Brillando entre las grietas CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Clara

Ya llevamos dos semanas en el colegio y siento que no puedo más.

Voy todos los días pensando qué me harán cuando llegue; si me esconderán el estuche en la basura como la semana pasada, si me romperán los libros, o si tirarán mi almuerzo al suelo.

Todas las mañanas siento la presión en el pecho, que solo se me pasa cuando veo a Evie.

Que por cierto, está esperándome en la entrada.

―Mi hermano ha preguntado por ti ―es lo primero que me dice, poniendo cara de asco.

Confundida, levanto mi mirada del suelo y la miro a los ojos.

―¿Tu hermano?

―Sí, mi hermano ―confirma agarrándome del brazo para entrar―. Me ha preguntado si se siguen metiendo contigo.

Por favor, que su respuesta haya sido un no.

No soportaría que se enterara de todo esto; sería el colmo de mi mala suerte. Le tengo demasiado aprecio como para permitir que él también encuentre motivos para burlarse de mí.

―Le he dicho que sí ―me saca de mis pensamientos con lo peor que podría haber respondido .

Sostengo su mirada, sintiendo cómo el espanto me recorría el cuerpo.

―¿Por qué? ―pregunto en un suspiro.

―Porque está mal mentir, y van a seguir haciéndotelo si no dices nada.

Ya lo dije, Evie, pero no me hicieron caso.

―Pero…

―No hay “peros” que valgan ―dice, llevándome hacia la clase.

―Están viniendo hacia mí ―le señalo a Evie, poniéndome cada vez más nerviosa.

―Tranquila, no dejaré que te hagan nada.

El grupo de chicas de siempre, donde Valerie, la rubia, es la “jefa”, viene riéndose hacia nosotras.

Esta vez, vienen acompañadas de niños mayores, de la clase de Joe y Grayson.

Cuando se frenan ante nosotras, Valerie se pone delante con un niño de pelo oscuro.

―¿Sigues comiendo, Bus-Clara? ―gritan entre risas, buscando la mirada de la gente.

Por desgracia, ahora me llaman «Bus». Dicen que estoy tan gorda que me cabe toda la clase dentro.

Me hago un ovillo en el sitio, pegándome cada vez más a la pared de piedra que tengo detrás .

―Largaos ya de aquí. Si vais a molestar, idos a vuestra casa, idiotas ―intenta decir Evie. Pero sus palabras quedan sepultadas por las risas del grupo que lleva atormentándome desde que empezó el curso.

―¿Por qué sales con ella? ―la pregunta uno de los chicos―, si te ven con el “Bus”, nadie se querrá juntar contigo.

Evie, sale con la respiración rabiosa y agitada de mi lado para pasar entre medias del grupo de niños, dejándome sola sin nadie que pueda hablar por mí.

―Se ve que te han quedado sola ―dice uno riéndose.

Entre los murmullos, oigo que alguien da una señal, y todos a la vez, me lanzan sus almuerzos. Incluyendo; zumos, yogures para beber, trozos de pan y de embutido, tortitas de maíz y algunos trozos de fruta.

Se empiezan a reír mientras yo estoy en el suelo, sacándome el yogur de la cara y con lágrimas cayendo como lava hirviendo por mi cara.

―Dejadme ya, por favor ―suplico en lo que acaba siendo un murmullo por todo el alboroto que se está montando.

De repente, como si de un milagro se tratara, todos se callan.

Puedo ver a Evie de nuevo, borrosa por mi llanto. Pero esta vez, va acompañada de alguien.

―¡Salid todos pitando de aquí, ya! ―oigo gritar a un chico a lo lejos.

Joe. Es él. Ha venido .

―Que mono, viene a salvar a su novia ―dice Valerie riéndose.

―¡Que te vayas de aquí de una puta vez!

Un chico de la clase del hermano de Evie se junta a Valerie y no se mueven ni un centímetro.

El resto de la gente se va dispersando hasta volver a sus sitios habituales en distintas partes del patio.

―He dicho que os vayáis.

―No eres quién para decirnos nada, Joe ―le dice el chico con una voz molesta, cargada de prepotencia.

Y en solo un abrir y cerrar de ojos, Joe le estaba pegando un puñetazo al pelinegro en toda la cara.

Valerie le ayuda a recomponerse, mirando sorprendida a Joe. Luego, se van entre quejas y sollozos.

Joe, sin embargo se queda a mi lado sentado junto a mí en la arena.

―La que me va a caer por esto ―se lamenta llevándose las manos a la cabeza.

¿Acaso lo he arrastrado conmigo a este lío?

Me aterra pensar que le van a castigar por algo que yo misma he provocado.

―L… Lo siento mucho ―me disculpo levantándome con el uniforme hecho un asco―, ya me voy.

―No, no, no te vayas.

No le puedo hacer caso. No aguanto un minuto más con esta situación. Necesito despejarme y pensar en otras cosas para no llorar más .

Me dirijo rápidamente hacia al baño, y cuando casi había logrado alejarme lo suficiente de él, pierdo el equilibrio y todo mi peso cae en mi pie, encima de una piedra más grande que las otras que estaban escondidas entre la arena.

Un dolor insoportable me recorre todo el pie y parte de la pierna.

Las risas a mi alrededor no cesan.

―No puede ni ella con su propio peso ―se ríe una a lo lejos.

Joe aparece a mi lado, y me coje por debajo de los brazos para ayudar a levantarme.

―Déjalo, Joe ―sollozo, llorando de nuevo inevitablemente por el increíble dolor en mi pie.

―Déjame ayudarte ―dice incorporándome lentamente.

Cuando consigo ponerme de pie, voy al baño lo más rápido que mi pie me permite. Necesito alejarme de él.

Llego a uno de los cubículos, y gracias a Dios, está vacío.

Menos mal .

Me hundo sobre la tapa del retrete. Y lentamente, retiro el calcetín intentando no tocarme la piel. Noto que la zona dañada emerge en una amalgama de tonos rojos y morados. Es una herida viva; un ardor constante que me recorre por dentro, reclamando toda mi atención.

Me apoyo solo en un pie, y me levanto quitándome la chaqueta. La limpio con un trozo de papel mojado, cosa que no hace mucho más aparte de extender las manchas.

Mierda .

Me quiero ir a casa.

Necesito ir a casa ahora mismo.

Me lavo un poco la cara con agua y salgo cabizbaja del cubículo.

―No quería que te fueras ―me dice Joe, jadeando en la salida de los lavabos.

―Déjalo Joe, no hace falta que finjas.

―Pero es verdad ―asegura acercándose más a mí―, quiero que te quedes a mi lado y que no hagas caso a los idiotas de mi clase.

Sí, claro… ¿Qué le habrán retado a hacer para que me diga esto?

―Ahora no juegues Joe, déjame irme a por mis cosas ―digo recolocándome el calcetín―, necesito irme a casa.

―Te acompañaré ―insiste cogiéndome de la mano para avanzar.

Es completamente imposible que se quiera juntar conmigo.

Debe de estar tramando algo sí o sí.

Busco a sus compañeros por aquí cerca, pero no los veo. También, me fijo en el techo, a ver si han puesto algo para que me caiga en la cabeza cuando pase.

―¿Qué buscas? ―pregunta mirándome extrañado.

―Ya puedes dejar la broma Joe, tengo que ir con la profe ―suspiro intentando fingir la mejor sonrisa posible.

Le suelto la mano y voy cojeando por el largo camino de cemento que hay hasta las aulas .

Joe me vuelve a perseguir corriendo y me sujeta por debajo de los brazos para ayudarme a caminar.

El corazón me da un vuelco y noto las mariposas de la barriga revolotear por todos lados.

―¿Q… ¿Qué haces? ―pregunto temblorosa.

―Ayudarte ―responde con calma, como si fuese obvio―, te has hecho daño.

―No, no es nada.

―Juego al fútbol gaélico. Sé cómo es cuando estás lesionado.

Sigo andando con su ayuda hasta mi clase.

La profesora está adentro almorzando.

―Joe, que haces aquí ―dice con una expresión de sorpresa en la cara, que se le cambia de golpe a una de asco cuando posa sus ojos sobre mí―. Oh, Clara, tú también estás aquí.

―Han hecho daño a Clara, vengo a acompañarla ―habla Joe por mí.

―¿Cómo se ha hecho daño Clara? ―pregunta rodando los ojos con un suspiro dramático.

Parece que tampoco tengo mucha suerte con las profesoras. Hay algo en mí que no termina de encajar con los demás. Ni siquiera los mayores se salvan.

Cuando mi abuela trató de mediar, la situación solo se puso más tensa, como si le hubiera molestado que alguien sacara la cara por mí .

―No es “cómo” ―interviene Joe frunciendo el ceño―, es “quién”.

La profesora me mira rápidamente y le vuelve a dirigir la mirada a él.

―Un grupo de niños la ha tirado comida, y luego se ha caído y casi no puede andar.

―Ven aquí, Clara ―me llama la profesora, acercando una silla a su lado.

Baja mi calcetín y ve mi tobillo, cada vez más hinchado.

Comprueba que se mueve bien y lo aprieta.

Las lágrimas se me caen del dolor que ya no puedo contener.

―Ve y llama a tus padres para que te lleven al hospital, allí te harán algo.

Me lo esperaba. Sabía que diría eso.

―¿No le dirá nada a esos niños? ―pregunta Joe, que parece estar enfadado.

―Ha sido un accidente ―asegura mi profesora moviendo la mano en el aire.

―No, no ha sido un accidente.

―Eso no lo sabes, Joe, así que déjalo pasar. Y tú ―me señala con el dedo índice―, ve a llamar a alguien.

Asiento con la cabeza y salgo del aula.

¿Ahora a quién llamo?

Mis hermanos están en clase y no voy a llamar a mamá porque debe de estar trabajando…

Toco a la puerta de la oficina del director y entro .

―Hola ―saludo tímidamente―. ¿Puedo llamar a mi madre? Es que me he hecho daño en el tobillo y me ha dicho la señorita Fraser que puedo llamarla.

―¿Te sabes su número? ―recita como si estuviera programado, sin siquiera mirarme.

―Sí.

Me acerca el teléfono, e indecisa, marco el número de la madre de Evie.

―¿Diga?

―Hola, señora Hunt ―digo en voz baja, alejándome un poco del director―. Soy yo, Clara.

―¡Clara! ¿No deberías de estar en el colegio?

―Sí, estoy llamando desde aquí.

―Vale, cariño, ¿qué te pasa? ―pregunta desde el otro lado del teléfono, con preocupación notable en su voz.

―Es que me he caído, me duele mucho el tobillo y no tengo a nadie más a quién llamar y… De veras que no sé qué hacer.

―Tranquila Clara, ahora voy a por ti.

―Muchas gracias, señora Hunt.

Cuelgo y salgo del despacho para ir a mi clase a por mí mochila.

En el pasillo, encuentro a Joe mirándome mientras camino, esperándome con mis cosas en las manos.

―¿Qué te han dicho?

―Tu madre va a venir a recogerme ―le informo en un hilo de voz .

―¿Mi madre?

Asiento con la cabeza.

―¿Por qué mi madre?

―Porque la mía está trabajando ― O eso espero .

―Vale, entonces, iré contigo.

Abro los ojos de par en par.

No puede venir a mi casa.

―No, no hace falta ―intervengo lo más rápido que puedo.