CAPÍTULO 2 #2
―Voy a ir contigo, y me da igual lo que digas.
Ahora, estamos sentados en la acera.
Uno al lado del otro, lo suficientemente juntos para que me ponga un poquito nerviosa, y lo suficientemente lejos como para que no nos toquemos.
―¿Te duele mucho?
Asiento con la cabeza como respuesta.
Ninguno dice nada más, y el ruido de los coches llena el silencio.
―No me hiciste caso ―rompe la incomodidad al cabo de un rato.
Lo miro confundida.
―Te dije que si se metían contigo, que me llamaras. Pero no lo hiciste.
―No quería molestarte y…
―No molestas, tú nunca me molestarías .
El calor se me sube a la cara y adquiero el mismo tono rojo de siempre.
―Oye ―digo mordiéndome el labio por dentro para aguantar el dolor del tobillo―, no le digas nada de esto a tu madre, por favor.
Él me mira rápido y arruga la nariz, como si a él también le doliera algo. Empieza a rascar el cemento de la acera con la puntera de su zapatilla, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
―Pero es que hay que decírselo a alguien ―protesta en voz baja y algo enfadado―. No puedes quedarte así. No es justo que…
―Joe, por favor, ni una palabra ―le interrumpo centrándome en sus ojos.
―Entendido, ni una palabra ―dice tomando un largo suspiro.
Se queda callado, mirando fijamente los cordones de sus zapatos.
De repente, se gira para volver a mirarme, estira la mano y me quita una ramita que se me debe de haber quedado enganchada en el pelo cuando me han empujado.
Después, me analiza con la mirada, pasándola por la camiseta sucia que llevo puesta hasta mi cara.
―¿Qué te ha pasado ahí? ―pregunta señalándome la oreja, que ya ha cicatrizado del incidente del otro día.
―Nada, fue un accidente.
―¿Fueron ellas también? ―cuestiona con cara de pánico, rozándome la oreja con las yemas de los dedos .
Niego con la cabeza, retirando su contacto.
―Si fueran ellas me lo contarías, ¿verdad?
―Sí ―miento, poniendo la mejor sonrisa que puedo a pesar del dolor.
Al cabo de un rato, la madre de Evie aparece con el coche. Se baja tan rápido como puede y se agacha hasta quedar a mi altura.
―¿Qué te ha pasado? ―pregunta nerviosa, moviendo las manos en el aire―, enséñame el tobillo.
Me bajo el calcetín, lo que deja al descubierto mi amoratado tobillo, que cada vez que lo miro está más hinchado.
―No es nada, señora Hunt ―intento tranquilizarla escondiendo mi pie.
―Ay, cariño ―se lamenta tapándose la boca con las manos―, te debe de estar doliendo mucho, ¿no es así?
Asiento con la cabeza como respuesta.
―Y, además, estás sucísima, ¿qué te ha pasado?
Noto como la preocupada mirada de Joe se posa sobre mí, expectante sobre lo que voy a decir.
Pero no diré nada. No puedo contestar porque las palabras no me salen.
Al ver que no contesto y que no tengo intención de hacerlo, la madre de Evie me sacude un poco los hombros y me ayuda a ponerme de pie.
―Monta en el coche, Clara, te voy a llevar al médico .
Le hago caso, y me monto en los asientos de atrás como puedo sin mover mucho el pie.
Joe hace el amago de seguirme, pero su madre se lo impide frenándolo con una mano.
―Ni hablar señorito, tú te quedas en clase, que es horario lectivo.
―Ni de coña, mamá, me voy con ella ―contesta cruzándose de brazos.
―¡Joe! ―le regaña su madre subiendo el tono―, no digas groserías.
El hermano de mi mejor amiga, coje color en los mofletes.
―Me da igual, mamá, voy a ir.
―No ―niega rotundamente―, te vas a quedar aquí.
Sin hacerla caso, Joe se monta en el coche a mi lado.
Al acomodarse, noto como me roza mis dedos con su mano, y no la aparta.
Mi cara vuelve a ponerse de color rojo, por lo que bajo mi mirada hacia el suelo para disimular.
La madre de Evie empieza a conducir lo más rápido que puede para llevarme al hospital.
―Muchas gracias por venir, señora Hunt ―agradezco, rompiendo el silencio que me resulta bastante incómodo.
―No es nada, cariño. Y llámame Keeva, nada de formalidades.
Asiento con la cabeza .
Keeva toma una rotonda y el movimiento del coche hace que mi pie se mueva bruscamente. No puedo evitar soltar un pequeño gemido de dolor cuando el tobillo golpea contra el lateral. El dolor es insoportablemente malo, pero no quiero llorar de nuevo.
Joe se da cuenta de lo que me pasa y me mira fijamente, preocupado.
―¿Te duele? ―pregunta agarrándome más fuerte de la mano, ahora sin disimular el roce de nuestra piel.
―Un poco ―suspiro, dirigiendo mi mirada a la ventana.
Sus dedos acarician mis nudillos y me agarra firmemente, ahora sin soltarme.
Ya hemos llegado al hospital.
Espero no desmallarme como la última vez. No quiero parecer aún más tonta delante de Joe.
Entramos a la consulta y me recibe la misma doctora que hace unos días.
―Buenos días. Clara, ¿verdad? ―pregunta sonriéndome como la última vez.
Asiento, avergonzada de que me reconozca.
―Veo que tienes mejor la oreja, ¿qué te ha pasado ahora?
Los ojos de Keeva se posan en mi oreja, y alza las cejas con sorpresa al ver la cicatriz.
―Mi tobillo ―murmuro bajándome el calcetín.
La doctora observa la zona y me mueve un poco el pie .
Unas lágrimas invisibles vuelven a salir sin sonido por el dolor.
―Parece ser un esguince, pero tengo que hacerte una radiografía a ver si hay algo más o si hay que operar.
Abro los ojos de par en par, sintiendo mi pecho subir de arriba abajo rápidamente. Si me vuelven a poner una aguja o algo afilado cerca, juro que me desmayaré.
―Sígueme, Clara.
Keeva me hace un gesto con la cabeza para que la siga.
―A eso no te puedo acompañar ―dice con una sonrisa de lástima en los ojos.
Me meto en la sala de radiografías después que la doctora.
―Vale, Clara, pues verás, la máquina de rayos X es como un infrarrojo, pero se confunde con el metal.
Si dejamos los botones o las cremalleras del uniforme puestos en la foto, saldrán como manchas brillantes y no podremos ver bien tus huesitos por dentro.
Sería como intentar sacar una foto de un paisaje a través de una persiana cerrada.
―¿Me tengo que quedar en braguitas? —pregunto en un hilo de voz.
―Sí. Pero no hace falta que te quites el jersey, porque no saldrá en la foto, solo basta con los pantalones del chándal y los zapatos.
Así que ahora, te quitas el pantalón y los calcetines, y así la máquina podrá ver tu tobillo perfectamente, ¿te parece bien?
Es solo un momentito y no duele nada de nada, pero no te puedes mover ni un poco .
Asiento, y me quito las prendas que me ha indicado, luego, me tumbo en la camilla bocarriba sin mover nada de nada.
La doctora sale y la máquina empieza a hacer ruidos raros.
Nunca me habían hecho una radiografía, pero no me está gustando, no duele, pero me he tenido que quitar la ropa. Y eso no me agrada nada de nada.
La doctora ha visto mi barriga .
Cuando la máquina deja de pitar, la médico entra.
―Ya te puedes vestir, yo estaré con tu madre explicándole unas cositas, ¿vale? Cuando estés, vuelves a mi consulta.
Asiento y me empiezo a vestir lo más rápido posible.
Ni siquiera niego que Keeva sea mi madre, ha hecho más de ella que la mía propia.
Cuando estoy lista, entro a la consulta, como me ha dicho.
Keeva está ahí, sentada junto a Joe, que me mira fijamente con una sonrisa mientras entro cojeando.
Me siento a su lado y la doctora empieza a hablar.
―Tiene un esguince en el tobillo, no hace falta operar ni nada ―dice hablando con Keeva. Luego me dirige la mirada a mí, sonriente―, solo te voy a vendar el pie y tendrás que llevar muletas, ¿vale?
Asiento con la cabeza .
―Tus amigos te podrán dibujar cosas en la venda para que no sea tan aburrida, pero sin apretar mucho, porque no es dura como la escayola.
No tengo amigos aparte de Evie ―estuve a punto de responder.
―Mañana no podrá ir al colegio, por seguridad. Es para que el primer día de reposo sea válido, ya que en los niños es más común que no se cumpla el reposo o que puedan recibir algún golpe estando en el colegio.
Asiento de nuevo, pensando en lo que podría decir mamá. No me puedo quedar con ella sin nadie más vigilando.
―Venga cariño, que te llevo a casa ―dice Keeva saliendo del hospital.
Finalmente tengo el pie vendado, pero adaptarme a las muletas está siendo una pesadilla. Si Joe no hubiera estado ahí para sostenerme, ya llevaría tres caídas encima. Son increíblemente engorrosas y complicadas.
―Mamá, voy a ir con ella a su casa ―interviene Joe.
Me detengo en seco, imitando sin querer el mismo gesto de sorpresa que su madre.
―La voy a cuidar ―se defiende.
―No, Joe, eso sí que no.
―Que sí ―insiste―, sus hermanos están en clase y su madre trabajando, no se va a quedar sola mientras yo pueda ir .
―Es que no puedes ir Joe.
―Que sí que puedo. ¿A que sí, Clara?
Me muerdo el labio callando mis palabras antes de que puedan salir.
No le puedo decir que sí, porque si se entera mi madre…
―Que no, Joe ―le repite Keeva―, no la pongas en un compromiso.
―Que sí mamá.
Suspirando, su madre entra en el coche, y detrás de ella, nos subimos Joe y yo.
―¿Puedo ir? ―me pregunta agarrándome la mano y mirándome con los ojos muy abiertos.
―No sé… No he pedido permiso y…
―Por favor…
―No seas insistente, Joe ―le vuelve a regañar su madre.
―No, no pasa nada ―intervengo como una idiota―, se puede quedar un rato.
―Lo ves, mamá.
―No te veas obligada si no quieres, Clara, sé que este hijo mío es muy insistente y…
―No se preocupe, señora Hunt, no hay nadie en mi casa.
―Llámame Keeva, cariño.
―Lo siento, Keeva.
―No te disculpes. ¿Estás segura de que puedes?
No .
―Sí, no hay problema .
Keeva aparca el coche enfrente de mi casa como otras veces. Joe se baja primero, y abre la puerta de mi lado para ayudarme a bajar como un caballero.
Cojo mis muletas y me apoyo en ellas torpemente hasta llegar a la puerta.
Antes de irse, Keeva baja la ventanilla.
―Si necesitas algo más me llamas, ¿vale, Clara?
Asiento con la cabeza como respuesta.
―Y ten cuidado, no hagas nada raro, quédate en reposo.
Asoma más la cabeza por la ventanilla y centra la mirada en Joe.