Brillando entre las grietas CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Se le escapa un jadeo ahogado de entre los labios al ver el desastre de moratón que tengo en esa zona.

Me vuelvo a zafar de su agarre, y bajo las escaleras tan rápido como mi cuerpo me lo permite para ir a la cocina, que es donde está Keeva.

―Señora Hunt, me deja dos euros para coger el autobús e irme a casa, por favor―sollozo sin poder más con mi cuerpo .

―¡No, mamá! ―grita Joe a mis espaldas, con la voz rota por la desesperación―. Clara, por favor, no te puedes ir. Lo siento muchísimo, ¿vale? De verdad que lo siento.

―Joe, si se quiere ir a su casa, no la puedes obligar a quedarse ―lo regaña su madre en un tono firme pero cargada de una profunda preocupación cada vez que me mira. Se acerca a mí despacio y me pone una mano en el hombro―. No te preocupes, cariño, te llevo yo en el coche.

Keeva clava la vista en mí, deteniéndose en cada uno de mis rasguños, en mi labio partido y en la sangre de la rodilla. Su rostro se descompone por completo.

―¿De veras no quieres que te acerque al hospital? Estás fatal, Clara... Dios mío, ¿cómo te has hecho todo esto?

―No, no, no, no, gracias ―niego rápidamente con la cabeza―, es... estoy bien.

Joe me pone las manos en la cintura para darme la vuelta y me hace mirarle a la cara.

―Sube conmigo, Clara ―suplica cogiéndome de las manos.

―Tenías razón ―admito sollozando―. Eso es lo que querías oír, ¿no? Soy un caso perdido ―mi voz se rompe en mitad de la frase, pero la recupero cuando le miro a los ojos―. Es todo mi culpa y tú me habías advertido, ¿contento?

Sin despedirme, salgo de la casa para esperar fuera a Keeva con el coche. Alejándome lo más posible del dolor que siento al verle .

―¡Clara! ―grita Joe, ahora llorando, como yo.

Me escondo detrás del árbol más grande que encuentro para que no me vea.

Ha dejado bien claro que no quería ayudarme, y yo solo quería eso. Que mi novio me ayudara y que me apoyara.

¿ Por qué siempre se aleja de mí la gente que amo ?

¿De veras soy un caso perdido? ―me pregunto, dándole vueltas a la cabeza, mientras solo se me ocurre la única respuesta correcta― .Sí, idiota, claro que lo eres.

Joe me busca desesperado, y justo cuando conecta sus ojos con los míos y viene hacia mí, sale Keeva con el coche.

Camino rápido, casi corriendo, con mucho dolor para llegar lo antes posible.

―Lo siento, Clara ―grita viniendo corriendo hacia mí―, no tendría que haberte dicho eso. Te quiero y soy un imbécil. Y… y todo lo he dicho porque… porque estaba enfadado y me duele muchísimo verte así.

Antes de que pueda seguir hablando, me meto en el coche.

Me ha destrozado. Lo que ha dicho me ha destrozado.

Lo único que quiero es que me quieran, pero nadie lo hace. Y el que pensé que lo haría, cree que soy un caso perdido.

Él tenía razón, y lo reconozco. No tendría que haber ido.

―¿Qué te ha pasado, cariño? ―me pregunta Keeva, manteniendo las manos firmes en el volante mientras conduce rápido, con la clara intención de llegar cuanto antes a mi casa.

No contesto. Mantengo la mirada fija en el paisaje borroso que pasa al otro lado de la ventanilla.

No puedo hablar, y mucho menos tengo las fuerzas para contarle la humillación que acabo de vivir.

―Puedes contarme lo que sea, Clara. Lo sabes, ¿verdad? ―insiste con suavidad, rompiendo el silencio en el que reinaba el zumbido del motor.

Nada. Sigo en silencio, tragándome el nudo que me quema la garganta.

―Vale... No pasa nada. Estoy aquí para lo que necesites.

Al ver que sigo completamente muda, aparta los ojos de la carretera un breve segundo y me busca la mirada. Sus ojos reflejan una mezcla de lástima y preocupación.

―No te enfades con Joe―me pide en un susurro, regresando la vista al frente.

Al notar mi reacción, vuelve a hablar:

―No me malinterpretes, cielo. No sé qué es lo que ha dicho en su cuarto, pero te quiere mucho, y tenéis una relación muy bonita desde que erais pequeños. No dejes que lo vaya a arruinar ahora por una bobada.

¿Una bobada?

Está claro de que no tiene ni idea de lo que habla.

―No estoy enfadada; el enfado se pasa. Estoy dolida… Muy dolida ―es lo único que logro murmurar .

Tanto que el pecho me arde a cada bocanada de aire. Siento una quemazón tan intensa por dentro que ya no sé dónde termina le herida y dónde empiezo yo ― pienso en mi interior.

Cuando llegamos a mi casa, llamo al timbre y me recibe mi hermana Cassie.

―Madre mía, ¿qué te ha pasado? ―pregunta boquiabierta, con preocupación en la mirada.

Paso a dentro, voy corriendo a mi cuarto y cierro la puerta con pestillo.

Me lanzo en la cama, recibiendo el dolor de mis moratones al caer contra el colchón. Me incorporo y abrazo una almohada para desahogarme llorando aún más.

Llaman a la puerta varias veces.

―¡Clara! ―grita mi hermana desde el otro lado de la puerta―. ¡Ábreme!

Al ver que no contesto, sigue golpeando la puerta. Y con un último golpe más fuerte que los demás, oigo que los pasos se alejan.

Por fin .

De repente, los pasos vuelven más fuertes.

―¡Clara!, ¡abre la puerta! ―grita Xander.

No tengo ganas de abrir, ni de salir, ni de comer, ni de nada. Solo siento un dolor físico terrible por todo el cuerpo. Y uno tremendo en el corazón.