CAPÍTULO 20
Joe
Joder.
Joder, joder, joder.
Mi cabeza no puede pensar en otra cosa que no sea ella.
Es extraño porque no me concentro en absolutamente nada.
Solo repaso su figura en mi mente una y otra vez, desde cuando éramos pequeños hasta ahora.
Pero llega un momento que en vez de imaginármela a ella sonriendo, la imagino llorando. Obviamente por mi culpa.
Hacía una eternidad que no la veía, y no exagero. Su pelo rubio deslumbra a cualquiera que pase por su lado, ahora incluso más, ya que le ha crecido hasta la mitad de la espalda. Y si la vieran sonreír... Uff.
Pero lleva el cansancio de los últimos meses grabado en las comisuras de los labios y en una mirada que parece haber perdido su brillo habitual. Hay algo en la rigidez de sus hombros y en la sombra bajo sus ojos que delata el peso de todo lo que ha tenido que soportar gracias a mí.
Ya no parece la misma persona que conocí, pero es normal. Ha pasado por demasiadas cosas en tan poco tiempo.
Creo que la saco solo una cabeza, ¿no? Mide bastante, cosa que estaría bien de no ser por su peso.
No es sano. Después de lo que la pasa con la comida, la veo siempre muy delgada, demasiado para su altura, tiene las piernas que parecen huesos.
Bueno. Tal vez he exagerado un poco, pero las tiene demasiado delgadas y el abdomen también es preocupante.
No está fea, eso es imposible… pero… no es ella. No es la niña inocente y pequeña que conocí en mi casa, ahora es una chica de doce años que no sonríe y que no tiene a nadie a su lado.
Y la quiero tanto…
Pero ella a mí me odia.
Y yo también me odio por eso, soy un completo imbécil.
La veo todos los días caminando sola por los pasillos. Va cabizbaja intentando no llamar la atención, pero todos los tíos del instituto están babeando por ella.
Solo que eso Clara no lo sabe.
Y aunque lo supiera no se lo creería, porque ella es así.
Es absolutamente maravillosa, como el primer rayo de sol tras una tormenta; ese que te obliga a cerrar los ojos unos segundos para que la luz no te deslumbre.
Pero eso tampoco lo sabe, porque no se ve con los mismos ojos con los que los demás la observan.
Ella se mira al espejo y solo ve defectos que no tiene, pero se hace creer que sí porque se ha creído las mentiras que la metieron en la cabeza, transformando cosas bellas en inseguridades.
Y no se da cuenta de que, mientras ella busca qué arreglarse, yo solo busco una excusa para seguir mirándola .
―Capi ―me llama la atención Grayson, sacándome de mis pensamientos―, te he preguntado que si me das tu postre.
―Eh, sí, sí cógelo.
―La hostia Joe, estás peor que antes.
Lo sé .
―Deja de tocar las pelotas, ya Grayson ―acabo respondiendo.
―Joder, relaja fiera…
Se calla un momento.
Raro, Grayson nunca se calla. Su silencio acaba siempre en catástrofes, y no me molaría tener otra.
―¿Has venido ya desfogado de casa o vas con el tanque lleno?
Lo sabía.
Este tío es imbécil.
―¿En serio me has preguntado eso?
―Tío, te conozco desde que éramos niños, tu madre me tiene más cariño que a ti, y te he visto embutido en un vestido de tu hermana, ¿no crees que ya estamos en un punto dónde no importa nada de lo que pase entre nosotros?
Joder, esto es increíble...
―No hay un nosotros, Tío.
―Claro que sí, eres mi mejor amigo.
―Pero hay bobadas que no se preguntan.
―Sí que se preguntan, si quieres yo te digo cua …
―¡No! ―niego rápidamente antes de poder escuchar otra estupidez salir de su boca.
―No es tanto, es depende del día.
―Joder Grayson, te he dicho que no quiero saber eso, cacho melón.
―Lo que tú digas, Capi… Pero entonces, ¿eso es un sí o un no?
No puedo estar aquí, no con este tipo de conversaciones, no con Clara sola y seguramente comiendo en el baño, si es que ahora está comiendo algo.
Voy a buscarla. Necesito ir a buscarla.
Me levanto de la mesa y salgo del comedor con una mezcla entre furia y preocupación que ni yo mismo sabría explicar.
Voy hacia el baño de chicas y entro asegurándome de que no haya nadie más.
Oigo a alguien dentro, que no parece hacer nada aparte de suspirar. Solo se le ven los pies, que justamente, me resultan bastante familiares. Los zapatos de Clara.
Bingo .
Toco a la puerta con tres golpes fuertes y con el corazón martilleándome contra el pecho.
Clara sale cabizbaja y su cuerpo choca contra el mío.
Mira hacia arriba y se pone la mano en el pecho, que sube y baja rápidamente.
―¿Te he asustado? ―pregunto, esperando que hoy me hable .
Niega con la cabeza como respuesta.
Joder .
―¿Por qué no me hablas?
Intenta escabullirse por un lado de la puerta, y casi lo consigue de no ser porque pongo un brazo alrededor de su pequeña cintura.
―Déjame, por favor ―suelta la primera frase que oigo suya desde hace dos días.
―¿Podemos hablar?
Me agarra el brazo con el pulso acelerado y le quita del medio.
―¿Me das solo una oportunidad para demostrarte de lo arrepentido que estoy?
Niega con la cabeza como respuesta, dejándome claro que no quiere saber nada de mí.
―Si no quieres hablarme, no me hables, pero por favor, quédate conmigo ―suplico agarrándola de las manos.
Al fin, me mira a los ojos, los tiene cristalinos, a punto de que se salga alguna lágrima. Como siempre que me ve.
―Vente conmigo, por favor. No estoy bien sin ti, amor, necesito tenerte cerca―confieso derrotado.
No dice nada.
Creo que me he pasado de intenso…
―¿Me dejas llevarte conmigo? ―le pregunto con un suspiro, esperando con ansias que me deje.
Sin soltar ni una sola palabra, niega desconfiada .
No me importa lo que dice, le agarro de la mano y la llevo conmigo de vuelta al comedor.
Intenta escabullirse como antes, pero no la suelto y sigo caminando.
―¿Vas bien a mi ritmo? ―le pregunto, por si voy demasiado rápido.
―Me haces daño en la muñeca ―susurra, casi sin que la pueda oír de lo bajo que habla.
Mierda .
―Lo siento ―me disculpo rápidamente y aflojo el agarre, pero sigo hasta llegar a la mesa.
Grayson se queda impresionado al verme llegar con ella.
―Ya vemos a dónde ibas ―se ríe Regie, alzando las cejas―, ¿dos minutos en el paraíso?
―Cierra la puta boca, Regie ―digo al ver como Clara se encoge en el sitio, como si se quisiera hacer una bolita y desaparecer.
―¿Dónde te quieres sentar? ―le pregunto ofreciéndola mi sitio y la ventana.
No responde.
Le hago una seña a Grayson para que venga y me ayude.
―Oye, hermanita, ¿quieres que te suba a la ventana como el otro día?
Tampoco le responde a él. Joder .
Mientras trato de comunicarme con Grayson mediante miradas, Clara se intenta escapar.
Le agarro de la muñeca y la doy la vuelta hacia mí .
―Clara, por favor quédate, mi amor ―susurro juntando sus manos.
Se muerde el labio tan fuerte que se podría hacer perfectamente sangre.
Le suelto la mano para sacarla el labio de entre sus dientes, pero noto que se pone nerviosa y se encoje, cerrando fuerte los ojos.
¿Pensaba que la iba a pegar?
¿En serio?
Oh, Dios mío. Me va a dar algo.
¿Qué la ha pasado a esta criatura en estos dos últimos meses?
La suelto el labio, conteniendo mis ganas de cargarme todo lo que encuentre a mi paso.
―Grayson ―le llama en voz baja.
Sorprendido, le digo a mi amigo que se acerque.
Los veo conversar en voz baja alejados de mí para que no los oiga.
Grayson la empuja poco a poco hasta la ventana, y ella, va dando pasitos como un cachorro asustado.
―¿Te puedo ayudar? ―pido permiso para ayudarla a subir.
Sin mirarme a la cara, niega.
Se gira y dirige su mirada hacia Grayson.
Este, entiende su señal y la aúpa hasta quedar sentada en la ventana.
Me pongo de puntillas hasta quedar cara a cara con ella .
―Ya no tienes que comer sola, ¿vale?, vienes aquí. Si no estoy yo, le pides a Grayson que te suba aquí, o coges una silla.
Asiente, aún sin mirarme.
Voy de camino a sentarme en mi silla, pero está demasiado lejos.
Demasiado lejos de ella .
―Cedric, ¿me cambias la silla? ―se lo pido a el que está más cerca de la ventana.
―Claro, Capi.
Ya estoy más contento. Es un avance.
Coloco la silla debajo de sus piernas, me siento quedando a su lado pero sin tocarla y me echo un poco para atrás, buscando sus ojos de reojo.
―Demasiado lejos, Clara ―le susurro.
Me quedo quieto como una piedra, con el corazón golpeándome las costillas con violencia mientras espero que me mire y que diga su frase. Un segundo. Dos segundos. Mierda .
Clara ni siquiera se ha movido. Está tensa, mirando por la ventana haciendo como que no me ha escuchado, pero sé que lo ha hecho porque no para de arañarse la mano, e inconscientemente se la lleva a la boca.
―¿Clara? ―vuelvo a probar, esta vez en un hilo de voz―. No te muerdas, cariño. Te harás daño .
―Me da igual ―contesta sin mirarme, apretando más la palma de su mano contra los dientes. Hasta el punto en que se le escapa un gemido de dolor de entre los labios.
―A mi no me da igual, mi amor. No quiero que te hagas más daño ―digo con un tono suave y meloso, tratando de que me haga caso.
Mi voz suena floja, casi suplicante, buscando que me mire de una vez. Al ver que pasa de mí, me la juego y le rozo la pierna, deslizando las yemas de los dedos muy despacio por su vaquero.
Clara se encoge al notar el contacto. Retira las piernas de golpe y las sube por completo al hueco de la ventana, abrazándose las rodillas para no volver a tocarme.
Genial. Lo que me faltaba .