Breathe Out (Silver Springs 1) 56. Una pequeña gran familia. Nate Miller
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56. Una pequeña gran familia. Nate Miller

Nate Miller

RADIO brEAKING NEWS — Nate Miller hace historia

Nate Miller, escolta estrella de los Silver Bears, ha batido esta noche el récord histórico de triples de la NCAA con tan solo veintiún años, firmando una actuación que ya se considera uno de los momentos más icónicos del baloncesto universitario moderno.

En el último partido del March Madness, Miller ofreció un espectáculo inolvidable: triples imposibles, ritmo imparable y una sangre fría impropia de su edad.

Con treinta y nueve puntos y un acierto exterior que rozó lo absurdo, coronó a los Silver Bears como campeones indiscutibles de la competición.

Su actuación ha desatado una auténtica batalla en la NBA: Lakers, Celtics, Knicks y Warriors son solo algunos de los equipos que han mostrado interés de forma oficial. Fuentes internas aseguran que «Nate Miller es el jugador que todos quieren y él tendrá la última palabra».

Sin embargo, los más cercanos aseguran que el «Chico estrella» no tiene prisa por firmar contratos multimillonarios. Al parecer, su prioridad actual no está en la costa oeste ni en la este, sino en algún lugar mucho más personal que, por ahora, mantiene bajo llave.

Miller, que ha sido tendencia mundial durante toda la noche, se perfila como uno de los talentos más prometedores de su generación.

Un fenómeno que combina técnica, carácter y un instinto competitivo fuera de lo común.

Pero más allá de los números, una cosa está clara:

La era Nate Miller acaba de empezar.

Dejo el periódico sobre la mesita de noche y suspiro, frotándome los ojos. Es extraño leer sobre ti mismo en tercera persona, como si ese «Nate Miller» fuera alguien que no conozco, pero que soy yo al cien por cien. El Nate del periódico es una estadística, una promesa de dinero y fama.

El verdadero Nate es el que está ahora mismo en la cama, viendo cómo la chica de sus sueños se pasea por la habitación llevando puesta nada más que la camisa que me puse anoche en la celebración.

Keyla se está terminando de peinar frente al espejo. La camisa le queda enorme, cayéndole hasta la mitad de los muslos, dejando un hombro al descubierto. Es la imagen más sexy que he visto en mi vida, mucho mejor que cualquier portada de revista.

No sé si se da cuenta de la tortura que es para mí tenerla así, con tan poca ropa, cuando está cerca de mí.

—¿Dice algo interesante? —pregunta ella, atrapando mi mirada en el reflejo.

Estiro el brazo para atraparla por la cintura cuando pasa cerca de la cama.

—Lo único interesante está aquí.

Keyla se ríe y me regala mi sonido favorito, dejándose caer sobre la cama. Huele a caramelo y a mi gel de ducha de olor a sándalo. Enredo los dedos en su pelo, tirando suavemente de ellos hasta que su boca queda a milímetros de la mía.

—Tengo hambre, Blake —susurro contra sus labios.

—Yo también —susurra, deslizando la mano por debajo del borde de la camiseta.

Ella jadea cuando mis dedos suben un poco más y el beso se vuelve más profundo, más urgente. Nos olvidamos del periódico, del baloncesto y de todas las personas que nos esperan abajo.

Nuestras lenguas se enredan y cambian de lugar cuando baja la cabeza sobre mi cuello. Lo humedece y me pone un dedo en los labios para que le deje hacerme lo que ella quiera.

Poniéndose cómoda sobre la cama, se sube encima de mí hasta ofrecerme unas vistas que solo pueden llegar a ver los dioses.

—Madre mía, Moon.

—¿Qué?

—Ya sabes qué.

Keyla se inclina un poco más hacia mí, y puedo sentir el peso suave de su cuerpo encajando justo donde más lo necesito. Su respiración me roza la mandíbula; sus dedos, finos y fríos al principio, dibujan una línea lenta por mi pecho que me hace apretar los dientes.

—No, no sé qué. —La cara que pone hace que me duela la entrepierna.

—Me vuelves loco, joder —digo con una mueca de dolor.

—No sé por qué… —repite ella, con esa voz que usa cuando quiere hacerme perder la cabeza.

—Keyla… —Mi voz sale ronca.

La atraigo hacia mí con una mano en su mandíbula y la otra en su culo, y cuando estoy a punto de empezar a jugar con mis dedos…

—¡Tortolitos! —La voz de Avery suena detrás de la puerta—. ¡Arriba las manos! Voy a entrar.

Keyla se tensa encima de mí y suelta una risa ahogada, apartándose el pelo de la cara.

—¡Ni se te ocurra entrar, Avery! —grita ella, aunque se está riendo.

—Vale, no entro. Pero la abuela Dottie dice que si no estáis abajo en cinco minutos, se comerá vuestras hamburguesas. La barbacoa está lista.

—¡Allí estaremos! —responde Keyla.

Escuchamos los pasos de Avery alejarse corriendo por el pasillo. Nos miramos un segundo en silencio y estallamos en carcajadas.

—No vamos a tener ni un momento de paz estos días, ¿verdad? —bromeo, dándole un último beso rápido antes de dejarla ir.

—Bienvenido a la familia que hemos creado, Nate Miller.

Cuando bajamos al jardín trasero, la escena que nos recibe es digna de enmarcar.

El sol de la tarde baña el césped donde Wyatt y Aiden están intentando enseñar a Will a lanzar un balón de fútbol americano, aunque creo que Will está más interesado en explicarles la física detrás de la trayectoria.

Lach es el encargado de la parrilla, con un delantal ridículo en el que se lee «Besa al cocinero», mientras discute con Dottie sobre el punto exacto de la carne.

Maggie y Asia están sentadas en las tumbonas con copas de vino, riéndose de algo que Avery está escenificando con gestos exagerados en medio del jardín.

Parece que han hecho buenas migas y ahora mismo solo puedo pensar en que por fin tengo todo lo que quiero entre mis manos, y he conseguido que las personas que quiero también puedan disfrutarlo.

—Míralas —susurra Keyla, apoyando la cabeza en mi hombro—. Parece que Maggie y Asia han hecho buenas migas.

—Asia necesitaba conocer gente, salir del pequeño círculo de máxima seguridad en el que se había encerrado conmigo y con la abuela.

—Pues le va bien, ¿no?

—Todo gracias a ti. —La cojo por la cintura.

—Es gracias a los dos. Mitad y mitad.

Keyla va junto a sus amigas, aprovechando que ve poco a Sienna debido a su trabajo. Se tira encima de ellas y empiezan a reírse mientras miran el teléfono de Avery, que parece estar enfadada por las bromas.

—Nate.

Una voz detrás de mí hace que me enderece. Sé de quién es esa voz y, aunque me cueste reconocerlo, me hace feliz que esté aquí.

—Papá —miro al microbio que está escondido, como ya parece ser costumbre, detrás de él—, pequeño Theo.

— Mo-mi-na .

—¿Otra vez hambriento? ¡Has comido hace una hora!

—Presiento que se parece a alguien —digo con una sonrisa.

—Hola, chicos —dice Keyla rodeando mi cintura—. Soy Keyla. Tú debes de ser el pequeño Theo, ¿verdad?

El pequeñín tímido que solamente interactúa con mi padre sale corriendo hacia ella. Keyla, sorprendida, lo recibe agachada con los brazos abiertos para cogerlo en brazos.

—Vaya, parece que le gustas, Keyla. —Mi padre alarga la mano—. Soy Bobby.

—Encantada. —Keyla intenta darle una mano, pero no lo consigue porque el pequeño Theo no para de darle besos.

—¿Cómo están mis chicos favoritos? —La abuela estruja a papá.

—Mamá, dime que has hecho salsa ranchera. Necesito una cantidad ingente de ella para sobrevivir a este crío.

—He hecho una degustación de salsas, Bobby. ¿Te acuerdas de la que te hice aquella vez con hierbas?

—¿La que hiciste una vez y nunca más?

—¡Esa! Es que me había olvidado de la receta.

Mientras hablan, vamos colocando las mesas para sentarnos al aire libre del jardín. Estamos todos: la familia al completo.

Me siento extraño porque, por una vez en la vida, siento que no me falta nada. Había estado buscando tanto fuera de mí que me olvidaba de que hay una parte del interior que no se puede llenar con nada más que con la compañía de la gente que quieres y que te quiere.

Comemos hasta reventar: costilla, salchichas, patatas asadas e incluso tarta. Las chicas están cantando en un karaoke improvisado que se han hecho, pero falta Avery, que lleva un rato desaparecida.

Mi padre y Will hablan, y la abuela y Maggie han hecho muy buenas migas.

Es curioso, casi irónico, cómo funciona la biología.

Nos pasamos la primera mitad de nuestra vida creyendo que el árbol genealógico es una sentencia, un mapa inamovible que dicta quiénes somos y a quién debemos lealtad.

Nos dicen que la sangre es un lazo sagrado, pero nadie te advierte que, a veces, esa misma sangre es la que más te hiela, la que te hace sentir pequeño, equivocado, o simplemente desgraciado en tu propia piel.

Creces pensando que el problema eres tú, porque no encajas en el molde. Y entonces, poco a poco, empiezas a soltar lastre. Es un proceso doloroso, casi quirúrgico, en el que vas podando las ramas que no te dejan ver el sol.

De ese bosque original, al final, apenas te quedas con uno o dos árboles.

Personas que, como tú, llevan las mismas cicatrices en la corteza.

Son esos supervivientes que comparten tu historia, que también fueron víctimas del mismo infierno y con los que te miras a los ojos sin necesidad de explicar nada, porque el dolor compartido crea un idioma propio.

Pero lo verdaderamente mágico ocurre después. Ocurre cuando dejas de lamerte las heridas y decides empezar a sanarlas.

Cuando sanas, te das cuenta de que el término «familia» es elástico, moldeable. Entiendes que el hogar no es un lugar físico ni un apellido compartido, sino una sensación. Y entonces, casi sin buscarlo, empiezan a llegar.

Son los perdidos, los rotos, los que también buscaban desesperadamente ser parte de algo. Almas que vagaban con sus propias grietas y que, de repente, encajan a la perfección.

Al final, terminas rodeado de esa pequeña gran familia.

Gente que no comparte tu ADN, pero que compartiría contigo el último aliento.

Y entiendes, con una certeza que te calienta el pecho, que la verdadera familia no es la que te toca en el sorteo al nacer, sino la que tú tienes la valentía de elegir y con la que decides quedarte a vivir.

Me quedo observando a Keyla un momento. Se ve radiante, con esa luz propia que siempre supe que tenía. Y sé que es el momento.

Carraspeo, llamando la atención de los más cercanos.

—Oye, gente —alzo un poco la voz.

Aiden deja las pinzas y Dottie se sacude el delantal.

—¿Os importa si os robo a Keyla un rato? Prometo devolverla en una hora… o dos.

—Tío, necesito tus trucos para tener tanto aguante. —Wyatt me da un codazo.

—Calla, capullo. ¿Es que no piensas en otra cosa?

—¿A dónde te la llevas? —pregunta Maggie.

—Es una sorpresa —respondo.

—Trae a mi chica sana y salva, Miller —dice Will.

—Eso está hecho.

Keyla me mira con curiosidad, frunciendo el ceño mientras la guío hacia la salida lateral del jardín.

—¿A dónde vamos? —pregunta mientras entrelaza sus dedos con los míos.

—Ya he dicho que era una sorpresa.

—Tus sorpresas me ponen nerviosa porque nunca puedo devolvértelas.

—Claro que puedes. Me has devuelto la capacidad de elegir mi propio camino. Esto no es un regalo, es una inversión en la única persona que creyó en mí cuando yo solo era un número en una camiseta.

—Pero, Nate, no necesito nada. Creo que ves cosas en mí que yo no veo, porque yo no puedo devolverte tanto.

—Eres asombrosa en todas las cosas que haces y quiero que puedas explotarlo para que el mundo pueda conocer un poco de ti, para que sea un mundo mejor.

Deja de caminar de pronto, pero sin soltarme la mano. Intento descifrarla, pero no lo consigo. Frunce la nariz y me sonríe con esos ojos brillantes.

—¿Sabes qué estaba pensando esta mañana?

—Dímelo —le pregunto mientras le acaricio la cara, acercándome más a ella.

—Puede resultar extraño, pero siento que conocerte ha sido como meterme dentro de una burbuja. Ahora siento que nada puede hacerme daño, porque todo lo malo que me pueda suceder pasa a través del filtro de tus ojos.

—Eso es el amor sano, Keyla. Tú me has dado esa misma fortaleza —digo, y siento que el pecho se me hincha por algo que no tiene nada que ver con el baloncesto.

Le pongo un dedo en los labios y vamos rumbo a su futura librería.

Ella no lo sabe, pero este trayecto va a cambiarle la vida.