CAPÍTULO 4
Clara
Y como ya suponía, llaman a la puerta.
No hace falta que pregunte quien es, siempre llega a la misma hora. Cuando sale del entreno, como ya me avisó, Joe se acerca a mi casa a asegurarse de que todo está bien. No ha faltado ni una sola vez desde que se quedó a dormir.
Me levanto corriendo, tengo que admitir que últimamente es mi momento favorito del día.
―Hola ―saludo tímidamente cuando abro la puerta.
Joe, sonríe ampliamente y abre los brazos.
¿Quiere que le dé un abrazo?
Recelosa, me acerco a él lentamente, intentando averiguar si es eso lo que quiere.
―No tengas miedo, Clara, no muerdo ―dice sonriendo terminándose de acercar.
Me da un abrazo largo mientras entra a casa.
Se sienta en el sofá y saca algo de la mochila.
Me acerco y me siento a su lado, un poco tensa.
―Toma ―me ofrece el paquete que ha sacado de la mochila―, son galletas de doble chocolate, tus preferidas.
―¿Cómo sabes eso? ―pregunto sorprendida―, nunca te lo he dicho .
―Soy muy observador ―se ríe solo, acomodándose en el colchón―. El día que me quedé a dormir en tu casa, Blair trajo de estas y de otras de fresa. Solo comiste estas, así que supuse que son tus favoritas.
Suelto una risita casi inapreciable.
Sí que es observador .
―Y te las tienes que comer, no vale que hagas eso.
Suspiro temblorosa, asintiendo con la cabeza y evitando su mirada.
Está ayudándome mucho con el tema de la comida. Normalmente, cuando no está, apenas pruebo bocado; y si lo hago, la conciencia no me deja en paz hasta que lo vomito. Pero gracias a él, cada vez voy comiendo más.
Me da el paquete y voy mordiendo muy despacio.
A veces el estómago me da un vuelco y me entran ganas de vomitarlo todo, pero me aguanto con todas mis fuerzas.
Con los ojos llenos de lágrimas, sigo tragando sin tomar aire, para no enterarme de a qué sabe.
Joe me coge de la mano y me ayuda, dándome ánimos sin dejar de agarrarme.
―Te tengo que decirte algo, Clara ―empieza a hablar, notablemente nervioso.
Le miro atentamente y un poco confundida por su reciente cambio de tono.
Tomo esto como excusa para dejar el paquete de galletas lejos de mí .
―Me voy a Edimburgo a estudiar hasta año nuevo ―suelta rápido, con los ojos cerrados, como si le quemaran las palabras en la boca―. No voy a poder venir a verte más, me voy el miércoles a hacer las pruebas definitivas, y es casi seguro que me cojan para el programa y que me quede allí.
Lo sigo mirando, con una presión que me aplasta y que antes no notaba en el corazón.
―Solo son unos meses hasta navidad, para el resto del curso estaré aquí.
Edimburgo está muy lejos de aquí. Demasiado lejos de mí.
¿Si le fichan se irá?, ¿Se llevará a Evie?
Las manos me tiemblan y me arde el pecho.
¿Cómo quiere que responda? No tengo palabras.
Mi momento favorito del día se acabará, y se llevará consigo a mi persona favorita.
Los ojos se me empiezan a aguar inevitablemente, pero no dejo caer las lágrimas del todo.
―Mis padres dicen que seguro que me ficharán, yo no creo lo mismo, pero si lo hacen…
Intento distraerme con algo para no mirarle, ocultando mis ojos.
―Clara, te prometo que vendré antes de año nuevo.
Asiento con la cabeza, lo que a él le sirve de respuesta y a mí de un intento fallido de aclararme.
Se me está bloqueando la mente y no sé lo que pensar o lo que quiere que le diga .
―Di algo, por favor.
―V… vale ―balbuceo, como si no supiera hablar.
―Clara…
―No p… pasa nada, estaré bien ―miento con una sonrisa que no puedo mantener estable durante más de dos segundos.
―Te llamaré cada vez que pueda. Y si me dejan, podré venir algún fin de semana.
Respiro fuerte y asiento. Esta vez, sí que se me cae alguna lágrima. Lo que me resulta un no parar: derramo una lágrima, después otra, y ya no puedo dejar de llorar.
Joe me envuelve entre sus brazos, inclinándose para quedar cómodo a mi lado.
―Eres mi mejor amigo ―admito sin saber de dónde saco las palabras.
Sé qué pensará que mi mejor amiga es su hermana, pero no es así. Y quiero que lo sepa antes de irse.
―Y tú mi mejor amiga ―me contesta, susurrándome al oído.
Lo ha dicho . Joe Hunt me lo ha dicho y confirmado.
Cree que soy su amiga.
No me lo he inventado. Tengo un amigo, y está a punto de irse.
Me separo del abrazo y me limpio los mocos con la manga del jersey mientras sollozo.
Con una sonrisa triste, se levanta lentamente, va a la cocina y me trae un vaso de agua .
―Come bien y no te saltes ninguna comida más, ¿vale?
No puedo decir que sí. No está bien mentir. Y por más que quiera decírselo para dejarle tranquilo, ahora mismo esas palabras no me salen. Porque le aprecio demasiado como para engañarle.
―Clara, por favor ―pide Joe tomando mi mano―, prométeme que al menos lo intentarás el tiempo que no esté aquí.
Me tiembla la sonrisa, pero a pesar de eso, intento mantenerla.
―Es solo intentarlo, Clara ―insiste, dándome un pequeño apretón.
―Lo sé, pero…
Sin poder aguantar más, la sonrisa que fingía antes se me derrumba por completo.
Noto cómo las lágrimas caen por mi cara de nuevo, y cómo Joe se acerca más para volver a consolarme.
―Cada vez que comas, por favor, ten a Evie cerca, seguro que ella te ayudará.
―Evie no puede saber nada, por favor ―digo entre lágrimas―. Joe, no se lo cuentes.
Tengo como un nudo de hilos invisibles en la garganta que se aprieta más fuerte cada vez que intento decir algo.
―Es lo mejor, Clara.
Niego rápido con la cabeza a falta de palabras.
―Pues llámame, ¿vale? Yo te diré que hacer, pero por favor, no vomites y no te saltes comidas .
―Vale ―acabo cediendo, más que nada para que se quede tranquilo.
Joe me acurruca entre sus brazos y me limpia el agua de la cara con la manga de la sudadera.
―¿No se lo quieres contar a tu hermano? ―pregunta cauteloso, porque ya sabe mi respuesta.
Mi hermano no se puede enterar. No puede meterse en más peleas por mí.
―No.
―¿Hay ha alguien a quién se lo quieras contar? ¿A mi madre...?
―No ―niego, acompañada de un escalofrío―. A tu madre no, Joe. No se lo puedes decir a nadie. Prométemelo ―suplico estirando mi meñique hacia él.
Joe entrelaza nuestros dedos y los sella, cerrando su promesa.
―Lo estoy haciendo mal, Clara, debería decírselo… ―dice en voz baja, sin apartar su dedo.
―Pero no lo harás ―termino la oración.
―No. No lo haré ―confirma mirándome con tristeza en los ojos―. Pero tú comerás bien.
―Trato hecho.
Me duele mucho el pecho, incluido el corazón. No quiero que Joe se vaya. Sin él… Sin él no sé qué haré.