Brillando entre las grietas CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Joe sigue mis movimientos con la mirada. Baja los ojos hacia mis labios y luego mira la botella que acaba de coger de la mochila, apretándola suavemente.

―Te has hecho sangre. Y tienes los labios sequísimos ―dice, inclinándose un poco hacia mí.

―No me duele. Da igual ―aclaro rápido.

―¿Tienes sed?

Me quedo muy quieta, pero niego con la cabeza, tensando los hombros. No pienso quitarle su agua; él acaba de jugar un partido y debe de estar muerto de sed.

Joe mira su botella, luego levanta la vista hacia la puerta del autobús por donde entraron los chicos, y de repente sus ojos se iluminan. Lo ha entendido todo .

―O sea, que cuando han entrado... no mirabas a los chicos ―dice despacio, uniendo las piezas―. Mirabas las botellas.

Me quedo helada, pegada al asiento. Madre mía. Este chico da miedo; parece que me lee la mente.

Yo, no contesto, solo miro para otro lado.

―Clara, si tienes sed dímelo, tengo aquí mismo la botella de agua.

―No, no pasa nada.

Suspira y coge la botella de su mochila.

La destapa y me la lleva a los labios.

No quería gastar su agua, pero… tengo tantísima sed.

Tan rápido como el agua me roza los labios, cojo la botella y bebo hasta que me sacio, es decir toda la botella.

Joe me mira sonriendo y me acaricia la mano.

Le doy la botella vacía, avergonzada, y la tira en la basura del autobús.

―¿Quieres algo más? ―me pregunta, mirándome fijamente a los ojos.

Niego con la cabeza y miro la ventana.

El autobús arranca y nos movemos por la carretera.

―¿Qué has comido hoy? ―susurra para que no le oiga nadie.

No le hago caso, solo miro por la ventana.

En verdad, no he comido nada .

―Clara, vas muy bien, ayer comiste una manzana para el almuerzo y para cenar la mitad de un huevo, pero no podemos empezar de cero, ¿entendido?

Asiento con la cabeza.

―Entonces, cuando lleguemos, vamos a mi casa y te quedas a dormir, ¿vale? Le diré a tu hermano que no se preocupe.

Asiento de nuevo.

―Ahora, dime, que te han hecho las niñas con las que hablaba Evie.

―Nada.

―Sé que te han molestado porque las he visto. Así que no intentes mentirme.

Suspiro, un poco molesta por tanta insistencia.

―Solo se han burlado de mí un poco, pero no pasa nada.

―A mitad del partido me fijé y te estaban tirando del pelo.

―No me dolió, no pasa nada.

―¿Por qué no las dijiste nada? ―pregunta, pasándose la mano por el precioso pelo rubio oscuro.

―Porque estoy acostumbrada. Y, además, son amigas de Evie.

―¿Y?

―No sé, no quiero que la dejen sola.

―¿Y por eso estás sufriendo tú? ¿Para qué no dejen a mi hermana?

Mordiéndome el labio partido, asiento .

―Joder… ¿Algo más?

Se lo tengo que decir. Me ha sentado muy mal que le contara eso a Grayson, pero no quiero que se enfade.

Aunque yo estoy bastante enfadada.

―¿Le has contado a Grayson algo de mí? ―termino preguntando tímidamente, sin mirarle a los ojos.

―No, ¿por qué? ―dice abriendo mucho los ojos―. ¿Te ha dicho algo ese cabrón?

―No, no, no, no le riñas, pero es que…

―¿Qué pasa? ―pregunta preocupado.

Con el pie dando golpecitos nerviosos en el suelo, entrelazando mis manos entre sí, me atrevo a hablar.

Me voy a meter en un lío por decir esto. Joe se enfadará, Grayson se enfadará, Evie ya está enfadada… No puede salir peor.

―Me ha dicho que te tenía preocupado porque se metían conmigo ―digo al fin.

Joe abre los ojos de par en par y mira rápidamente al sitio donde está sentado Grayson.

―Joder… Maldito bocachancla.

Se quita el cinto, y antes de que le pueda decir algo, le freno.

―No hagas nada, por favor ―digo acurrucándome en la ventana.

Me hago una bola con mi cuerpo. Pego las piernas al pecho y entierro la cara entre las rodillas .

Normalmente hago eso cuando me encuentro mal en casa, sola en mi habitación, sin nadie, ni siquiera mis hermanos. Es como si me protegiera de algo, aunque ahora no sé muy bien por qué, o más bien de quién necesito protegerme.

―Clara… te prometo que no he dicho nada más, ni a él, ni a nadie.

―Vale, vale, pero no le digas nada de que te lo he dicho porfa, no quiero que se enfade.

―Joder, Clara. ¿Me dejas explicártelo?

Asiento con la cabeza, tímidamente.

―¿Problemas con tu amada, Joe? ―pregunta el chico que creo que se llamaba Cedric, al ver al hermano de Evie levantado.

―Cállate, imbécil ―contesta Joe, subiendo la voz.

―Joe Hunt, haz el favor de plantar ese culo en el asiento antes de que vaya ―le dice el entrenador, que se ha girado al escucharlos discutir.

Joe suspira y se sienta de nuevo.

―A ver, a lo que iba Clara ―dice mirándome a los ojos―.

Cuando vine de Edimburgo, en la fiesta, Grayson me dijo que habías estado un poco sola y eso…

Me cabreé y le dije que te hubiera invitado a la mesa de los del equipo.

Él preguntó que por qué, y le dije que no era nada, pero no se lo tragó.

Entonces le dije que te molestaban y que se metían contigo ―admite crujiéndose los dedos―.

Pero nada más, te lo juro, solo le conté eso.

Nada de lo de la comida, ni mucho menos de lo de tu casa.

Ni a él ni a nadie, y ten por seguro que no lo haré, ni Grayson tampoco.

Vale...

Me sigue molestando que se lo haya dicho, pero podría ser peor.

Lo importante y con lo que me he quedado, es con que solo le ha dicho eso a Grayson y a nadie más.

Asiento como respuesta a todo eso.

―¿Sigues siendo mi novia? ―pregunta con los ojos puestos en mí.

Relajo el cuerpo y me vuelvo a colocar bien.

―Si tú quieres…

―Claro que quiero ―admite, volviendo a sonreír.

Entrelaza sus manos con nerviosismo antes de acortar la distancia que nos separa. Sus párpados se cierran lentamente, ocultando su mirada, a medida que su rostro se aproxima al mío.

Me quedo inmóvil, observándolo con una mezcla de confusión y asombro; las palabras se atascan en mi garganta, y justo antes de que pueda articular alguna pregunta, sus labios se posan sobre los míos.

En un instante, siento cómo el calor me invade las mejillas, encendiéndolas en un rojo intenso. El tiempo parece detenerse mientras él mantiene el contacto contra mis labios, suspendido en una calma irreal.

Mi corazón, sin embargo, late con una violencia ensordecedora, anulando cualquier rastro de pensamiento lógico. En mi estómago, el aleteo de las mariposas se vuelve un torbellino tan fuerte que me provoca un vuelco casi doloroso.

Y tan pronto como empieza, termina. Se aparta con rapidez, rompiendo el contacto.

Yo, me quedo allí, boquiabierta, procesando el silencio que nos envolvía, mientras un rubor compartido nos delata a ambos, aunque yo siento que mi rostro arde con mucha más fuerza que el suyo.

―Me… Me has besado ―logro decir avergonzada.

―Sí ―mira hacia los lados antes de volver a mirarme a mí―, ¿te molesta?

Niego con la cabeza mirando al suelo.

Sonreímos a la vez, se acerca más a mí, y quedamos con los brazos juntos.

Me coge la mano y hace como que no ha pasado nada, mirando a sus compañeros, aunque todavía está sonrojado.

Son casi las diez de la noche.

Joe me ha convencido para quedarme en su casa a dormir.

―Clara, cariño, ¿quieres que te deje un pijama de Evie?, supongo que no te habrás traído el tuyo.

Niego rápidamente entrando en pánico.

Qué vergüenza . No me va a valer el pijama y Joe y su madre van a ver lo gorda que estoy. Ella es muy delgada y yo no, es imposible que me pueda poner uno de sus pijamas.

―No, no hace falta .

―No seas tímida ―dice subiendo a la habitación de Evie―. Tranquila, te daré uno limpio.

Jope .

Además, ¿no la molestará a Evie que me intente poner uno de sus pijamas?

Creo que está enfadada conmigo, no me ha hablado desde que me dijo que no se iba a poner conmigo en el bus. Y, además, no me ha invitado a subir arriba a jugar, solo ha invitado a Grayson, que, por cierto, también está aquí.

Joe está duchándose en el baño de su cuarto, pero creo que a estas horas ya estará poniéndose el pijama, aunque luego se quita la camiseta, sin que le vea su madre para que no le riña.

La madre de Joe baja las escaleras, y se acerca.

―Toma, este pijama es precioso, seguro que estarás muy guapa y cómoda ―asegura con una sonrisa.

―Gracias, señora Hunt.

―Cuantas veces te lo tengo que decir, cariño, llámame Keeva, no uses tantas formalidades, ya eres como una más de la familia.

Asiento medio sonriendo, y me voy arriba.

Llamo a la puerta de Joe.

―¡Adelante! ―grita desde dentro.

Paso sin hacer mucho ruido.

Joe está poniéndose la camiseta super rápido.

Me mira y suelta una bocanada de aire .

―Joder, que susto, pensé que eras mi madre ―dice sonriendo, volviéndose a quitar la camiseta.

Le devuelvo la sonrisa.

Me estoy fijando en él. Tiene el pelo mojado, con las ondas rubias más marcadas, y también está muy delgado. Como se nota que hace deporte.

Yo lo intenté una vez. Pero todos, absolutamente todos , se rieron de mí. Ya no me gusta hacerlo con gente delante, solo me gusta bailar en casa cuando sé que mamá no está.

Y ahora tengo mucho tiempo para hacerlo, porque sigue sin aparecer.

―¿Ya vienes a dormir? ―pregunta sacándome de mis pensamientos.

―Emm, no ―aclaro―. Vengo a cambiarme, si no te importa.

Abre los ojos de par en par.

―Ah, sí, sí, entra al baño ―dice rápido―. ¿O prefieres que me salga?

―No, no te preocupes, entro al baño. Es que iba a ir a donde Evie, pero…

Me mira con lástima.

―Siento mucho como se está comportando contigo.

―No pasa nada.

―Sí que pasa, Clara, ella sabe por lo que estás pasando, te debería de apoyar.

Suspiro y camino poco a poco al baño.

Cuando llego, cierro la puerta detrás de mí .

Me empiezo a poner el pijama.

Es bonito, pero no me va a valer, es talla 6-7. Imposible que me entre.

El pantalón es corto, azul oscuro con puntos amarillos, y la camiseta de manga corta con el mismo estampado.

Me subo el pantalón y me miro al espejo por los lados. Me queda fatal.

―Clara ―me llama Joe desde fuera―. ¿Ya has terminado?, ahora vamos a comer algo, ¿vale?

Jope. Me dan ganas de llorar. Entre lo fea que estoy y que me va a hacer comer para ponerme más gorda…

Me limpio las lágrimas que me caen solas y me lavo la cara con agua para que no sepa que he llorado.