Brillando entre las grietas CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

―Clara, Joe ha estado fatal sin ti, de veras creo que tenéis que hablar.

―Grayson haz el favor de bajarme, que me da miedo hacerlo sola.

―Clara… ―insiste, dando pequeños pasos hacia atrás, con la intención de volver a su sitio.

―Royce, bájame de aquí por favor ―le pido al pelinegro, que pasea la mirada entre Joe y yo, vigilando cada movimiento que hace, bastante tenso.

―Yo… Yo no… ―balbucea Royce sin saber lo que hacer. O mejor dicho, de qué parte ponerse.

Aprieto los ojos con fuerza y dejo colgar mi cuerpo de la pared hasta que mis pies logran tocar el suelo con las puntas. Cuando estoy abajo, cojo mi comida y suspiro para intentar tranquilizarme, luego, paso sigilosamente entre los chicos y esquivo la mesa.

―No te vayas ―dice Grayson más alto de la cuenta.

El cuerpo se me paraliza completamente con el corazón desbocado. Joe se gira frunciendo el ceño y se encuentra conmigo, temblando de arriba abajo y a punto de desmayarme.

Aterrorizada, desvío mi mirada hacia la de Grayson, que me clava los ojos, pidiendo perdón con los suyos y con los labios en una fina línea.

―Clara, espera, por favor ―exclama Joe, levantándose de golpe de una forma torpe y subiendo las cejas por la sorpresa.

Con el cuerpo temblando a más no poder, camino lo más rápido que alcanzo sin llegar a correr por toda la cafetería, evitando llamar la atención mientras esquivo a todas las personas que se me cruzan por el camino.

Joe en cambio, me sigue corriendo, sin importarle la gente de su alrededor.

Cuando veo que me va a alcanzar, dejo mi vergüenza de lado y corro hasta salir de la cafetería.

Cuando estoy a tan solo unos pasos del baño, me agarra del brazo y me frena de un tirón.

―Clara ―me llama jadeando, resultado de correr detrás de mí.

Desvío mi mirada al suelo, evitando por completo la suya. No puedo mirarle a los ojos sin llorar .

―Mírame, por favor ―me suplica dolido.

Niego con la cabeza y tiro de su mano para que me suelte.

―Clara…

Me pone las manos en la cara, y con el pulgar, me acaricia la mejilla con el tacto de una pluma. De una forma lenta, delicada y calmada que me desespera aún más. Como si estuviera memorizándome y trazando mi rostro en su mente.

Con una presión asfixiante en el pecho gracias a su tacto, giro el cuello hacia el otro lado, apretando la mandíbula de forma dolorosa y negándole mi mirada. Pero Joe, no aparta su mano.

―Mi amor ―murmura acercándose levemente a mí, de forma en que tengo que inclinar el cuello hacia atrás para mirarle a los ojos.

Se me resbala una lágrima al escucharle llamarme así; Joe, la retira con su dedo.

―No llores, todo está bien, ¿vale?

Niego con la cabeza varias veces.

No está bien. No está nada bien.

Verlo es como caminar descalza sobre los pedazos de la confianza que él mismo ha roto. Cada palabra suya me hace un corte nuevo, y me duele mucho.

Y es curioso, porque quiero que me abrace para que todo mi dolor se vaya, pero, a la vez, recuerdo que el dolor viene precisamente de él, y recordarlo es lo que me hace dar otro paso atrás y alejarme nuevamente de él.

―Déjame darte una explicación …

―No hace falta, ya te lo dije.

―Sí que hace falta, Clara.

Tras un suspiro tembloroso que me revuelve el estómago, intento hablar.

―Soy un caso perdido ―admito con la mirada borrosa y con más lágrimas amenazándome directamente con salir―.

Y no lo digo para echarte en cara que me lo dijeras.

Ya lo he pensado más de una vez, y lo digo porque de verdad lo creo.

Lo inútil que me siento y lo mal que estoy me lo confirma todo el rato.

Y sé que te vendrá mejor no seguir ocupándote de mí ― por mucho que me duela que me dejes.

―No, Clara, no vayas por ahí ―dice negando varias veces con la cabeza, limpiándose alguna que otra lágrima que cae inconscientemente por su cara.

―Estaba fatal, ¿sabes? Tenía moratones por todo la barriga. Arañazos por la cara, el brazo, y el cuello… Me arrancaron un mechón de pelo y me tiraron un puñado de arena a los ojos. Y sí. Me dolió mucho que me dijeras eso, me sigue doliendo, pero…

―Soy un completo imbécil, pero, te lo pido por favor, Clara… ―me interrumpe, acercándome más a él, casi al punto de poder oír su acelerada respiración.

―Déjame hablar Joe, por favor ―pido lo más controlada posible.

―Lo siento.

Tomo una bocanada de aire que no sabía que necesitaba, y al fin, levanto la mirada hacia él .

―Tenía toda mi esperanza puesta en ti. Esperé que Evie entrara en razón y viniera detrás de mí, pero obviamente no lo hizo. Luego, llegué a tu casa y… Y… ―las palabras quedan atascadas en mi boca antes de que pueda llegar a pronunciarlas en alto.

Tengo un nudo en la garganta que me hace totalmente imposible continuar, y no me doy cuenta de que estoy llorando a mares hasta que veo a Joe mirándome con los ojos cristalinos, a punto de ponerse a llorar como yo.

―Sé que un perdón no basta, pero de veras que lo siento muchísimo y te quiero más que a nada en el puto mundo.

Me doy la vuelta y me dirijo al baño sin nada más que decir.

―Clara, ¿podemos quedar después de clase? En mi casa, como antes.

Niego con la cabeza, sin girarme.

― Por favor ―me pide con voz entrecortada por un sollozo ahogado al no dejar que las lágrimas salgan―. Te lo ruego, Clara.

―Me lo pensaré ―miento, intentando fingir una sonrisa.

―Te estaré esperando fuera de clase antes de irnos a casa.

―No te he dicho que sí.

―Clara…

―Joe, déjame, ¿vale?, si me ignoras creo que todo irá mejor .

―No puedo hacer eso ―interviene subiendo el tono con desesperación―, llevo desde los putos nueve años enamorado de ti.

Y yo también de ti, pero me da miedo que me vuelvas a fallar. Y sobre todo que me vuelva a doler tanto.

―Será mejor que me vaya ―digo justo cuando suena la campana por todo el edificio, señalando el fin de la hora de comida.

Tiro el almuerzo a la basura, con la mirada de Joe aún puesta sobre mí mientras me separo cada vez más.

―Joder ―grita desesperado, lanzando las gafas contra la pared y pasándose las manos por la cara.

Su forma de reaccionar hace que me encoja en el sitio, un poco aterrada y con una tristeza que me perfora el pecho por verle así.

Al ver que no se mueve, doy unos pasos hasta la pared contra la que ha tirado sus gafas y las recojo, observándolas de cerca para ver si se han roto.

Las limpio temblorosa con la camiseta y me acerco hacia el que antes solía ser mi novio.

―Clara, yo…

Sin dejarle tiempo para explicaciones, extiendo la mano para darle las gafas. Al cogerlas, roza levemente mi mano y la agarra.

―Joe, sabes que es lo mejor para ti ―murmuro con una debilidad y suavidad en la voz que nunca creo haber escuchado viniendo de mí .

―No sabes qué es lo mejor para mí.

―Créeme, Joe, sí que lo sé.

―No, no tienes ni puta idea ―dice mirándome a los ojos, bastante enfadado.

―Sé que no soy buena para ti, que te complico la vida y que todo sería mejor para ti si yo no estuviera cerca.

―¿Crees que es lo mejor para mí? ¿De veras crees que pasarme todos los putos días pensando en lo gilipollas que fui es lo mejor para mí?

¿Crees que estar cada segundo con un dolor abrasador en el pecho por pensar en ti es lo mejor?

, ¿en saber que nunca he querido a nadie más de esta forma en toda mi puta vida y que ahora esa persona no me quiere ni mirar a los ojos por lo cabrón y estúpido que fui?

¿Eso para ti es lo mejor que me puede pasar?

―pregunta con mi cara entre las manos, haciendo cada vez más dolorosa la sensación de mirarle―.

Creo que no puedes hacer una elección tú sola que involucre la opinión de dos personas, porque una nunca va a estar de acuerdo.

Por mucho que me apartes siempre voy a estar enamorado de ti, y verte o pensarte me va a doler mucho más cuando sé que no estás a mi lado, o cuando tú misma has dicho que ya no estamos juntos.

Sin poder decir ni una sola palabra, me le quedo mirando fijamente, analizando su expresión mientras lucho contra mi corazón, que me dicta todo lo que no debería hacer.

―Te quiero, Clara ―dice justo antes de posar sus labios sobre mi frente. Me vuelve a mirar a los ojos y niega repetidas veces con la cabeza .

―Sabes que no deberías, Joe ―susurro, apoyando inevitablemente mi cabeza contra su pecho. Permitiéndome solo unos segundos de paz.

―Pero lo hago. Por mucho que te alejes y que intentes dejarme, siempre lo haré.

Observo cuidadosamente su cara, guardándome cada pequeño detalle en la mente; como el destello de preocupación que pone siempre que me mira, el brillo de sus ojos al hablarme, el precioso pelo que se ha despeinado hace un momento, lo bien que le quedaban esas gafas nuevas de pasta dura, lo marcada que tiene la mandíbula y lo mucho que se le tensa cuando discute, lo alto que es ahora, pero sobre todo, lo bien que se comporta aún sabiendo que tiene razón, y lo delicado que es cuando estoy cerca.

Es como si con los demás tuviera miedo de mostrarse justo y tal como es, pero conmigo no.

Y lo acabo de arruinar todo. Pero me tengo que ir si no quiero hacerle más daño.

―Lo siento ―es lo único que digo antes de separarme y caminar a clase con una presión dolorosa en el pecho.