Breathe Out (Silver Springs 1) 55. La sensibilidad es un don. Keyla Blake
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55. La sensibilidad es un don. Keyla Blake

Keyla Blake

—¿Keyla Blake? —pregunta el repartidor con una caja pequeña en las manos.

—Esa soy yo —respondo con un entusiasmo que me sorprende hasta a mí.

—Firme aquí.

Con una mano en la tablet y otra en la maleta, hago un garabato y me llevo la caja dentro.

Día 73 intentando ser valiente

Buenos días, Moon.

Espero que cuando recibas este regalo todavía no te hayas cansado de intentarlo conmigo, porque lo envío directamente desde mi casa a la tuya y estoy seguro de que tardará unos días. Espero no haber contado mal, pero, según mis cálculos, llegará justo a su tiempo.

Me he propuesto aprender un poco más de ti, porque si algo envidio es tu capacidad de emocionarte. Sé que a veces te da vergüenza ser tan sensible, pero a mí me encanta que lo seas.

La sensibilidad es tu don, princesa. No quiero que lo pierdas nunca por haber estado en lugares en los que no sabían valorarla.

Quiero que el día de mañana no te canses de ser tú la que siempre lee por las noches. Así que, en un intento malísimo de parecerme en algo a ti, te devuelvo subrayado, como a ti te gusta, tu libro favorito.

PD: No veas lo que me ha costado decantarme por las frases. ¿Cómo lo hacéis para que quede bonito?

Hasta detrás de los rayos de sol y más allá.

Atte. Nate

Abro la caja con cuidado y me encuentro el libro de Celine. Paso los dedos por la portada antes de abrirlo y de descubrir que sus páginas están no solo llenas de frases subrayadas, sino también de anotaciones.

Una de ellas es: «La esperanza y el destino van siempre de la mano», y me hace pensar que las verdades siempre estuvieron ahí, pero tenía demasiada poca luz en mi vida para saber leerlas.

Desbloqueo el móvil con lágrimas en los ojos porque esto es lo más bonito que me han regalado en la vida, y eso que Nate ha dejado el listón muy alto.

Cuando voy a llamarlo, Avery, que se ha quedado todos estos meses conmigo como una más de la familia, baja por las escaleras trotando como si estuviese en una carrera, y mis tíos cargan con nuestras maletas.

Hoy es el último día del March Madness en el que se decidirá qué equipo es el campeón. Nate no lo sabe, pero voy a ir de sorpresa. Espero que lleguemos a tiempo.

Estoy compinchada con su abuela. Aunque no la conocía, en estos últimos días hemos hablado un montón de veces por teléfono.

Madre mía, esa mujer es la definición de espíritu joven.

Nos hemos apuntado juntas a unas clases de pintura la semana que viene, y, aunque estoy nerviosa por conocerla en persona, tengo muchas ganas.

—¿Habéis cogido todo, chicas? —pregunta Maggie.

—Si se nos olvida algo nos lo puedes enviar más adelante. —Le doy un beso en la mejilla—. No te preocupes por nada.

—Perdón, perdón. Es que estoy histérica.

—Tu tía nunca ha visto un partido de baloncesto, cariño. Y ya sabes que odia volar en avión.

—¡Will! —le riñe Maggie—. Tú ni caso, cielo. Estoy lista para la acción.

Llevo aquí un total de setenta y siete días en los que he podido sanar una gran parte de mi corazón. He estado en familia, más unida que nunca a mis tíos, que prácticamente son… mis padres, aunque nunca se lo he dicho.

Hemos hecho tantas actividades que ya he perdido la cuenta: talleres de cocina caseros, noches de cine, taller de velas, pádel…, pero sobre todo me he sentido llena de amor.

Avery, por otro lado, ha estado pegada a mí como una lapa, haciéndome ver que la amistad de la realidad puede ser incluso mejor que la de las películas. Hemos hecho llamadas con Sienna, con Aiden, con Nate…

Han sido unos meses increíbles, aunque también ha habido muchos lloros.

Al haber pasado tanto tiempo juntas, nos hemos abierto en canal, y, por Dios, siento tanto la vida que también ha tenido… Ojalá yo pueda demostrarle también a ella que se merece todo lo bueno del mundo.

Mis tíos han podido conocer a Nate, aunque fuese virtualmente. Maggie dice que, aparte de buena persona, ¡está como un queso! Y no se equivoca: es el chico más guapo del mundo, objetivamente hablando.

Los días que tocaba un partido suyo, esta familia de cuatro sacábamos las palomitas y cenábamos alguna receta experimental que Avery veía sabe Dios dónde, pero ¡qué bien cocina!

Después de tener muchas —pero que muchas— conversaciones con mis tíos, llegamos a la conclusión de que la felicidad que conseguí viviendo en Silver Springs dependía de muchos factores que no tenía aquí, y que el rumbo de mi vida debía de tomar la dirección del camino de vuelta.

Fueron muchas las lágrimas, pero les prometí que vendría a verlos una vez al mes.

Mis tíos querían conocer a Nate en persona, era la única condición para empezar mi vida oficialmente lejos de ellos. Así que, aprovechando la pasión de Will por el baloncesto, decidimos darle una sorpresa entre todos.

—Vale, chicas… —dice el tío Will levantando los billetes—. Si queremos llegar antes del inicio del partido, más vale que no perdamos más tiempo.

Maggie resopla.

—Odio las turbulencias. ¿Y si tenemos un accidente? ¿O el piloto está loco?

—Maggs —la interrumpe Will, con calma—. No va a pasar nada. Y si pasa, nos morimos juntos.

—Keyla, tu tío es un poeta —dice Avery, riéndose—. Quiero un Will en mi vida.

—Ni lo sueñes, jovencita —responde Maggie, agarrándose de su brazo—. Este es mío.

Una vez dentro del avión, me siento al lado de Avery, que me coge de la mano.

—¿Estás nerviosa? —pregunta.

—Un poco, pero no me pongo nerviosa como antes, ¿sabes? —reconozco—. Me siento… emocionada.

—Ya no es todo miedo, ¿no?

—No, Avery. Ahora hay espacio para más cosas.

Con lo que pasó con mis padres biológicos, Ellie y yo nos vimos de manera online unas cinco o seis veces, y fue la mejor decisión que pude tomar como muestra de amor propio.

Miro por la ventanilla y recuerdo las palabras de una sesión en especial que tuve con ella esta semana en la que yo le explicaba que no sabía cómo no ponerme nerviosa en ciertas situaciones.

Hablamos del miedo, del adaptativo y del que no lo es tanto.

En medio de ese caos de información llegamos a la conclusión de que, a veces, tenemos que darle a la vida otro significado.

A veces no basta solo con hacer las cosas que nos dan miedo, sino que hay que hacerlas desde otro lugar, uno más amable y compasivo.

Resignificar es darle otro color a esas experiencias tan vitales que interpretamos como negativas, como puede ser socializar con alguien con quien no tengo confianza, hablar en público de algo que me apasiona o hacer cosas sola.

Si cuando las hacemos tenemos pensamientos que nos hacen anclarnos al presente y darnos cuenta de lo afortunados que somos por poder vivirlos, parece que todo es mucho más fácil.

Así que aquí estoy: de camino a mi nueva vida.

Will se inclina hacia nosotras desde el asiento de delante.

—Por cierto, Keyla, ¿has escrito a Dottie para que nos recoja?

—Sí, y me ha dicho que ya ha preparado vuestras habitaciones y que va a hacer una comida riquísima.

—Esa mujer es un encanto —dice Maggie.

Cuando el avión despega, mi tía hace un sonido con el que parece que el alma se le va a salir del cuerpo y el avión entero se ríe.

Aterrizamos horas después con un hambre mortal, ya que nos quedamos todos dormidos cuando trajeron la comida.

Dottie está a lo lejos, esperándonos con Asia.

—¡Keyla! —Me abraza como si me conociera de toda la vida—. Eres guapísima en fotos, pero en persona estás a otro nivel, muchachita.

Asia me estruja por la espalda, emocionada.

—No te imaginas las ganas que tenía de volver a verte.

—Yo también —respondo.

Entre presentaciones, Will señala su reloj porque, a decir verdad, vamos justos de tiempo.

Salimos rápido hacia el aparcamiento en el que nos espera un coche enorme de color rojo con los cristales tintados.

—Espero que no juzguéis lo que vais a ver ahora —Dottie nos abre el maletero—, porque voy a hacer cosas ilegales.

—Abuela, los estás asustando.

—Que se vayan acostumbrado, que vamos a ser familia.

Will se echa a reír sin saber la que se le viene encima. Unos minutos después, estamos a punto de echar por la boca la poca comida que teníamos en el estómago. Dottie va a toda velocidad por la carretera, esquivando coches y saltándose todos los semáforos.

Mis tíos me miran preocupados, pero a mí me hace gracia la situación, al igual que a Avery, que va cómodamente hablando con Asia.

—Este es el plan —anuncia Dottie—. Vamos directamente al pabellón y ya habrá tiempo para dejar las maletas. He traído una camiseta para cada uno, pancartas y megáfonos.

—Abuela, creo que se piensan que te falta un tornillo —le susurra Asia.

—Dottie, creo que eres mi animal espiritual. —Avery se acerca a ella—. Tienes que conocer a mi abuela, os haríais amigas.

—¡Ay! No sé si tengo edad para que una amiga me aguante.

—Le vas a caer genial.

Se enzarzan en una conversación acerca del Grey’s mientras llegamos al pabellón. La afición espera fuera, con bombas de humo de colores, camisetas del equipo, música y alcohol.

Aparcamos y nos ponemos las camisetas con el número nueve, y, aunque llegamos bien de tiempo, vamos corriendo para no perdernos la presentación.

El murmullo del interior se intuye desde fuera gracias a los bombos, las bocinas y la música que suenan.

Corriendo por el pasillo, vamos viendo diferentes puestos de comida y mi estómago ruge.

—Prométeme que en el descanso nos comeremos dos perritos cada una o me desmayaré —dice Avery mientras olisquea el aire.

—Dos perritos llenos de queso, prometido.

Puerta 104: la nuestra.

—¿Lista? —pregunta Asia.

—Más que nunca —respondo, sintiendo el corazón en la garganta después de llevar semanas sin ver a Nate.

Sé que al otro lado de la puerta está Nate calentando, sin imaginarse que estoy aquí.

Entrar es como haber subido el volumen de mi cabeza de golpe, algo que hace tiempo me pondría nerviosa. No me gustan los sonidos fuertes, lo reconozco, y dudo que me hagan sentir indiferente algún día, pero mientras los escucho miro alrededor y veo lo afortunada que soy.

Dottie entra y nos señala donde está nuestra zona en el reservado. Desde aquí se ve la cancha completa, iluminada como si estuviese viendo una película, y también vemos a los amigos de Nate, que también están allí.

Empezamos a bajar las escaleras y entonces veo a mi número favorito.

La estrella del equipo.

Mi estrella.

El número nueve.

Está metiendo canastas sin parar, concentrado con los auriculares puestos. Recibe balones, salta y encesta con una facilidad insultante.

La camiseta marrón grisáceo de entrenar se le ajusta al cuerpo, y no puedo dejar de pensar en que no tiene sentido lo bien que me alimento.

Lo busco con la mirada antes de bajar el último escalón, pero no me ve.

Avery me empuja suavemente por la espalda mientras Dottie camina delante de nosotros y, como una gallina orgullosa con sus polluelos, va delante levantando una pancarta enorme donde pone: N ATE M ILLER , EL ORGULLO DE LA ABUELA .

Cuando me giro, Avery está llorando como una magdalena y Will está con los ojos como platos viendo el espectáculo de luces de antes del partido.

Pasamos a la zona VIP en la que vemos a Wyatt, Lach y Aiden. Están sentados al frente, con sus respectivas camisetas y una cantidad ingente de comida.

—Ya sé dónde me voy a sentar. —Avery me adelanta y se va directa hacia ellos.

Wyatt se levanta de golpe cuando nos ve, y se pone a discutir con Avery. Me parece que ya forma parte de su rutina habitual, pero cuando me doy cuenta ella ya tiene un trozo de perrito caliente en la boca.

—¡Keyla! —Aiden se levanta para darme un abrazo.

—Hola, chicos —saludo, con los colores en las mejillas.

—Estás guapísima —añade Lach, con una sonrisa.

Yo asiento, sin poder hablar mucho, porque el corazón me sacude por dentro.

Pum, pum.

Me tiemblan las piernas cuando me giro para mirar al campo y veo que Nate recoge una pelota que rebota hacia él desde el otro extremo. Se gira para devolvérsela a su compañero y sus ojos se cruzan con los míos.

La cara de bobo que se le queda siento que es un reflejo de la mía. Frunce el ceño, como si se estuviese cuestionando si necesita gafas mientras la pelota se le escurre entre las manos.

Dottie me aprieta la mano.

—Acércate, venga —susurra.

Intento dar unos pasos hacia el extremo de la barandilla, pero no puedo. Sin embargo, él no tiene ese problema porque ya está viniendo hacia mí.

Ignorando los gritos de su entrenador y las miradas de todo el estadio, Nate llega hasta el borde de la grada, se apoya en la barandilla y estira los brazos hacia mí, y parece ser que eso es lo que necesito para que mis pies reaccionen.

Nuestros cuerpos se reconocen como pueden, debido a la separación que hay entre nosotros.

Está empapado, pero incluso hasta así huele bien. Se separa de mí y se queda a unos centímetros de mi cara.

—¿Eres real? ¿De verdad estás aquí?

—Tan real como que vas a ganar este partido.

Nate suelta una risa incrédula, una que le ilumina los ojos de esa forma que tanto he echado de menos. Sin importarle que haya miles de personas mirando, tira de mí hasta que nuestros labios se chocan y siento el sabor salado del sudor de su piel mezclado con el mío.

No es un beso de película, es mejor. Es un beso desesperado, lleno de promesas, amor y futuro.

El estadio entero estalla en vítores y silbidos, pero a mí me da igual. Me aferro a su cuello, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi pecho a través de la camiseta.

Un silbato suena estridente en la pista, rompiendo nuestra burbuja.

Nate se separa apenas unos milímetros, apoyando su frente contra la mía.

—Estás aquí.

—Estoy aquí, Nate. Y no pienso irme a ninguna parte.

Él me da un último beso rápido, comedido, en la comisura de los labios, y me guiña un ojo antes de soltarme.

—Entonces prepárate, Moon. Porque este partido va por ti.

Se da la vuelta y corre de regreso al centro de la cancha, y, mientras lo veo alejarse con su apellido en la espalda, sé que, pase lo que pase, ya he ganado.