53. Un segundo, un minuto, unas horas. Nate Miller
Nate Miller
Dos meses después.
Dicen que el tiempo es relativo. Para mí, estos dos meses han sido la definición exacta de la eternidad.
Sesenta y un días sin verla. Sesenta y un días de videollamadas, mensajes a deshora y una sensación constante de que me faltaba un brazo, o quizá un pulmón.
Por eso, cuando vi el hueco en el calendario de entrenamientos, no lo pensé.
Compré el billete más caro de mi vida para un vuelo de ida y vuelta en el mismo día, y, si alguien me pregunta, es la mejor decisión que he tomado nunca.
Aterrizo en Portland con el tiempo justo y una cómplice al otro lado del teléfono.
—Estamos entrando por la zona norte de la feria —me susurra Avery al móvil—. Donde la noria. No la cagues, Miller. Si la haces llorar te mato.
Cuelgo y guardo el móvil en el bolsillo de la cazadora. El ambiente es bastante mágico, como le gusta a ella.
En estos meses he podido conocerla en profundidad, porque, aunque no ha pasado ni un año desde que Keyla llegó a mi vida, su manera asombrosa de mostrarse al mundo hace que sea transparente para mí.
Hemos tenido muchas conversaciones. Nos hemos llamado cada día durante al menos dos horas, hemos cenado juntos e incluso hemos visto El diario de Noa con Avery. Lo cierto es que fue divertido, sobre todo con los comentarios de Avery en las escenas más románticas.
Son las fiestas de la ciudad y todo huele a palomitas y a algodón de azúcar. Me abro paso entre la multitud, buscando ese tono cobrizo que reconocería entre un millón.
A lo lejos veo a una persona brillar por encima de las demás, abrazándose la tripa mientras se ríe junto con su amiga. Se merece tener eso y todas las cosas buenas que se le puedan desear a alguien.
Camina entre los puestos de juegos y se para en uno, mirando hacia arriba mientras espera que Avery decida participar con ella.
Lleva el pelo mucho más largo que la última vez, cayéndole en ondas casi hasta el final de la espalda.
Su jersey de lana se encarga de que el corsé que lleva debajo no deje ver cómo se le marca la cintura, pero yo…
yo sé cómo es esa curva, y pensar en ella hace que se me seque la boca.
Me voy acercando cada vez más, rodeando uno de los puestos para poder asaltarla desde atrás. Avery me ve y sonríe con malicia, haciéndole una señal con la cabeza a su amiga para que se gire, pero ella está distraída mirando las luces.
Está tan bonita en libertad, sin sentir miedo hacia el entorno que la rodea, que me dan ganas de quedarme aquí unos segundos más, viéndola volar.
Me acerco sigiloso.
Estoy a dos pasos de su pelo.
Ahora a uno de esos ojos color tierra mojada.
—Disculpa —digo en voz baja a un centímetro de su oreja, algo que sé que le provoca escalofríos—. ¿Sabes dónde puedo encontrar a la chica más bonita de Portland? Me han dicho que le encantan los libros y dar abrazos, pero no veo que me esté dando ninguno.
Keyla se queda congelada antes de girarse hacia mí.
Cuando su cara pecosa se encuentra con la mía, doy el último paso que nos separa y la envuelvo en mis brazos, levantándola del suelo.
Ella suelta un grito de alegría, como esa niña pequeña que lleva dentro que tantas veces me hace sonreír.
Sus gritos se convierten en risa mientras se aferra a mi cuello como si su vida dependiera de ello.
Hunde la cara en mi hombro y yo la respiro a ella, esa mezcla de canela y vainilla.
Hogar.
—Estás aquí —susurra contra mi chaqueta, con la voz temblorosa—. Estás aquí de verdad.
—Estoy aquí, Moon. —La aprieto más fuerte, cerrando los ojos—. No podía aguantar un día más sin verte.
La bajo despacio, pero no la suelto. La miro a la cara, recorriendo cada una de sus pecas. Tiene los ojos brillantes, al borde de las lágrimas, decorados por sus enormes pestañas negras.
—Pero… ¿cómo? —pregunta, tocándome la cara con manos frías—. Tienes entrenamiento mañana. Estás en la otra punta del país.
—En un avión de ida y vuelta. Solo tengo unas horas, pero tenía que verte.
—Estás loco.
—Loco por ti. —Le doy un beso rápido en la frente—. Creo que eso ya lo sabíamos.
—Bueno, parejita —interrumpe Avery, apareciendo a nuestro lado con una sonrisa de oreja a oreja—. Mi trabajo aquí ha terminado.
—Avery, ¿tú sabías esto? —le recrimina Keyla, aunque sonríe.
—Obvio. Soy la mejor amiga del mundo y la mejor celestina de la historia. —Nos guiña un ojo—. Os dejo solos. Tengo una cita con un algodón de azúcar gigante y quizá con algún bombero local. Disfrutad. ¡Y no hagáis nada que yo no haría!
Se da media vuelta y desaparece entre la gente, dejándonos en nuestra propia burbuja.
Entrelazo mis dedos con los de Keyla. Se siente tan natural, tan correcto, que duele pensar que en unas horas tendré que soltarla.
—¿Vamos a dar una vuelta? —propongo.
—Vamos.
Caminamos por la feria sin rumbo fijo. Compramos un algodón de azúcar rosa gigante que compartimos, manchándonos los dedos y riéndonos como niños.
Le cuento sobre el equipo y sobre algunas ofertas de la NBA que he tenido.
Ella me cuenta sobre sus progresos en terapia, sobre cómo la primavera está tiñendo Portland de rosa.
Hablamos de todo lo que hablamos en cada llamada, pero esta vez piel con piel.
—Vamos a la noria —dice ella de repente.
—¿No te da miedo la altura?
—Contigo no.
Me saca una sonrisa enorme porque estoy jodidamente orgulloso de los progresos que ha hecho. Se ha esforzado tanto que hace que el pecho se me hinche al pensar en ella.
La cojo de la mano y la ayudo a subir a una de las cabinas balanceantes. Keyla se sienta a mi lado, pegada a mí, con la cabeza en mi hombro. Paso el brazo por encima de ella, protegiéndola del frío, porque sí, en Portland casi siempre hace frío.
—Te he echado mucho de menos, Nate —confiesa en voz baja—. Más de lo que pensaba que era posible echar de menos a alguien.
Yo también. A veces miro a la grada buscando tu pelo, con la esperanza de que me des una sorpresa y, cuando recuerdo que no estás, el partido pierde un poco de sentido, aunque me saca una sonrisa pensar que no te encuentro porque estás cuidando de ti.
—Mucho de lo que he conseguido es gracias a ti.
—No lo es. La única que ha ido a terapia has sido tú, semana tras semana, esforzándote en arreglar el daño que otros te han hecho. El mérito es todo tuyo, Keyla la valiente.
Me coge la cara con ambas manos antes de entrelazar su lengua con la mía. No es un beso ansioso, sino comedido, saboreado. Percibo la humedad y la calidez de su boca mientras me dedico a enredar mis dedos en su pelo.
Joder, cómo la echaba de menos.
Necesito más de ella cada día porque es una obsesión para mí.
—¿Crees que… crees que algún día tendremos esto? —pregunta ella, mirando a una familia que va en la cabina de abajo.
—¿Una familia o vernos todos los días?
—Las dos. Me da miedo, Nate. Mis padres…, bueno, ya sabes. Me da miedo no estar a la altura el día de mañana y repetir los patrones que he vivido.
—Lo estarás, Keyla. Mi madre tampoco ha sido un ejemplo, pero ¿a que tú no dudas de mí?
—Claro que no. Sé con certeza que vas a ser un papá increíble.
—Pues ves lo mismo que yo en ti. Eres buena, Keyla, y precisamente por lo que te ha pasado sé que no traerás una vida al mundo hasta sentirte preparada y con la madurez suficiente para ello.
—¿Crees que sabré cuándo es el momento? Siento que todavía necesito unos años más para terminar de vaciar mi mochila —suspira, triste.
—No vamos a repetir patrones, y no dudo que lo sabrás cuando llegue el momento, pero sobre todo ten en cuenta que no somos como ellos. No seremos nunca como nuestros padres.
—¿Tú quieres? —pregunta, vulnerable.
—Sí. —No dudo—. Quiero ser el padre que yo nunca tuve.
Quiero estar ahí y que vengáis a los partidos a verme cada uno con una camiseta.
Para ellos talla junior, por supuesto. —Keyla estalla a carcajadas antes de sumergir su nariz en mi cuello y agarrarme de la mano—.
También quiero que nuestra casa sea un refugio en el que leer cuentos por la noche y donde huela a lasaña todos los domingos.
—Tienes razón. Nosotros seremos diferentes. Aunque ahora mismo no esté en mis planes, primero quiero saber qué hacer con mi vida.
—¿Sigues con dudas?
—Este año me he centrado tanto en mi salud mental, en sanar, en estar bien…
, que he dejado la decisión de a qué dedicarme para la Keyla del futuro.
—Muerde un trozo de algodón de azúcar—. Pero sé que quiero estar rodeada de libros.
Quizá editora, bibliotecaria o tener mi propia librería, como la que alquilaste para mí.
—Te pega todo eso y te veo haciéndolo. Y se te dará genial.
—¿Y tú? —me pregunta—. ¿Qué hay de la NBA?
Suspiro, mirando las luces de Portland.
—Han surgido intereses. Mi agente dice que hay un par de equipos preguntando, ojeadores que vienen a los partidos… Pero todavía es pronto. Hasta que no acabe la temporada y llegue el Draft, no sabremos nada seguro.
—¿Te asusta?
—Me asusta que eso me aleje más de ti —admito, girándome para mirarla a los ojos—. Pero haremos que funcione. Esté donde esté. Quizá cuando te sientas lista quieras venir conmigo.
Estamos en la parte más alta de la noria. La cabina se detiene un momento, dejándonos suspendidos en el cielo. Keyla levanta la vista hacia mí. Tiene los labios un poco pegajosos por el azúcar y los ojos brillantes reflejando las luces de la ciudad.
—Te quiero, Nate Miller.
El corazón me da un vuelco.
—Y yo a ti, Keyla Blake.
Me inclino y la vuelvo a besar. Otra vez un beso lento, dulce, cargado de toda la nostalgia de estos meses y de todas las promesas del futuro.
Sus labios saben a algodón de azúcar y a fresa.
Siento sus manos frías en mi cuello y las mías en su cintura, acercándola más, queriendo fundirme con ella.
Allí arriba, con el mundo a nuestros pies, el tiempo, por fin, deja de importar.
El Uber espera con el motor en marcha frente a su casa. Si no me voy ya, voy a perder el vuelo. Keyla está de pie en la acera, abrazada a sí misma para protegerse del frío de la noche. Tiene los ojos rojos y sé que yo no estoy mucho mejor.
—No me gustan las despedidas —murmura ella. Me acerco y le cojo la cara con las dos manos.
—Esto no es una despedida, Moon. —Pego mi frente a la suya—. Es solo una pausa. En cuanto tenga el primer descanso, vuelvo. O vienes tú. Lo que sea.
—Ten cuidado en el vuelo. Avísame cuando llegues.
—Siempre.
Le doy un último beso, rápido, desesperado, intentando guardar su sabor para el viaje de vuelta.
—Vete ya o te secuestro y no te dejo subir a ese avión —dice ella con una sonrisa triste.
Me encantaría dejarme secuestrar.
Me obligo a separarme. Camino hacia el coche, sintiendo que cada paso me pesa una tonelada.
Antes de entrar, me giro una última vez.
Ella sigue allí, bajo la luz de la farola, con su jersey y su pelo revuelto por el viento.
Me dice adiós con la mano y yo le lanzo un beso al aire antes de meterme en el coche.
—Al aeropuerto, por favor —le digo al conductor con la voz ronca.
Miro por la ventanilla mientras nos alejamos, viendo cómo su silueta se hace pequeña hasta desaparecer.
Duele. Joder que si duele. Pero, mientras el coche avanza hacia la autopista, toco mis labios y todavía noto el sabor dulce del azúcar.
Ha valido la pena cada maldito kilómetro.