51. Una segunda oportunidad. Nate Miller
Nate Miller
Tal vez algún día respondas.
Tal vez te encuentre por la calle, con un gorro blanco en la cabeza y una nueva ilusión entre las manos.
Puede que te vea con tus libros, leyendo en algún banco mientras respiras la brisa del mar.
Quizá algún día…, solo uno, notes mi ausencia, pero saques de tu cabeza ese pensamiento, porque no es digno de ti.
¿Qué importa?
Esto solo son escenas que me invento para poder seguir con mi día a día.
El móvil siempre está encendido para ti, pero la pantalla sigue sin mostrarme tu nombre.
Me paso una mano por la cara para salir de mis pensamientos obsesivos, intentando quitarme un poco de sudor. La música retumba por todo el pabellón y aun así lo único que oigo es mi propia respiración.
Intento concentrarme en el calentamiento, pero es lo de siempre: estiramientos, tiros, bromas.
Hoy no tengo el cuerpo para esto, pero este partido puede cambiar cómo nos ven. Podemos pasar de ser una apuesta improbable a una de las predicciones fuertes para el March Madness.
Aunque anoche no pegué ojo, recuerdo todas las cosas que he sacrificado para llegar hasta aquí.
Avery me llamó cuando por fin dejé de correr por ese maldito aeropuerto. Me costó bastante abrirme con ella, pero creo que, si quiero dejar de ser el chico al que le asusta lo que siente, tengo que empezar a abrirme con los demás.
Le conté todo lo que había pasado estas semanas, con la esperanza de que me dijese que seguía siendo digno para su amiga. Cuando terminamos de hablar de mí, me contó que Keyla había tenido unos días muy difíciles y, aunque no quiso explicarme qué había pasado exactamente, me dejó caer alguna pista.
Cuando até los cabos suficientes no dudé en pagarle un billete de avión y, pese a sus negativas en ayudarla, terminé comprándolo yo directamente para que pudiera ir a cuidar de ella.
Ojalá la abrace tan fuerte como para quitarle de la cabeza que no merece ser querida.
El balón rebota gracias a mis manos y la adrenalina del público ya empieza a contagiarse. Aunque el cosquilleo que aparece antes de cada partido hoy no es tan intenso, tengo que sacar la motivación de donde sea.
Ganar ese puto torneo es lo que todo jugador sueña.
Lo que podría cambiarme la vida.
Económicamente ya tengo mucha libertad, al menos a medio plazo, pero jugar en la NBA sería justo lo que necesito para vivir la vida de mis sueños una vez me retire.
Podría darle a Keyla la vida que tanto se merece: una llena de descanso, de tranquilidad y de experiencias.
Todo lo que la adolescencia le ha quitado, todo lo que nunca ha tenido.
Este pensamiento debería ilusionarme.
Debería sentirme afortunado tan solo por haberla conocido.
Pero… ¿de qué me servirá tocar el cielo si no tengo a nadie con quien compartirlo?
¿Qué cojones es un logro si no tienes a quien mirar a los ojos después de conseguirlo mientras gritáis que lo habéis hecho juntos?
Me estoy ajustando la cinta del pantalón cuando veo a Wyatt, Aiden y Lach entrando por la zona VIP.
Van vestidos igual, con la sudadera del equipo que lleva mi apellido, y algo parecido al orgullo me hincha el pecho.
A veces creo que no merezco a estos idiotas.
Me acerco a la barandilla aprovechando que el entrenador ha salido.
—Tío, relaja esa cara de funeral —dice Wyatt—. ¿Ves a esos pringados? Van a ser tu cena.
—Eso, campeón —añade Lach de manera efusiva—. Mirada al frente, cabeza alta, como el puto prota de la película.
—Ya lo es —remata Aiden—. Estamos todos contigo, Nathie.
Antes de que pueda responder, escucho un pequeño rugido en la grada.
Ahí están: dos de las tres mujeres de mi vida. La abuela y Asia entran también con mi número a la espalda mientras se pelean por las palomitas.
En esta universidad todo el mundo conoce a la abuela por animar en los partidos como una auténtica lunática, así que al terminar, siempre que la ven le piden fotos.
Estoy enfadado de cojones con ella. Muy pero que muy enfadado, pero verla aquí es un recordatorio estúpido e increíble de que ella siempre está a mi lado.
Siempre.
Asia me lanza un beso y me hace un gesto con las manos para que espabile.
Sin perder más tiempo, le guiño un ojo y vuelvo corriendo hacia la pista que ya celebra que va a empezar el partido.
La grada vuelve a rugir y los focos inician el espectáculo. Las animadoras hacen la coreografía que marca la competición de estas futuras dos horas mientras el fuego del pabellón me calienta la nuca.
Los primeros minutos son un desastre.
Tengo los reflejos lentos por las pocas horas de sueño y, si yo ando mal, todo el equipo cae en picado.
Empiezo perdiendo un pase y fallo un punto bastante fácil. Algo que normalmente habría metido con los ojos cerrados.
El entrenador Wheeler gesticula desde la banda como si se estuviese cagando en mis muertos.
El marcador cae a un punto y el ruido empieza a mezclarse con un zumbido que se mete en mi cabeza.
Demasiada presión.
Demasiado peso a la espalda.
Sigo corriendo porque es lo que mejor sé hacer, pero estoy torpe de cojones.
—¡Miller —grita Wyatt desde primera fila—, eres el puto amo!
—¡Vamos Miller!
Un coro de voces me conecta con el partido. El escolta del equipo contrario me tira al suelo cuando va a encestar, pero el pitido que anuncia el final del primer tiempo hace que nos vayamos al descanso en empate.
Al llegar al vestuario, Wheeler lanza la pizarra contra una silla y pega un grito que deja blanco a Hayes.
—¡¿Qué coño estamos haciendo?! ¡Parece que estoy jugando con mancos!
Me dejo caer en el asiento, porque no pienso escuchar a este tío. Después de una retahíla de insultos y maldiciones se va dando golpes a las taquillas.
Cuando todos nos tomamos un par de minutos para nosotros mismos, busco el teléfono en la mochila para decirle a la abuela que reserve para ir a cenar, pero veo un mensaje que lo cambia todo. Concretamente, cambia toda mi actitud.
KEYLA Avery me ha contado lo que te ha pasado. Ojalá me lo hubieses dicho tú. Siento no haber estado para ti cuando lo necesitabas. Si me das unos días… hablaremos, pero no quiero que te olvides de que estoy aquí, siempre, justo detrás de los rayos de sol.
Un chute de energía.
Eso significa la chica de los ojos de café para mí.
Como llenarte los pulmones de golpe después de aguantar la respiración.
Como tener frío y ponerte un jersey recién sacado del radiador.
Como llegar a casa y que te hayan preparado tu comida favorita.
—Miller, ¿vamos? —Hayes me espera en la puerta del vestuario.
Asiento y guardo el móvil en la mochila.
El espectáculo del descanso está terminando, así que nos queda la mitad del partido para remontar.
Miro a la grada y por primera vez en días me echo a reír. La abuela y Wyatt están dando un espectáculo tan grande que a veces me olvido de si la gente ha venido a verme a mí o a ellos.
Están subidos a una de las vallas mientras miran al público y cantan la canción del equipo. Aiden los graba mientras Asia intenta que la abuela no se caiga hacia atrás. Lach me está mirando mientras enseña los dientes y se intenta comunicar conmigo haciendo movimientos con la boca.
—Tú puedes —me parece entender.
Empieza el segundo tiempo y tenemos veinte minutos para cambiarlo todo.
El rival mete los dos primeros tiros. La grada se tensa, se enfada, y escucho algún insulto, pero esta vez cojo con decisión el balón y lanzo varios tiros desde la línea de tres que entran sin esfuerzo.
No quiero que te olvides de que estoy aquí, siempre, justo detrás de los rayos de sol.
Intercepto el siguiente pase y me lanzo hacia la canasta haciendo una finta que entra con mucha elegancia.
La grada explota mientras el pelo se me pone de punta.
Mis compañeros están eufóricos porque en cinco minutos ya vamos quince arriba.
Wyatt grita algo que ni Dios entiende y la abuela parece que está poseída.
A partir de entonces todo fluye y el balón me quema en las manos.
Wheeler nos felicita desde el banquillo, mientras nos da un último empujón de motivación.
Cuando me sientan para que descanse un par de minutos, el equipo rival remonta.
Empate, joder.
El pabellón parece que va a derrumbarse y la gente está jodidamente fuera de sí.
Salgo cuando queda un minuto, pero me defienden entre dos.
Quedan quince segundos y robo el balón.
El escolta rival me cubre y es físicamente superior a mí.
—Hazlo, Miller. Enséñales a esos pardillos cómo mi mejor amigo es el puto amo.
Wyatt saca un megáfono que me confirma que, efectivamente, este tío está como una cabra.
Respiro una última vez.
Pienso en Keyla y en que quiero volver a coger ese culazo con las dos manos.
Hago un amago de ir hacia la izquierda y mi defensor cae en la trampa.
Cinco segundos.
Hayes, sin querer, me bloquea el camino.
Será gilipollas.
No tengo ángulo suficiente, pero salto igualmente justo cuando uno de los focos me ciega e irradia su luz hacia los lados.
Justo detrás de los rayos de sol.
Suelto el balón en un giro imposible mientras se hace un silencio absoluto.
El balón entra y mi gente estalla en gritos. Mis compañeros saltan encima de mí, la gente baja de la grada para acompañarnos en la pista y Wheeler saca una botella de champán que agita para echárnosla por encima.
Acabamos de coronarnos como uno de los mejores equipos de la liga y, mientras Wyatt, Aiden, Lach, Asia y mi abuela me abrazan entre todos, siento que por fin hay esperanza.