54. Los sueños se cumplen. Nate Miller
Nate Miller
Estamos ridículos.
Esa sería la palabra más justa para definirnos.
Con un casco naranja en la cabeza, Asia, la abuela y yo nos preparamos para entrar en la obra.
—Pareces un huevo Kinder —dice Asia.
—Y tú pareces una niña de tres años —respondo mientras señalo su casco, dos tallas más grande.
Ella saca la lengua y la abuela resopla, ajustándose los guantes.
—A callar, que tenemos trabajo.
—A la orden, jefa.
—A ver, ¿tenéis los planos por ahí? Tenemos que explicarle bien lo que queremos.
—Planos y fotos de Pinterest listas y ordenadas, jefa —dice Asia.
—Dejad de llamarme así, ¡panda de borricos!
Las dejo discutir mientras alzo la mirada al frente.
Estamos ante la futura librería de Keyla, aunque ella aún no lo sabe. Se me ocurrió la idea hace unos días, después de que me contase que no sabe qué rumbo tomar en su vida.
Sé cómo quiero compensarle todos esos años de sufrimiento que ha vivido.
No en todo, porque eso es imposible, pero…
quiero intentarlo. No sé qué pasará en un futuro con nosotros, pero yo tengo claro que esta chica merece la pena.
Sea como sea nuestro paso del tiempo, siempre me sentiré orgulloso de haber aportado mi grano de arena a que sea feliz.
Lo que sé es que quiero que esté llena de tranquilidad y de proyectos que la hagan sentir valiosa, y nunca la he visto sonreír tanto como cuando está rodeada de libros.
Así que, haciendo uso de mi fortuna, he decidido poner la primera semilla de su futuro en marcha.
Sé que uno de sus sueños es visitar la librería inspirada en La Bella y la Bestia . Lo sé porque me lo contó en una de nuestras citas virtuales en las que nos dedicamos a ver películas con la cámara puesta.
Cuando terminó de llorar, me hizo saber lo mucho que le gusta, pero, como está en la otra punta del mundo, he decidido traer una librería parecida aquí para ella.
No quiero que sea igual, quiero que sea mejor.
Quiero que sea suya .
Un lugar que huela a pasteles, al igual que su pelo.
—Nate, mi niño —dice la abuela tocándome el brazo—, ¿estás seguro de que quieres hacer todo esto sin que ella lo sepa?
—Sí. Quiero que cuando esté preparada para volver, encuentre algo que sea solo suyo.
Asia me mira como si estuviera viendo un fantasma.
—Tío, eres la persona más moñas que conozco.
—Y aun así sigo siendo tu persona favorita.
—Solo porque todavía no conozco a un hombre mejor que tú.
Entramos por la puerta de madera blanca y vemos a los obreros tirando algunas vigas.
—Ey, todo el mundo al descanso —anuncia el que parece ser el jefe—. ¿Qué pasa, jóvenes? Soy Benjamín, el jefe de todos esos mequetrefes.
Es un señor que, aunque parece mayor, se ve atractivo para su edad. Es como una versión mejorada de Papá Noel: pelo blanco, barba cuidada, piel tostada, brazos fuertes, camisa de cuadros arremangada hasta el antebrazo. Mi abuela se pone tan recta que casi se le cae el casco.
—Benjamín, bonito nombre —dice ella, bajándose las gafas con la punta del dedo.
Asia y yo nos miramos al instante.
Oh, no.
—¿Y usted debe de ser…? —pregunta él, sonriendo como un tío experimentado que sabe bien lo que hace.
—Apostaría a que lo sabes —responde la abuela, apoyando la mano en la cadera con una coquetería que no la veía desde que Clint Eastwood era joven .
—La abuela —susurro entre dientes, muerto de la vergüenza.
—La mujer más guapa que ha entrado hoy por esa puerta —dice Benjamín.
Asia ahoga un chillido y la abuela se abanica con los guantes de la obra.
—Ay, por favor…, este hombre quiere matarme de un infarto.
—Uno no se encuentra todos los días mujeres tan hermosas, así que si os parece bien, niños, voy a darle una vuelta a vuestra abuela para que vea cómo va la obra.
—Por mí perfecto —responde Dottie antes incluso de que Asia o yo abramos la boca—. Me encantan los hombres con iniciativa.
—Y a mí las mujeres determinadas —dice él, tendiéndole el brazo.
Ella lo toma como si llevara toda la vida esperando ese maldito momento.
—¿Estás viendo esto? —murmura Asia, sin poder contener la risa—. La abuela se ha enamorado.
—Por favor, no quiero esa imagen en mi cabeza.
—¿Crees que se gustan?
—Creo que a ella le gusta mirar y a él le encanta que lo miren.
Empezamos a caminar por la librería y vemos algunos detalles que han ido cambiando estos días con las pocas indicaciones que les di. Quiero que empiecen cuanto antes, porque no sé exactamente cuándo volverá, pero espero que sea pronto.
Este edificio era un viejo museo renacentista, por lo que tiene partes como la escalera de caracol blanca que sube hasta el piso de arriba que vamos a aprovechar. Todo lo demás será para remodelar.
—Nate —dice Asia tocándome el brazo—. Esto es precioso. Lo que estás haciendo por ella…, y por ti también, es increíble. Creo que te hacía falta encontrar algo así.
—Estoy seguro de que vais a ser grandes amigas.
—Pensar que dos personas pueden vivir cosas tan… parecidas y que la vida las lleve por caminos tan distintos, en parte, me horroriza.
—La vida es muy injusta, Asia.
—Lo es…, pero crecer sin padres…
Veo cómo se entristece su mirada.
—Crecer sin eso es mala suerte, sí, pero mírate: nos tienes a nosotros, y estoy seguro de que pronto también la tendrás a ella.
—Tengo muchas ganas de que me contagie su pasión por la lectura.
—Oh, créeme que lo hará. Es muy persuasiva con sus libros.
Subimos al piso de arriba y me apoyo en la barandilla para ver las vistas. Echo un vistazo alrededor y me imagino el futuro lugar que será esto.
La abuela nos busca desde el piso de abajo con las mejillas coloradas y, cuando nos ve, viene directa a nosotros.
—Bueno, ¿qué te parece el sitio?
—Tenías razón, abuela, tiene mucho potencial.
—Donde esté el ojo de una abuela…
Le lanzo una de esas miradas de gratitud que solo tienen los nietos para sus abuelas y le doy un abrazo.
—Gracias por todo, abuela.
—Sí, por todo lo que has hecho por nosotros. —Asia se une al abrazo—. Eres la mejor del mundo mundial.
—Yo tampoco puedo vivir sin vosotros. ¡Miraos! Si es que sois clavaditos a mí.
Deshacemos el abrazo para mirarnos entre Asia y yo, que, físicamente, no podemos ser más diferentes, y nos echamos a reír.
—Oye, Dottie…
—No me llames así, para ti solo tengo un nombre, muchachito.
—Abuela —corrijo—. Sé que no hemos hablado de lo de papá estos meses, he querido dejarlo pasar, pero… estaba muy enfadado.
—No te he juzgado, niño. Sé que ha sido muy difícil para ti.
—Es que no me lo esperaba… Ha aparecido de repente y…, mierda, abuela.
—Sí, sé que fue una mierda de padre para ti, pero es mi hijo y yo quise darle una última oportunidad.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —Aprieto los puños sin darme cuenta.
—Quise hacerlo, pero no creía que fuese mi papel. Hice un trato con él hace quince años que ha cumplido ahora.
—¿Un trato?
—Mira, cariño. Cuando papá tuvo todos esos problemas yo era la última que lo quería cerca de ti.
Así que cuando volvió a mí después de pasar un tiempo en un centro de desintoxicación hicimos un pacto.
—Se acerca más a mí hasta quedar frente a frente—.
Si en unos años seguía limpio, entonces se habría merecido esa segunda oportunidad y le dejaría hablar contigo, pero, si no…
, no quería que se te acercara para ilusionarte y luego volver a equivocarse.
—Lo hiciste para protegerme…
—Siempre, Nate. Quiero a mi hijo, por el amor de Dios. Pero para mí Asia y tú sois lo más importante.
Lo hizo por mí. Todo este tiempo de secretismo fue para que yo no saliese más herido.
Me siento como una mierda por haber pensado mal de ella. No se lo merece.
—¿Crees de verdad que ha cambiado?
—Chico, nunca he visto a un paciente progresar así. Estoy muy orgullosa de él, cariño, y no por ello te pido que lo entiendas, pero se ha esforzado mucho por salir de esa adicción y ahora mismo te puedo asegurar que es un hombre nuevo.
Me quedo pensando en las segundas oportunidades, en lo que significaría eso.
Sé que mi madre no va a cambiar, al menos sin ayuda psicológica y sin autocrítica.
Veo demasiado lejos ese momento porque es muy testaruda y nunca ve sus errores.
Me ha mentido, me ha manipulado, ha hecho de un niño un producto, moldeando su personalidad hasta convertirla en un títere, y eso no puedo perdonarlo sin un arrepentimiento real.
Y mi padre…, joder. Charlotte lo echó cuando yo era muy pequeño y, aunque fuese por mi bien, no puedo evitar culparla.
No creo que Bobby haya tenido nunca el mal fondo de mi madre, porque me privó hasta de ir con la abuela durante algún tiempo.
Él se preocupaba, dentro de sus posibilidades, en hacer de mí una persona con hobbies de niño, no con obligaciones, así que por un momento pienso en la posibilidad de empezar de cero con él.
—Quizá le dé una oportunidad, abuela.
—Si lo haces yo estaré a tu lado, y muy orgullosa de que sepas perdonar, pero no tendrías por qué hacerlo. El daño que te hizo fue muy grande, chico, así que solo tu corazón podrá decidir abrirle esa puerta.
—Supongo que a veces hay que dar un paso atrás para dar dos al frente, ¿no?
—Exactamente, cariño. —Me aprieta la mejilla con cariño—. No todo el que se va lo hace porque no te quiera. A veces se pierden porque hasta los padres son padres por primera vez, y nadie nace enseñado.
Me paso una mano por la nuca, en un intento de reordenar los pensamientos que bullen en mi mente.
Asia me da un codazo suave y me mira ladeando la cabeza.
—Si necesitas hablar con él, la abuela y yo estaremos para acompañarte.
—Gracias, peque. —La estrujo agarrándole la cabeza.
—No soy tan pequeña —protesta, ofendida.
—Para mí siempre lo serás —respondo dándole un beso en la sien.
Apoyo otra vez los antebrazos en la barandilla y me imagino a Keyla andando descalza por su futura librería mientras coloca los libros en la estantería. Lleva puesta una camisa abierta y está increíblemente sexy, mientras que yo, al contrario, la estoy mirando con cara de gilipollas.
Solo de pensarlo siento una presión entre las piernas, así que sacudo la cabeza.
Joder.
Me tiene a sus putos pies.
Puedo verla con claridad en mi mente, abriendo la puerta por primera vez.
Es una sensación rara. Como calma. Como… paz, supongo.
El tipo de paz que solo aparece cuando, por fin, estás construyendo algo que de verdad importa. Algo que no es fama, ni dinero, ni partidos. Algo que por fin estoy eligiendo por mí mismo.