Brillando entre las grietas CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Clara

Estoy invitada.

Por primera vez me han invitado a salir sin que lo hayan hecho Joe o Evie.

Darcy me ha invitado a que salga con ellas después de gimnasia.

Ha sido un poco raro, estos días no me han tratado tan mal, y me han incluido en las cosas.

Estoy en casa de Joe, Evie me ha dicho que viniera para que saliéramos de casa juntas.

―¿Qué te parece? ―le pregunto después de contárselo.

―No sé… No me da buena espina que te hayan invitado así como así. O sea, nunca lo han hecho, ¿por qué hacerlo ahora?

―Porque ahora quieren ser mis amigas.

―No creo.

―¿Por qué? ―pregunto a la defensiva.

―Porque nunca lo han sido, ¿qué ha cambiado ahora?, yo creo que es una trampa.

―¡Que no! ―me desespero, agitando las manos―. No puede ser una trampa, ahora son super amables.

―¡Por eso mismo! ―se desespera él también―. Mira, Clara, yo creo que no deberías de ir.

―Voy a ir .

―¿Qué pasa? ¿Ya no recuerdas lo mal que lo pasaste hace unos años con la comida y con los insultos?, has estado mal hasta hace unos meses. ¿No crees que algo de esto huele raro?

―Pues no, la gente cambia, y no creo que después de estar bien conmigo, fueran a ser malas otra vez.

―¿Y por qué no pones eso que has dicho al revés? ―sugiere Joe, cruzándose de brazos―. ¿Y si en realidad la lógica es otra? “Si han sido malas conmigo antes, no creo que vayan a ser buenas ahora”.

Esa frase me golpea directamente en el orgullo.

―¡Joder, Joe! ―exclamo, frustrada. Me paso la mano por el pelo, intentando peinar mis propios pensamientos enmarañados.

Él suelta un largo suspiro, y su expresión se suaviza un poco al verme reaccionar así.

―Solo quiero que tengas cuidado, Clara ―dice, con una nota de cansancio en la voz.

―Creo que lo que de verdad quieres es que no salga con ellas ―le recrimino, buscando sus ojos para obligarlo a ser sincero.

Joe no esquiva la mirada. Al contrario, sostiene mi réplica con firmeza.

―Pues sí, tienes razón. No quiero que salgas con ellas. Y menos aun estando sola.

―¡Pues yo sí que quiero salir! ―sentencio, elevando la voz más de lo que pretendía .

Sorprendida por mi propio tono, siento un vuelco al darme cuenta de que le estoy gritando a él.

A mi Joe .

Por lo que respiro hondo, e intento recuperar la calma antes de continuar:

―Es la primera vez que me invitan a algo, Joe. La primera.

Él desvía la mirada hacia la ventana, dándose por vencido. El silencio que se instala entre los dos pesaba más que cualquier discusión.

―Haz lo que quieras, Clara ―concluye con frialdad―. Ya veremos quién de los dos tiene razón.

No soporto más su actitud. De veras que no.

Me levanto de su cama de un salto, empujada por la indignación, y salgo de su cuarto dando un pisotón. Cruzo el pasillo a zancadas dispuesta a refugiarme en la habitación de Evie, pero antes de llegar oigo a Joe de nuevo.

―¿Dónde vais a ir? ―pregunta mirándome fijamente de manera fría, humedeciéndose los labios

―Al parque ―contesto devolviéndole la mirada, también fija.

―¿Al de aquí al lado? ―pregunta subiendo las cejas.

―No, al que está un poco más lejos.

Rueda los ojos.

―Sigue estando cerca, a cinco o seis minutos andando ―le digo inevitablemente para tranquilizarle .

Se cruza de brazos, mostrando su enfado y se gira por última vez, dándome la espalda para luego cerrar la puerta.

He mirado el reloj y apenas llevo media hora en el parque con ellas, aunque me han parecido siglos.

Intento autoconvencerme de que estoy… ¿bien? Ni siquiera yo misma lo sé.

La realidad es que una tensión insoportable me recorre el cuerpo porque estoy extremadamente incómoda.

Ya han soltado un par de pullas indirectas sobre mí, buscando mi reacción. Y sé que si me muerdo la lengua y las ignoro, al menos podré mantener la fiesta en paz.

De pronto, Darcy pasa a mi lado para llegar hasta Evie.

Al cruzar, me da un empujón.

No sé si ha sido sin querer, pero no lo creo, porque el impacto me hace perder el equilibrio y terminar en el suelo.

―Uy, perdona ―dice ella, soltando una risita falsa seguida por la de las demás.

―No pasa nada ―respondo, tragándome mis palabras mientras me levanto.

Me sacudo las piernas con las manos para quitarme la arena pegada, que sale despedida a mi alrededor. De repente, una de las chicas empieza a gritar de golpe, exagerando como si le hubieran cortado un pie.

Sorprendida, me giro hacia ella como también lo hacen las demás.

―¡Oye! ¡Que me has dado !

―Lo siento ―me disculpo de inmediato, intentando frenar lo que sea que va a decir ahora. Lo que no sirve de nada.

Veo cómo se agacha, recoge la arena del suelo entre sus puños y me clava una mirada llena de malicia.

―Si me tiras arena, yo también te la tiro.

Antes de que pueda reaccionar, me lanza la arena directa a la cara.

El impacto es seco. Los granos me entran en los ojos, raspándome por dentro como si me hubieran pinchado con miles de agujas, y me quedo completamente a ciegas.

Es una sensación asquerosa y me agobia una barbaridad. Mastico arena, lloro arena… Y de fondo, escucho los peores sonidos: las risas de todas las chicas, en la que distingo la de Evie, un poco más tensa que la de las demás.

―Te pedí perdón… No tenías que hacer eso ―consigo decir cómo puedo, restregándome los párpados con desesperación para intentar ver algo.

―Me has ensuciado muchísimo al limpiarte, claro que tenía que hacerlo.

Siento que está demasiado cerca. Y como suponía, pasa por mi lado y vuelve a empujarme.

El cuerpo me tiembla, pero solo se me viene una idea a la mente: Tengo que defenderme sí o sí. Si no lo hago, lo seguirán haciendo siempre, tal y como me advirtió Joe.

Reuniendo el valor que no tengo, la empujo de vuelta, temblando porque no veo su reacción. Me froto los ojos y con la poca visión borrosa que me consigo, distingo cómo abre la boca, con una mezcla entre indignada y sorprendida, justo antes de abalanzarse sobre mí.

Me agarra con fuerza de los hombros, clavándome los dedos para que no me pueda escapar de su agarre, y me suelta una patada en los costados y en la cadera. Primero de un lado, luego otra de otro. Pega una. Dos. Y otra más.

Intento devolverla algún golpe a ciegas, pero es imposible. No puedo mientras ella me está sujetando así.

La desesperación que siento se convierte en rabia y dolor, pero sobre todo miedo. Nunca me he pegado con nadie, no tengo ni idea de cómo va a seguir esto.

¿Cuánto más va a durar? ¿Nadie va a pararla? ¿Me va a dejar tirada aquí en el suelo?

Siento que en cualquier momento me voy a desmayar.

―¡Que me sueltes, gilipollas! ―le grito perdiendo los papeles, con el corazón a mil por hora y sin ninguna idea de lo que hago, logrando alcanzar su cabeza y tirándole del pelo con todas mis fuerzas.

A cambio, me pega un puñetazo seco en la barriga. El dolor me dobla por la mitad y me saca el aire de los pulmones, pero al menos me suelta.

Camino encogida, cubriéndome el estómago, buscando a tientas el banco donde he dejado mis cosas.

Pero no ha terminado. De repente, la chica vuelve hacia mí y empieza a pegarme patadas y puñetazos por detrás, directos a la espalda. El dolor se expande rápido como el fuego por mi columna mientras las demás miran la escena, divirtiéndose con mi humillación.

En estos momentos no puedo pensar en otra cosa que no sea Evie. Lo está viendo absolutamente todo. Pero no va a hacer nada a estas alturas. Y quiera o no, me duele.

Pero sé que su hermano sí que lo hará, porque Joe es de los que dan la cara por la gente que quiere, aunque esté muy enfadado conmigo, como también lo estoy yo por no hacerle caso.

La chica se detiene un segundo, exhausta y jadeando por el esfuerzo de haberme golpeado sin respirar, sin dejar de reírse. Sé que es mi única oportunidad, por lo que antes de que vuelva contra mí, salgo corriendo, aunque apenas puedo dar dos pasos del dolor que me recorre el cuerpo.

No llego lejos. Se abalanza sobre mí por la espalda y me agarra un tirón de pelo tan brutal que siento cómo me arranca los mechones desde la raíz. Un grito de dolor puro se me escapa de la garganta.

Me duele todo. No veo nada. La cabeza me late con fuerza.

Haciendo un último esfuerzo sobrehumano, logro zafarme y quitármela de encima. Al recuperar un mínimo de visión, veo la cruda y dolorosa realidad: todas las demás corren a arroparla a ella, a preguntarle si está bien, como si la víctima fuera ella.

Necesito irme de aquí ya .

Así que, con el alma rota y el cuerpo destrozado, avanzo como puedo hacia la salida del parque. Sola. Sin que a nadie le importe si sigo respirando.

En el camino a casa de Joe, me detengo varias veces porque el dolor me corta el paso. Él tenía toda la razón del mundo: no podían cambiar así como así.

En el fondo, sigo esperando que Evie venga a ayudarme, aunque sé que no lo hará, pero de vez en cuando, miro atrás para comprobar si me sigue, aunque cuando lo hago solo veo que la calle está desierta.

¿En qué estaba pensando? Menuda idiota.

Al llegar, toco el timbre como puedo y Keeva me abre.

―Dios mío, ¿qué te ha pasado, cariño? ―pregunta Keeva, con la voz rota por la preocupación en cuanto me ve.

―¿Pu…? ¿Puedo entrar? ―consigo articular entre sollozos, casi sin voz.

―Por supuesto, pasa, pasa ―ofrece abriendo más la puerta.

―¿Y Joe? ―es lo único que logro pronunciar sin que se me quiebren las palabras por completo.

―Está en su cuarto… Clara, ¿necesitas que te cure le herida?

¿Qué herida? Mi mente va tan lenta que ni siquiera me había dado cuenta.

Intento bajar la mirada para revisarme, pero sigo viendo borroso. Por el tacto pegajoso, creo que tengo sangre en la rodilla y, gracias al sabor metálico, puedo deducir que también en el labio.

Niego con la cabeza con torpeza. El movimiento hace que los mechones de pelo se me aparten de la cara, dejando mis ojos al descubierto frente a ella.

Keeva se lleva las manos a la boca, horrorizada al ver la arena de mis ojos, ahora hinchados.

―Madre mía… Te voy a llevar al médico ahora mismo.

Intento hablar para suplicarle que no, pero las palabras se me atascan en la garganta.