Breathe Out (Silver Springs 1) 52. Los buenos siempre ganan. Keyla Blake
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52. Los buenos siempre ganan. Keyla Blake

Keyla Blake

La justicia no es como en las películas; es lenta, burocrática y bastante desesperante, pero cuando Will entró en la cocina con la notificación definitiva me sentí verdaderamente en paz por primera vez en mi vida.

Travis ya no es una amenaza latente. Con mi declaración ratificada y las pruebas de la terapia, el juez ha dictado sentencia.

No hubo necesidad de enfrentarme a él cara a cara en una sala; mi voz, a través de los informes de Ellie, fue suficiente para cerrar la puerta de su celda.

Rose sigue en tratamiento, y, aunque todavía no me siento preparada para verla, saber que está a salvo me quita un peso que no sabía que tenía.

Avery lleva dos semanas en mi casa y desde entonces cada día pruebo un plato diferente de comida. No sabía que le gustaba tanto cocinar, pero mi tía Maggie parece encantada.

—Aquí pone… —Maggie se ajusta las gafas— cien gramos de azúcar.

—Es mejor echar cincuenta de azúcar y cincuenta de miel —responde Avery mientras remueve con ímpetu el cuenco con todos los ingredientes.

—¿Sí? Nunca lo había escuchado. Siempre cocino al pie de la letra.

—Es la magia de la cocina. A veces hay que improvisar porque las recetas no cuentan con el toque extra que le da cada persona que las cocina.

—Bien pensado.

Una placentera sensación de algo parecido a la felicidad se adhiere a mi cuerpo y dejo que repose ahí durante unos segundos.

Te lo mereces.

He pasado años creyendo que los momentos así eran solo para otros, pero aquí estoy ahora.

Cada día nos ponemos a cocinar más o menos dos horas antes de comer para poder hablar de todo y cotillear a gusto.

Lo cierto es que nunca había tenido a una amiga en casa.

Siempre había envidiado a esas chicas que hacían fiestas de pijamas cuando era adolescente mientras yo me pasaba los fines de semana sola y leyendo.

Supongo que necesitaba una amiga, y ahora tengo una que vale todo el dinero del mundo.

Sienna nos llama por las noches y nos enseña a Maui y a sus hermanos por FaceTime. Tengo debilidad por Milo; hay algo en sus ojos que me recuerda que la inocencia debe protegerse a toda costa.

—Y, entonces…, ¿estás quedando con un chico? —pregunta Maggie, sin levantar la vista de la masa.

—Bah, sí, pero no me gusta tanto como para que sea algo serio.

—¿Es aquel del equipo de hockey? —pregunto mientras voy precalentando el horno.

—El mismo. Se llama Dean.

—Suena a tío bueno.

—¡Maggie!

—¿Os creéis que me chupo los dedos? Aquí una ha sido una mujer muy sexu…

—No me traumatices, por favor. —Me tapo los oídos con las manos.

—Ay, cielo, no me seas puritana. Seguro que Nate es muy fogoso.

—Tierra, trágame.

Tanto Avery como Maggie parecen estar muy agradecidas por esta humillación y estallan en risas. Noto como el calor de mis mejillas disminuye y acabo acompañándolas.

—Bueno…, ¿y cómo es ese Dean? ¿Tienes fotos? —pregunto.

Avery se limpia las manos en el delantal y saca el móvil para enseñarnos a un rubio de ojos azules que quita el hipo.

—Vaya… —murmuro.

—Sí, vaya —responde—. Pero no es nada serio.

—¿Por qué no?

—Por ahora solo nos hemos visto una vez.

—¿Por ahora? —Maggie levanta una ceja, divertida.

Avery pone los ojos en blanco.

—Bueno, vale, sí. Puede que nos hayamos escrito todos los días desde entonces, pero estoy en una fase rara de mi vida. No sé si me gusta porque me gusta o… porque está como un quesito con mantequilla.

—Las dos cosas pueden ser verdad —digo metiendo la bandeja con cookies en el horno.

—Y, si este no es el adecuado, hay más peces en el mar, cariño.

Toc, toc.

—Rollito de crema —grita tía Maggie—, ¿puedes ir tú? Estamos con las manos en la masa.

—Voy —responde tío Will a lo lejos.

Debe de ser el repartidor.

Avery sigue removiendo la mezcla con una concentración tan intensa que parece que está resolviendo el ejercicio más difícil de un examen.

Maggie prueba un poco con la punta del dedo y hace un sonido de aprobación exagerado.

A veces pienso que no soy consciente de la suerte que tengo.

Mis tíos llegaron y, sin hacer nada para merecerlo, me hicieron la vida más fácil en todos los sentidos.

Incluso cuando todo se puso cuesta arriba, mis tíos estuvieron ahí.

Me acogieron, me cuidaron, y con ellos descubrí lo que era tener un hogar de verdad.

Una vida buena, tranquila, en la que nunca me faltó nada…, ni cariño, ni techo, ni esa sensación de pertenecer a algún sitio, pese a lo difíciles que eran los golpes fuera de la tranquilidad de mi casa.

Unos pasos me sacan de mi ensimismamiento.

—Key, esto es… es para ti.

A lo largo de mi vida me habían hecho muchos regalos, todos en forma de libro, y todos de parte de mi familia, pero nunca nadie me había regalado flores.

Mi tío me sonríe desde la puerta mientras sostiene un ramo enorme de mimosas.

Mi flor favorita.

El amarillo suave ilumina toda la cocina, el amarillo de los rayos de sol.

Avery se lleva una mano al pecho y finge estar a punto de desmayarse.

—Pero qué preciosidad —susurra Maggie.

—¿Es para mí? ¿Estás seguro?

—Creo que aquí solo hay una Keyla.

Entre los tallos hay un sobre blanco doblado por la mitad que pone mi nombre.

Para Keyla la valiente.

Atte. Nate

Abro el sobre y veo dentro una carta escrita claramente con su letra.

Día 1 siendo tan valiente como tú

Querida Keyla:

No pienso llenar esta carta de promesas, porque tú te mereces hechos, no palabras.

No tienes ni idea de lo difícil que está siendo saber que estás a kilómetros de distancia y que no puedo verte en persona para darte una explicación a tu altura, así que he pensado que, para asegurarme de que sepas que soy el hombre de tu vida, iré demostrándote todos los detalles en los que me he fijado de ti sin que te dieras cuenta.

Un día me dijiste cuáles eran las flores favoritas de tu abuela y, aunque no me dijiste que también eran las tuyas, me he atrevido a hacerte el ramo más bonito de ellas.

Puedo soportar estar lejos de ti, con la condición de que sigas sabiendo cada día que no pienso rendirme contigo.

—Voy a salir un momento, ¿vale?

—Claro, cariño, pero ¿estás bien?

—Sí, solo que necesito hacer una llamada.

Me pongo un jersey y salgo por la puerta. Por un momento me doy cuenta de lo fácil que ha sido y disfruto del viento que acaricia mi cara, agradecida de que esto no me suponga un esfuerzo.

Camino hasta el paseo del río y, mientras subo la cremallera porque hace un frío de muerte, saco el teléfono.

Mi reflejo aparece en la pantalla: los ojos húmedos por culpa del aire y ese brillo de ilusión que vuelve a aparecer en ellos.

Busco el nombre que llevo días evitando, pero que corre detrás de mí como si fuese una víctima a la que siempre consigue alcanzar.

El tono suena una vez, y él descuelga al instante.

—¿Keyla?

—Hola, superestrella.

—Hola, princesa.

Su voz.

Oh, Dios. Cómo la echaba de menos.

Sigo caminando mientras mis pies van haciendo sonidos distintos a cada rama que rompen.

—He recibido tus flores y eran absolutamente perfectas.

—Lo sé.

No lo veo, pero sé que está sonriendo.

—Espero que no te haya parecido demasiado.

—Me han encantado.

—¿Eran tus favoritas?

—Sí, Nate.

Veo a lo lejos un banco con vistas al que me gustaba ir a leer de pequeña. Cuanto más me acerco a él, más claro veo que es un buen lugar para hablar.

—Lo siento, Keyla.

—Vale.

—¿Crees que puedo arreglarlo?

—Me hiciste sentir miedo, Nate. Estaba asustada e insegura. Tú sabes por lo que he pasado, y aun así…

—Lo sé, lo sé…, era lo último que quería, pero la situación se complicó de la hostia, Keyla.

—Ya.

—He sido un jodido desastre.

—Bueno, y ¿quieres contármelo?

—¿Me darías esa oportunidad?

—Solo una.

Pasamos las siguientes dos horas contándonos con detalle todo lo que nos ha pasado en estos últimos días. Y, aunque podíamos haberlo hablado, ya no estoy enfadada con él.

A veces las personas no actúan como nos gustaría porque no son nosotros. No hacen las cosas a nuestra manera porque actúan según sus propias vivencias, sus carencias y sus miedos.

Nate se equivocó, pero yo también lo hice al no haberme dado cuenta de que, si estaba actuando de forma extraña después de tratarme tan bien, podría ser por algo malo.

Desconfié, como estoy acostumbrada a hacer, y lo saqué de mi vida sin una explicación. Ahora entiendo que en una misma historia siempre hay dos narradores y que para que el cuento funcione tienen que entenderse entre ellos.

No sabía hasta qué punto su madre le asfixiaba, hasta qué punto era capaz de hacerle daño. No puedo estar enfadada con él por ser víctima de alguien así, sobre todo cuando ha logrado sobrevivir y ser una buena persona aun habiendo crecido con ella.

—No quiero que pienses que espero que vuelvas corriendo. No quiero que sientas que…, joder, que te debo algo o que tú me debes algo a mí.

—Nate…

—Déjame acabar, por favor.

—¿Vas a decir algo malo?

—No, princesa. Solo quiero decirte que no quiero recuperarte para sentirme menos roto.

Eso no sería justo ni para ti ni para mí —continúa, despacio—.

Quiero… lo que ya teníamos antes de que todo se fuese a la mierda.

Quiero nuestras tonterías. Quiero tu voz cuando me cuentas cualquiera de tus sueños.

Quiero saber qué estás leyendo… y que formes parte de mi día a día.

Cierro los ojos, imaginándome ese futuro.

—Y, si necesitas tiempo —añade, respirando hondo—, lo tendrás. No pienso presionarte. No pienso pedirte nada de lo que no puedas darme. Ni ahora ni después. Quiero ir al ritmo que tú quieras ir.

—Me dolió mucho que desaparecieses poco después de…, ya sabes.

—El sexo, Keyla… —continúa, y su voz baja incluso más— no es lo importante para mí. Es solo una parte. Una que no necesito para sentirme cerca de ti. Para mí…, lo importante es que estés tranquila, segura. Que estés bien conmigo. Incluso si eso solo significa hablar diez minutos cada dos días.

Ay, mi corazoncito.

—No quiero que tengas miedo de lo que soy para ti ni que sientas que si te beso busco algo más. Porque no lo busco. Si tú no puedes darme más…, entonces no lo habrá. Y será suficiente. Te lo juro. No voy a hacerte daño ni a perderte por ir demasiado deprisa.

Una lágrima de alivio corre por me mejilla.

—Estoy aprendiendo a estar bien, pero me va a llevar tiempo.

—Lo sé, y estoy tan orgulloso de ti que no sé ni cómo decírtelo.

—Gracias por no pedirme más de lo que te puedo dar.

—Gracias a ti por darme más de lo que puedo pedir.