Breathe Out (Silver Springs 1) 50. Chocolate caliente especiado. Keyla Blake
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50. Chocolate caliente especiado. Keyla Blake

Keyla Blake

—Mi niña…, ven aquí —susurra Maggie, llevándose una mano a la boca antes de echarse a llorar—. Ya estás en casa, cariño. Ya estás aquí.

—Maggie…

—Siento no haber podido ir a recogerte. Tenía que dejarlo todo cerrado en el trabajo para poder quedarme unos días contigo.

Nos fundimos en un abrazo familiar, cálido y seguro, ese en el que por fin puedo soltar el cuerpo entero y llorar sin miedo. Me hundo contra ella, aferrándome al único lugar en el mundo que siempre ha sido seguro para mí.

—Aunque estés triste, sigues siendo la luz más radiante de Portland —dice una voz detrás de nosotras.

Me separo, con los pulmones quemándome por dentro. El suelo bajo mis pies se pone del revés y, aunque pensé que estaría más enfadada con él por estos meses de ausencia, supongo que el corazón sabe tomar mejores decisiones que la cabeza.

Tío Will está ahí, apoyado en la viga de madera, mirándome con esos ojos color miel. Sonríe, pero parece agotado. Lleva su chaqueta azul de siempre, y es esa familiaridad la que hace que salga corriendo hacia él.

—Te hemos echado tanto de menos, cielo —susurra contra mi pelo.

Me aparto para mirarlo de cerca, limpiándome las lágrimas con la manga del jersey. Necesito comprobar que todas sus pecas siguen en su sitio.

—¿Por qué has tardado tanto en volver?

Will suspira con un sonido largo, lleno de cosas que contar.

—No he estado trabajando como te había dicho, Key —responde finalmente—. He estado intentando hacer justicia.

—¿De qué estás hablando?

—Cielo, ¿pasamos al salón? —propone Maggie, tocándome suavemente la espalda.

—Mi amor, ¿podrías prepararnos algo calentito? Seguro que Keyla está deseando tu chocolate caliente especiado.

—¡Por supuesto! Además, he mejorado la receta. —Me guiña un ojo—. Poneos cómodos.

Nos sentamos en el salón de siempre, con la manta tejida por la abuela descansando en el respaldo del sofá y la taza de café que Maggie suele dejar en la mesa. Will se hunde en el sillón frente a mí, frotándose las manos como si necesitara valor para hablar.

—Keyla… —empieza, mirándome con una ternura que me preocupa—. Hace meses llegaron a nuestras manos unas… unas fotografías.

Siento como se me hiela la sangre. Me froto el pecho, donde el dolor que traigo de Silver Springs se está haciendo cada vez más punzante.

—No…

—Sí, cariño —confirma Maggie con suavidad, sentándose a mi lado—. Las mismas que tú recordaste hace días. Avery nos lo contó todo mientras volabas.

Por un momento me enfado con mi amiga por robarme mi verdad. No es justo que no sea yo quien lo cuente por primera vez.

—Ella no tenía derecho a contároslo.

—No, no, cielo. No te enfades con ella. Ha sido culpa nuestra.

—Keyla —Will coge la taza de la mesa—, nosotros le insistimos mucho. Lo siento.

El corazón se me desploma, pero una voz dentro de mí me explica que solamente quería ayudarme, así que lo dejo pasar porque, aunque no me lo crea, tengo una amiga que me quiere tanto como yo a ella.

—Todo empezó hace unos nueve meses —continúa Will—. Empezaron a llegarnos cartas rarísimas al buzón. Al principio pensamos que sería una broma de mal gusto, así que no te lo contamos para no preocuparte.

—¿Nueve meses?

—Sí, mi vida. Y sentimos no haber dicho nada, pero era complicado —explica Maggie—. No imaginábamos lo que vendría después.

—Con el paso de las semanas —sigue Will—, las cartas fueron volviéndose cada vez más… inquietantes. Hasta que un día nos mandaron unas fotografías tuyas de cuando eras muy pequeña.

—¿Qué tipo de fotografías?

Will traga saliva.

—Eran extrañas, Keyla. No salías desnuda, gracias a Dios, pero tampoco eran fotos que se le hiciesen a una niña. Salías maquillada, con ropa de lo más extraña y, aunque no exhibían nada de tu cuerpo, eran insinuantes.

—¿Quién las estaba enviando?

—Rose —responde él—. Tu madre biológica. Maggie y ella han mantenido algo de contacto estos años, pero mínimo. Era… complicado. Sabíamos que seguía con tu padre, así que preferíamos mantener distancia.

—¿Pero vosotros sabíais lo que él… lo que me hizo?

—¿Te refieres a cuando te adoptamos?

—Sí.

Mis tíos se miran con complicidad, Maggie le hace una señal con la cabeza para que continúe.

—Cuando fuimos a por ti aquel 27 de abril —empieza—, lo hicimos porque Rose llamó a tu tía escondida en un armario. Tú estabas en el colegio y Travis estaba fuera de sí. Rose temía que ese día os hiciera algo terrible.

—¿Ella también se drogaba?

—Ella no, cariño, pero mi hermana desde que conoció a tu padre se nubló. Perdió su brillo, y dejó de tener autonomía. Así que, cuando ese día descolgó el teléfono, te eligió por encima de todo, aun a sabiendas de las consecuencias.

Trago saliva, pero tengo la boca cada vez más seca.

—¿Su relación fue siempre tan terrible?

—Cuando empezaron a salir en el instituto él parecía el sueño de cualquier mujer.

Le regalaba flores, la recogía al acabar las clases y la llevaba a casa.

Su vida iba encaminada a ser bonita. Tenían dinero y todo lo que puede pedir una pareja joven, pero a mí siempre me había dado mala espina.

Observaba sus gestos, sus cambios de humor y cómo hablaba de las mujeres.

Al final mi teoría era cierta, pero Rose nunca quiso hacerme caso.

Travis no era malo porque se drogara; se drogaba porque ya era un monstruo.

La droga solo fue el acelerador de una maldad que ya vivía en sus ojos mucho antes de que tú nacieras.

Me cubro con los brazos en forma de mariposa para buscar algo de alivio.

—¿Estás lista para continuar, cielo?

Trato de asentir con la cabeza, aunque mi cuello está demasiado rígido para que parezca una respuesta.

—Sí.

—Para investigar —dice Will—, como Rose había dejado de responder, conseguí localizarla y hablar con ella a escondidas.

Estaba en los huesos, deprimida, atrapada.

Cuando vio las fotos que Travis había guardado todo este tiempo…

, no pudo más. Dijo que necesitaba que ese hombre acabase en la cárcel por lo que os hizo.

Maggie toma el relevo.

—Cuando empezamos a recibir las cartas, entendimos que Rose estaba pidiendo ayuda a su manera. Que quería que todo saliera a la luz, aunque ella no pudiera dar el paso.

—Y yo —añade Will, con la voz rota— no podía permitir que ese hombre siguiera suelto. No podía arriesgarme a que volviera a por ti algún día. Solo imaginarlo…

Nunca había visto a mi tío así. Él siempre había sido el equilibrio, la calma, el hombre que sabía qué hacer incluso cuando el mundo se esforzaba por hundirme en el suelo.

—Pero te pusiste en riesgo —digo al fin, y la frase sale pequeña, casi infantil.

—Por ti lo haría siempre, Key —responde sin dudar—.

Consultamos con psicólogos especializados en trauma infantil y todos dijeron lo mismo: que el riesgo de recordar todo de golpe en algún momento era real y, debido a que ya te encontrabas lidiando con las consecuencias de haber recibido acoso, necesitabas estar en un entorno terapéutico.

Aquí habría sido devastador. Por eso, cuando vimos lo del centro, no lo dudamos ni un instante.

Habríamos vendido la casa si hubiera hecho falta.

Mis dedos se aprietan entre sí. No recuerdo la cara de Rose… y la de Travis solo es un borrón, algo que agradezco.

—Al final lo logramos —dice Maggie—. Las fotos, las declaraciones y el historial médico de cuando eras pequeña, y entendimos por fin esas marquitas de tus brazos.

No fue un proceso rápido, cariño. Era algo que había ocurrido y no teníamos pruebas hasta que Rose encontró las fotos, pero llevábamos tantos años sin hablar y ella desvariaba tanto mentalmente que intentamos hacerlo a nuestra manera.

—¿Y… él? ¿Dónde está?

—Está en el calabozo, Key. Pero su abogado está intentando invalidar las fotos diciendo que son demasiado antiguas y que Rose no es un testimonio fiable por su estado mental —explica Will, con una sombra de frustración en los ojos—.

El fiscal dice que sin una ratificación de la víctima, el caso podría tambalearse.

Me quedo mirando mis manos. Durante años, esas manos han intentado borrar las marcas de mis brazos. Durante años, mi mente ha intentado borrar a Travis. Pero en Silver Springs alguien me ha hecho saber que no solo soy la chica con traumas, sino que también puedo ser valiente.

—Will —le interrumpo, y mi voz suena firme—. Llama a Ellie, la psicóloga del centro.

—¿Cariño? —Maggie me mira con preocupación.

—Voy a firmar el consentimiento de confidencialidad —sentencio—. Quiero que Ellie entregue el informe clínico de nuestras sesiones de EMDR. Quiero que mi historial de ansiedad y mis recuerdos recuperados se presenten como prueba pericial.

Will me mira con una mezcla de sorpresa y orgullo.

—Pero Keyla, eso significa que tus recuerdos serán públicos en el proceso...

—Me da igual —le corto—. He dejado que me traten mal durante demasiados años. Ahora voy a usar mi voz para que él no vuelva a ver la luz del sol. Travis está en la cárcel porque tú lo encontraste, Will; y se va a quedar allí porque yo voy a testificar.

—¿Te parece bien que vayamos mañana a primera hora?

—Me parece genial.

Esta es mi verdadera victoria: dejar de ser una víctima, hacerme cargo de lo que los demás me han hecho.

—¿Y Rose?

—Está ingresada en un centro de recuperación para mujeres maltratadas mientras recibe ayuda psiquiátrica después de estar toda la vida viviendo con un demente.

—Sigue viva gracias a ti —añade Will—. Si no se suicidó en estos años, fue porque quería encontrar la prueba para protegerte a ti, incluso teniendo que aguantar a ese desgraciado.

Mis tíos —mis padres de corazón— se miran a los ojos y se agarran las manos con fuerza.

—Las cosas que recordé fueron horribles —confieso—. Me sentía tan asustada…, muchísimo más que en cualquier día de instituto.

Mi tío mira hacia arriba mientras aprieta los dientes, como una forma de reprimir su llanto.