CAPÍTULO 2 #3
―Pórtate bien y no le des guerra a la pobre Clara ―amenaza señalándole con el dedo índice―. Cuando tenga que venir a por ti, me llamas, mientras tanto, cuídala bien.
―Vale mamá ―responde Joe aburrido, como si le hubiera dicho lo mismo un millón de veces antes―, ya te puedes ir.
―Te quiero ―grita su madre subiendo la ventanilla.
―Menos mal… ―murmura Joe para sí mismo, observando como desaparece en la distancia el coche de Keeva.
Camino torpemente hacia la puerta.
Las llaves están debajo de la piedra de la maceta del suelo y desgraciadamente no me puedo agachar sin caerme.
Jope, llevo con muletas menos de una hora y ya son una tortura.
―Emm… Joe, ¿puedes coger las llaves por favor? ―le pido avergonzada―, están bajo la maceta .
―Sí, claro.
Se agacha y coge las llaves, para luego, abrir la puerta.
Espero que no esté mamá, porque si no...
Entro primero, mirando a todos los lados aterrorizada. Y por suerte, no escucho a nadie. El silencio reina en la casa.
Eso quiere decir que mamá no está.
Menos mal .
Dejo caer las muletas al suelo y doy saltitos hasta llegar a mi sitio favorito del sofá. Joe entra y se sienta junto a mí.
―¿Quieres hacer algo? ―pregunto rompiendo el silencio―, podemos ver la tele o subir a mi cuarto. No tengo juegos, pero tengo libros…
―¿Te gusta leer? ―pregunta sorprendido.
―Sí ―admito tronándome los dedos para calmar los nervios―, es lo único que se me da bien.
―No creo que sea lo único.
Oh, créeme que sí .
Me encojo de hombros como respuesta.
De repente, Joe mira de arriba abajo, analizándome justo como antes cuando esperábamos a su madre.
―¿No te quieres cambiar de ropa mientras hago algo de comida? Sé que no has comido tu almuerzo hoy.
Ni antes de ayer, ni el otro día… No como desde hace horas. Ayer comí una pequeña galleta en todo el día, así que ni tan mal―pienso, disimulando mi malestar.
―No, no tengo hambre ―digo despreocupada―, pero creo que me debería de cambiar de ropa .
―Clara… Tienes que comer algo.
―Estoy bien sin comer.
―¿Por qué?
―Porque sí.
Suspira y se dirige a la cocina.
Abre el frigorífico, en el que solo queda un huevo y leche.
El problema es que no lo puedo comer, es de mamá, y si se entera…
―¿Solo tienes esto? ―pregunta con una mezcla entre confundido y extrañado.
―Sí, pero mis hermanos se quedarán sin comer si lo como…
―Clara, me dan igual tus hermanos, la que me importa eres tú, y quiero que comas tú.
Siento que me sonrojo cuando me dice eso.
―Joe, si me lo haces no lo comeré ―advierto, dejando de lado las mariposas de mi estómago.
―Bien, pues te lo daré yo como a un bebé hasta que comas.
―No.
―Sí.
―Que no, Joe ―digo, ya enfadándome un poco.
―Mira Clara, no voy a tolerar que no comas por lo que unas niñas dijeron de ti. Es una idea estúpida.
―No, no lo es ―murmuro cabizbaja .
―Es mentira. Lo que dijeron es mentira, estás perfecta, pero tienes que seguir comiendo.
―No lo haré Joe.
Sin discutir más conmigo, se da la vuelta y se pone a cocinar el huevo en la cocina.
No lo voy a comer. Y ya no es porque sea de mamá, es porque si quiero estar delgada, necesito hacer algo de inmediato.
Cojo el mando de la tele, y me siento en el pequeño sofá azul.
Después de un rato, Joe se presenta a mi lado con una tortilla y un tenedor.
―Toma, cómetelo.
―No lo voy a comer, te lo he dicho.
―Clara…
Me doy la vuelta y le doy la espalda.
―Clara lo vas a comer sí o sí ―indica cambiándose de lado para mirarme a los ojos como advertencia.
Vale… Si es lo que quiere, lo haré. Pero eso no quiere decir que luego me lo quede en la barriga.
Cojo el plato de tortilla de su mano y el tenedor.
Lo como rápidamente, muy ansiosa y deseando de que algo de comida llegue a mi estómago.
Lo engullo todo hasta dejar el plato vacío.
―Has visto, no era tan difícil ―dice, retirándome el plato de entre mis manos .
Me levanto sin hacerle caso y cojo las muletas para ayudarme a ir al baño.
―¿Dónde vas?
―A sacarme todo esto del cuerpo ―murmuro por lo bajo.
―¿Cómo? ―pregunta incrédulo―, no creo que vayas a…
Cierro la puerta del baño lo más rápido que puedo y me arrodillo en la taza con el sonido de los fuertes golpes que da Joe en la puerta.
Busco el alivio de la única forma que conozco, aunque los ojos se me llenen de lágrimas en el intento. Al final, el cepillo de dientes hace el trabajo por mí y me deshago de lo que pesa en mi estómago. El sonido del agua al tirar de la cadena se lleva todo el ruido.
Después, me lavo la cara con agua fría hasta que vuelvo a sentirme limpia.
Joe sigue llamando a la puerta para que salga. Espero a que se tranquilice, y cuando lo hace, deja de llamar como supuse. Quito el cerrojo y salgo poco a poco.
El hermano de Evie, está cruzado de brazos mirándome horrorizado.
―Has vomitado ―confirma incrédulo, asintiendo para sí mismo.
―Joe, ya te lo he dicho, no lo iba a comer.
―¿Pero por qué? ―exclama subiendo el tono, desesperado .
―¡Porque no quiero que se metan más conmigo! Quiero ser guapa. Necesito ser guapa. Si no, nunca me dejarán en paz.
―¡Ya eres guapa!, y se meten contigo porque son estúpidas ―dice desesperado, subiendo aún más el tono, mientras se acerca a mí―. Voy a hacerte otra cosa para comer, y no la vas a vomitar.
―No ―me quejo horrorizada.
―No es discutible, Clara, he venido a cuidarte, no a dejar que te coman tus estúpidos pensamientos ―me riñe con un tono más serio de lo que cabe.
Ahí está. Esa nota de extrañeza que he detectado al fin cobraba sentido.
Nunca me ha hablado así, con ese filo en la voz.
Supongo que el juego con sus amigos ya ha empezado a agotarle la paciencia.
Bajo la mirada, concentrando toda mi atención en mis dedos entrelazados.
Los aprieto hasta que los nudillos palidecen, luchando por contener ese nudo en el pecho que me amenaza con doler demasiado.
―Perdón, no te debería de haber hablado así.
Niego con la cabeza y sonrío, aunque me tiembla la cara.
Me agarra de la mano y me lleva de vuelta al sofá, respetando mi lento ritmo al caminar.
Cuando llegamos, él, se mete en la cocina y abre todos los armarios en busca de algo.
Mientras veo la tele, aprecio una pequeña línea de luz que se cuela en el salón proveniente de la entrada.
―Joe… ¿Qué hora es? ―pregunto confundida .
―Las dos menos cuarto ―contesta desde la cocina, preparando lo que sea que haya encontrado.
Mis hermanos deberían de seguir en el colegio, y mamá…
Mamá .
Entra por la puerta chocándose con los muebles y con la mirada puesta en mí.
Sus ojos rojos son los únicos que me saludan antes de recibir una bofetada.
Con la cara ardiendo y la sensación de hormiguitas por el carrillo, la miro a la cara.
―¡Estúpida niña! ―grita sujetándose contra el sofá―, deberías de estar en el colegio.
―Lo sé, pero es que…
Me calla tirándome del pelo para que me levante.
Solo apoyando un pie es difícil mantenerme recta, por lo que pierdo el equilibrio y acabo cayéndome contra el suelo, con mi pelo todavía entre sus dedos y ella prácticamente encima de mí.
―¡Eres una zorra como tu hermana!, ¡Vete de mi casa!
Me intento levantar de nuevo, pero es imposible con su cuerpo por encima del mío.
―Mamá, me estás aplastando el pie malo ―digo temblorosa, con lágrimas resbalando por mi rostro del dolor.
―Te lo mereces, por inútil, que ni puedes quedarte las seis horas en el colegio ―rebate enfadada, balbuceando palabras sin sentido .
Mientras intento quitármela de encima, veo una figura viniendo hacia nosotras.
No me acordaba de que Joe estaba aquí.
Veo que ha cogido una cuchara de madera y se dirige corriendo hacia mi madre.
―¡Déjala en paz! ―grita mientras utiliza la cuchara para darle golpes en la espalda.
―No me des, puto niño ―ríe como una loca, cubriéndose la espalda―. No sabía que la cría tenía un perro guardián.
―No soy su perro guardián, soy tu peor pesadilla desde ahora, abusadora.
Solo se oyen las carcajadas de mi madre mientras se incorpora para evitar mejor los golpes.
―Quién ríe último, ríe mejor ―dice Joe, antes de darla una patada en la espinilla.
Mi madre, se gira furiosa, y levanta la mano para apartar a Joe de un empujón. El hermano de Evie lo esquiva por los pelos y vuelve a darla con la cuchara, esta vez en la cabeza, y tira de mi mano para sacarme de ahí.
Mamá corre torpemente detrás de nosotros, pero no lo suficientemente rápido como para alcanzarnos antes de que la cerremos la puerta en la cara.
Ya en mi habitación, con el sonido de la risa y los golpes de mi madre de fondo, me tiro en la cama, con el pie dolorido, colgando de una esquina .
Joe, se ha quedado parado, con la espalda apoyada en la pared mientras recupera el aliento con la mirada perdida.
―¿Qué coño acaba de pasar? ―pregunta en un murmuro, subiendo la mirada hacia mí―. Voy a llamar a mi madre.
―¡No! ―grito negando con la cabeza, mientras me incorporo en la cama.
No puede llamar a su madre, sería peor de lo que es ahora.
Nadie puede contra ella.
―Sí, Clara. No sabía esto… ¿Desde cuándo ha sido así?
―Joe, por favor ―suplico llorando aún más que antes―, no te lo perdonaría nunca.
―Clara…
―¡No! ―chillo―, por eso no quería que vinieras, ahora será peor. ¿Qué le diré a mis hermanos?
Me estoy poniendo muy nerviosa, creo que me voy a desmayar.
Si cuenta esto, sería una catástrofe.
―No será peor. Si mi madre se entera, os ayudará a ti y a tus hermanos.
―No podemos hacer nada contra ella.
Joe se está enfadando, se lo noto. Me mira con rabia, mordiéndose el carrillo por dentro. Tampoco para de dar vueltas por la habitación y pasarse la mano por el pelo.
―Hoy me quedo a dormir, Clara, pero mañana te vendrás a mi casa .
No ha dicho lo que creo que ha dicho, ¿verdad?
No me voy a ir a su casa. No puedo ir a su casa.
―No ―niego nerviosa acompañada por un gesto con la cabeza.
―No puedo hacer otra cosa por ti, Clara.
―No pasa nada, estoy acostumbrada a esto.
Joe me mira con lástima en los ojos, que aunque la quiera disimular, le es imposible.
No quería que nadie se enterara de esto, pero menos aún que se metieran en el tema.
―Jope, Clara ―dice frustrado―, tengo que hacer algo, no me puedo quedar así.
―Sí que puedes.