Brillando entre las grietas CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Sin fuerzas para discutir, vuelvo a negar con la cabeza mientras doy un paso hacia atrás y sigo andando como un zombi por el pasillo hasta empezar a subir las escaleras hacia la habitación de Joe.

Cuando creo que Keeva me ha dejado de mirar, vuelvo a llorar sin poder contenerme. Llamo a la puerta, y sin esperar una respuesta, entro.

Joe y Grayson están en el suelo, jugando a algún videojuego.

―Mamá, cuantas veces te he dicho que… ―reprocha Joe, poniendo en pausa la partida.

Grayson, que me observa horrorizado, le da un empujón en el hombro para que me mire.

Sus miradas se posan fijamente en mí mientras lloro.

―¿Qué te ha pasado? ―preguntan a la vez, boquiabiertos .

Las lágrimas me ahogan, impidiéndome tomar el aire necesario para formular una sola frase.

Intento contestar, de verdad que lo intento, pero el dolor físico se mezcla con la impotencia y me bloquea.

En mitad de mi colapso, una lista de urgencias parpadea en mi mente. Necesito arrancarme esta maldita arena de los ojos, quitarme la ropa sucia y limpiarme la sangre antes de que todo empeore.

―Me… Me han pe… gado ―consigo tartamudear.

En cuanto esas palabras escapan de mi boca, la tensión acumulada entre nosotros desaparece. Joe se levanta de la cama de un salto y cruza la distancia que nos separa en un segundo. Me toma del brazo con firmeza, guiándome con urgencia hacia el baño a paso rápido.

―Lávate los ojos ―me ordena con una voz firme pero cargada de preocupación, mientras abre la llave del grifo al tope.

Le obedezco sin rechistar. Me inclino sobre la pila del lavabo y me llevo el agua fresca a la cara a puñados, frotándome con desesperación para intentar arrastrar los malditos granos de arena fuera de mis ojos.

Me toma casi dos minutos soportando el escozor, pero finalmente logro abrir los párpados sin sentir esa tortura de antes.

Al incorporarme, me atrevo a mirar mi reflejo en el espejo, y lo que veo me da un poco de miedo .

La irritación en mi cara es tan severa que los ojos me lloran de forma automática, nublándome la vista a pesar de no tener arena.

Tengo un arañazo cruzado en la mejilla que ni siquiera recuerdo haber recibido, el cabello hecho un desastre indomable y los ojos completamente hinchados e inyectados en sangre.

Y por si fuera poco, la rodilla sigue goteando una línea roja y el brazo me palpita con un dolor sordo y constante, seguramente de la caída.

Con los dedos torpes y temblorosos, me recojo el dobladillo de la camiseta hacia arriba para comprobar el dolor de mi abdomen.

Sí, las marcas están ahí.

Los costados de mi cintura están teñidos de una gama de tonos rojos, morados y verdosos que asustan.

Ver los moratones hace que mi cuerpo se sienta todavía más pesado y dolorido que antes.

Intento girarme un poco para mirarme de perfil, confirmando que la espalda ha tenido exactamente la misma suerte.

Grayson se me queda mirando en absoluto silencio, con la mandíbula apretada. Da un paso hacia mí, rompiendo la distancia, y estira la mano con cuidado para levantarme la camiseta un poco más, queriendo examinar la gravedad del desastre.

Abre la boca, sorprendido al ver mis heridas. Estoy hecha un asco .

Me bajo la camiseta para no coger frío. O al menos, me pongo eso de excusa, pero sé perfectamente que es para que no se me vea la barrigona.

Joe me mira con el rostro desencajado entre la rabia y la lástim a mientras me ve alejarme de Grayson.

―Te he advertido, joder, tenías que haberme hecho caso, idiota.

Con una punzada de dolor en el pecho, le miro con confusión. Es mentira, ¿no? No me acaba de llamar eso. Soy su mejor amiga. Soy su novia .

―Te voy a ayudar. Pero no debería. Te lo había advertido ―dice dando zancadas largas por todo el cuarto de baño, caminando nervioso de un lado al otro―. Te lo dije, joder, te lo dije.

De repente, se para enfrente de mí y se acerca hasta que solo quedan unos pocos de centímetros entre nosotros.

―Te dije que no fueras porque sabía que podría pasar algo así.

Pero no ―acompaña su tono de voz, ahora irónico, con un gesto de manos―.

¿Quién va a hacer caso a un chico que conoce mejor que nadie a esas estúpidas víboras?

Nadie, ¿verdad?, y mucho menos la señorita Clara, que siempre tiene la razón, ¿no es así?

Eso no es lo que quería escuchar ni de lejos .

Las lágrimas me vuelven a inundar los ojos de golpe y comienzan a resbalar por mis mejillas mucho más rápido de lo que esperaba. No me quiere ayudar; yo solo necesitaba que me abrazara, que me cuidara. Y ahora me está dando la espalda.

No me quiere ayudar ―vuelvo a repetirme esa frase en la cabeza por milésima vez, ya que me resulta imposible de creer.

―Te lo dije ―repite de mala manera y cruzado de brazos, observando mis lesiones―. No puedo hacer nada por ti, tienes que ir al médico.

―Oye, tío… ―interviene Grayson, frenándolo al ver cómo me encojo por sus comentarios.

―No, no, no. Es un caso perdido ―dice Joe cabreado viniendo hacia mí―.

No me hizo caso y mira cómo ha acabado ―muestra sujetándome la camiseta para levantármela y que se me vean por completo los golpes―.

¿Qué quieres que haga contigo? Porque no sé qué quieres de mí.

Estando como estás deberías de irte al médico, o haberme hecho caso, así hubieras evitado todo.

Dolor . Es lo único que me queda por dentro. Pero ya no es un dolor físico. Es una presión horrible en el corazón y en los pulmones que me aprieta el pecho y no me deja tomar aire.

―¿Por qué necesitas tanto que te quieran los demás? ¿Cuándo vas a entender que no les importas? Te lo advertí y fuiste igual. Estás buscando que te digan que vales algo las únicas personas en el mundo que disfrutan viéndote en el suel o . Y esto ya me está cansando .

El pánico me asfixia tanto que siento que me voy a desmayar en cualquier momento. No puedo seguir en este baño. No puedo estar cerca de él.

Me voy. Me quiero ir de aquí ahora mismo.

Solo siento la necesidad de irme a mi casa, a mi habitación, lejos de todo el mundo.

Así que, salgo del baño y avanzo por su habitación hasta poder salir, andando como puedo y arrastrando los pies, llorando todavía más que antes.

―¡Espera, Clara! ―grita Joe desde su habitación.

Viene hacia mí y me frena sujetándome por el brazo donde tengo uno de los moratones más dolorosos.

Me suelto de su agarre, con un gemido de dolor que se me escapa de entre los labios.

Joe me clava una mirada rota, sus ojos piden perdón en silencio, pero están tan llenos de pánico que ni siquiera es capaz de sostener de forma fija la vista.

Me sube la manga delicadamente para inspeccionarme el brazo.