobro, voy dando pasitos hacia atrás sin dejar de mirarlos. No sé si estoy esquivando a la gente, o si la gente me esquiva a mí, pero salgo de la cafetería sin chocarme con nadie a pesar de no estar mirando.

Lo que me queda de corazón, late fuertemente conta mi pecho, y me duele tanto que estoy segura de que podría hacerme un agujero.

Hago el amago de girar sobre mis talones para volver a mi pequeño refugio, pero sé que si lo hago, volverá a buscarme, y no me apetece explicarle que me he ido porque verle con otra hace que me sienta reemplazable y que me duele como si me quemaran viva.

Así que, no creo que encuentre otra opción mejor que salir fuera. Además, con el horrible dolor de cabeza que tengo, creo que no volveré a clase después de almorzar.

Pongo un pie en la calle y todo el frío de otoño me golpea de repente.

Camino lentamente, permitiéndome disfrutar el poco viento que viene hacia mí, sin mirar al reluciente sol que lleva todo el día bastante potente a pesar del clima.

La pista está vacía, es un sitio de quietud absoluta que contrasta con el ruido que yo llevo por dentro. Ni un alma, ni un movimiento. Solo el viento recorriendo el campo de punta a punta.

Deambulo por el campo, tirando de mí misma hacia las gradas azules, situadas en el otro extremo de la pista.

Dejo caer el peso de mi cuerpo entre dos asientos y cierro los ojos. No para dormirme, sino para pensar.

La chica con la que estaba Joe es muy guapa. Es alta y delgada, tiene la nariz y la boca bonita, los ojos son verdes oscuros, pero destacan bastante. Lleva el pelo largo, por más de la mitad de la espalda y las ligeras ondas se mueven cada vez que anda.

Normal que Joe la quiera.

Y luego me veo a mí.

Con el pelo por la mitad de la espalda, rubia, ojos verdes que parecen marrones, a Joe no le llego ni al hombro, no estoy lo suficientemente delgada, siempre soy una carga y no se hacer nada sola. Por no hablar de todos los problemas que doy.

Somos polos opuestos.

De pronto, el sonido de unas risas interrumpe mis pensamientos, sacándome de mi propia trampa llamada “mente”.

Me incorporo de mala gana, y veo al entrenador y a una clase viniendo hacia el campo, más cerca de mí de lo que creía.

Entre la gente de esa aula, está Jessica, riéndose de algo que ha dicho alguien en el grupo de Joe. Que obviamente, también está ahí, al lado de Grayson.

Antes de que nadie me vea, bajo corriendo por las escaleras de las gradas y me escondo tras las vallas de alrededor del campo, las que delimitan la pista antes de que se junte con los asientos.

Me siento en el suelo recuperando el aire y me hago una bolita para que no se me note. Por suerte, estas vallas tienen carteles bastante grandes, así que no se me debería de ver.

Saco mi almuerzo de la mochila silenciosamente. No tenía pensado comer nada ahora, pero el dolor de cabeza es cada vez más fuerte, y si me quiero tomar la medicina, necesito tener el estómago lleno.