Breathe Out (Silver Springs 1) 50. Chocolate caliente especiado. Keyla Blake #2
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50. Chocolate caliente especiado. Keyla Blake #2

—Ojalá hubiésemos estado contigo en ese momento. Ojalá nunca hubieses tenido que revivirlo sola, pero lo has hecho. Y mírate: estás aquí. Eres increíble, Key.

Maggie me acaricia la mejilla con el pulgar.

—Te enviamos allí, al centro, no para librarnos de ti, cariño…, sino porque necesitabas profesionales que te acompañaran cuando todo esto saliera a la superficie. Queríamos protegerte, aunque no pudiésemos estar contigo.

—¿Creéis que podré tener alguna sesión online? Me sabe mal pediros esto, pero… me gustaría seguir yendo a terapia. Creo que empieza el trabajo de verdad para mí.

—Claro que sí. Lo hablamos con Ellie antes de que aterrizases.

—Me siento fatal por no haber acudido a ella e irme sin despedirme.

—Hiciste lo que sentías que necesitabas hacer y ella es terapeuta, pequeña, lo entiende.

Ahora los tres cargamos con una misma verdad. Una verdad antigua y dolorosa, pero que también nos recuerda que, incluso cuando una familia se rompe, de sus restos puede nacer otra nueva.

Así es la vida: pérdida, lucha… y renacimiento.

—Gracias —consigo decir entre lágrimas— por hacer ese esfuerzo.

—Por ti lo que sea. —Maggie bebe un poco de su chocolate.

—Hablaremos de esto cuando lo necesites, ¿vale? Pero ahora queremos que nos cuentes qué tal te ha ido por allí con todo lujo de detalles.

Me paso las siguientes horas hablando de lo bonito que es Silver Springs, el encanto de su gente, el clima tan pintoresco que tiene. Les enseño fotos de mi habitación, de Avery, Sienna y yo con la ropa sucia de peinar a los caballos…, y también les hablo de Nate.

Nate.

Llevo sin encender el teléfono desde que he llegado porque solo pensaba en llegar a casa. He estado tan centrada en mí que no he podido siquiera ver si por casualidad le habría pasado algo.

Claro que no, Keyla.

Se ha ido, fin.

A Will parece gustarle mucho Nate. Puede que ser un aficionado del baloncesto juegue a su favor, sí, pero después de contarle todos los detalles que ha tenido conmigo están seguros de que tiene una buena explicación.

Cuando ya no quedan fuerzas para llorar más, Will me da un beso en la cabeza y Maggie me abraza una última vez antes de que me encierre en mi cuarto.

Mi habitación sigue igual.

Los libros en las estanterías, en el mismo orden de siempre. Los cojines perfectamente colocados sobre el colchón.

Huele a casa, ese olor que he sentido tan lejos los primeros días, pero que también fui haciendo desde cero con otras personas. Y ahora, si me acuerdo de ellas, huelen exactamente igual a esto.

Enciendo el teléfono y lo dejo encima de la cama mientras me pongo el pijama. Cuando me estoy quitando los pendientes, veo que la pantalla parpadea sin parar, llenándose de notificaciones de Nate.

NATE Keyla, lo siento. Me ha pasado algo y me he comportado como un imbécil. No he sabido gestionarlo. Llámame, por favor.

NATE Estoy yendo al aeropuerto, si me lees, ¿puedes llamarme?

NATE No sabía que estabas así, lo siento. De verdad que lo siento, no he mirado el móvil en estos días porque… no podía.

NATE Tu avión acaba de despegar, y supongo que he sido demasiado gilipollas incluso para llegar a tiempo.

Te he fallado cuando me necesitabas, aunque pueda explicarlo, entiendo que no quieras perdonarme, pero nada me gustaría más…

, nada, que volver a tener tus labios sobre los míos.

Gracias por pegarme un poco de ti, Keyla la valiente.

Y, aunque sé que nunca te lo he dicho con palabras, te quiero, y ahora que mi vida está patas arriba, necesito saber si tú también me quieres a mí.

Me quedo mirando la última frase con las manos heladas. No solo él no ha estado para mí, sino que yo tampoco he estado para él, aunque no fuese mi intención.

Cuando voy a sentarme al borde de la cama para responder, escucho como Will grita mi nombre desde el piso de abajo.

—¡Keyla! Tienes visita.

Como si me hubiesen dado una patada en la boca del estómago, me pongo a temblar como un flan.

¿Me habrá visto alguna de las chicas que iban a mi clase?

—¿Q-quién… es? —grito desde arriba, apoyada en la barandilla.

—No sé, cariño. Será mejor que lo veas tú misma.

Bajo con miedo las escaleras porque si alguien quisiera hacerme algo, no vendría directamente a mi casa, pero la sola idea de que pueda encontrarme con alguna de esas personas por la calle me hace sentir enferma.

Maggie está de espaldas a mí, tapando a la persona que hay al otro lado de la puerta. Cuando se gira para mirarme con esa sonrisa maternal, aparece una figura con una coleta perfecta y las mejillas coloradas por el frío del exterior.

Una figura que sonríe en cuanto me ve, como si llevase una eternidad sin verme.

—¿Preparada para una visita sorpresa? —dice Avery, levantando la mano y dejando caer su maleta en el recibidor.

Me cubro la boca con ambas manos antes de sorprenderme a mí misma dando un salto hacia mi amiga, haciendo volar a las lágrimas de mis ojos con cada paso rápido que doy.

Avery se lanza sobre mí, me envuelve y en ese abrazo estoy otra vez en casa, otra vez con mis personas, otra vez en ese lugar en el que sanar es posible.

—Te dije que no te dejaría sola —susurra.

Hay heridas que solo se curan acompañadas. A veces, la vida te rompe…, y otras veces te envía a alguien que se sienta contigo entre los restos y te dice que está contigo, incluso cuando no sabes cómo hacerlo. Ese es el milagro de la amistad: aparece justo cuando crees que ya no te queda nada.