Breathe Out (Silver Springs 1) 49. Closing call, last call. Nate Miller
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49. Closing call, last call. Nate Miller

Nate Miller

Estoy agotado.

En serio, tan cansado que me cuesta mantener los ojos abiertos y centrarme en cualquier cosa que no sea el vacío del techo. Mi cabeza lleva días en bucle, y quedarme en casa encerrado salvo para salir a entrenar se está convirtiendo en mi único talento.

Y, aun así, dormir es imposible.

No es una depresión exactamente —o al menos eso me digo para convencerme—, sino que estoy mentalmente reventado.

El agobio hace que no pare de dar vueltas en la cama hasta el punto de que la sábana bajera acaba hecha un ovillo en el suelo.

Mi vida se ha convertido en una mierda compacta de problemas acumulados. Mi padre apareciendo después de años, esperando que le reciba con los brazos abiertos. Mi madre gritando mientras yo le decía que se fuera de casa.

Ahora esta mansión está vacía. Vacía de ruido, de peleas, de exigencias. Vacía en general.

Solo estamos Olivia, yo, y la señora de la limpieza que intenta hacer de este sitio algo parecido a un hogar todas las mañanas. Ni siquiera sé cómo aguanta este ambiente.

¿Cómo coño voy a jugar uno de los partidos más importantes del año?

Me río, pero no me hace ni puta gracia.

No sé cómo alguien se espera que me encuentre bien.

Mi abuela me ha llamado cincuenta y siete veces en las últimas cuarenta y ocho horas.

Cincuenta y siete. Supongo que llevar días sin descolgar el teléfono para hablar con ella tiene sus consecuencias.

Me la suda todo. No estoy preparado para hablar con ella, no después de saber que ha guardado silencio tantos años, echando a perder la posibilidad de ayudarme.

Me estoy convirtiendo en un desastre de persona. En uno de esos tíos que desaparecen. Y lo peor es que lo sé.

Llevo días sin escribirle a Keyla. Días imaginando su cara preguntándose qué coño me pasa, pero sin ser capaz de contestar. No en este estado. No con mi cabeza hecha trizas.

No quiero que me vea así de derrumbado, cuando ella también tiene su propia mierda. Supongo que no sé pedir ayuda porque no soporto que me vean débil.

No lo estoy haciendo bien.

Me estoy comportando como un auténtico hijo de puta.

Cada día que pasa la culpa pesa, por lo menos, cinco kilos más. Cinco kilos que se suman a los anteriores, hasta que me cuesta respirar de tal manera que acabo tirando el móvil al suelo.

Alargo el brazo porque necesito ponerme una alarma. No puedo quedarme dormido otra vez.

Cuando la pantalla se enciende, todo mi cuerpo se queda helado. Tengo llamadas perdidas de Keyla, y varios mensajes de estos días, pero lo que me deja sin aliento es ver el último, ese que aparece en la pantalla de bloqueo.

Abro la conversación con los dedos temblando.

KEYLA No me encuentro bien.

KEYLA Por favor, llámame.

KEYLA ¿Para esto querías que confiase en ti?

Ha estado sola, mal, y yo no he estado con ella.

Sé lo que le cuesta pedir ayuda a los demás, sé lo que significa que acuda a mí, y para una vez que lo hace… yo no estoy ahí.

Mierda. Me quedo sentado en la cama, sintiendo como me tiran un cubo de agua fría por encima de la cabeza.

Mi corazón retumba contra las costillas y me agarro el pecho para que no salga de ahí.

Sigo deslizando los mensajes hacia abajo.

KEYLA Me vuelvo a Portland, Nate.

KEYLA Gracias por este tiempo juntos.

Me levanto a toda velocidad y empiezo a dar vueltas por la habitación. Necesito trazar un plan para no perder a la única persona que he dejado entrar en mi vida desde que tengo memoria.

Y, si la pierdes, te lo mereces, gilipollas.

Paso número uno: intentar localizarla. La llamaré las veces que haga falta, y, si no consigo que descuelgue el teléfono, llamaré a Avery.

Paso número dos: pase lo que pase, plantarme en el centro. Sí, sé que suena a lo que diría un puto psicópata, pero ahora mismo me dan igual las apariencias con tal de que sepa lo arrepentido que estoy y que no se vaya a casa.

Busco su número como buenamente puedo y cuando empieza a sonar siento algo parecido al alivio, pero no consigo hablar con ella.

Cógelo una vez, Keyla. Solo una.

La llamo otra vez, y una voz al lado del teléfono hace que se me salga el corazón por la boca.

«¡Hola! Soy Keyla, aunque si me estás llamando supongo que ya lo sabes. Ahora mismo no puedo hablar, así que ¿qué tal si me dejas un mensaje?».

Apagado.

—No, no, no —susurro apretando el móvil.

Busco el teléfono de Avery, que, aunque es más amiga suya que mía, me conoce de sobra, por lo que espero que tenga compasión de mí.

—¿Avery?

—Nate, colega, estás en un buen lío.

—¿Dónde está Keyla? ¿Está bien?

Suenan interferencias y no consigo entenderla.

—¿Avery?

—Perdona, estoy en el aeropuerto y hay poca cobertura.

—¡¿Qué?! ¿Está Keyla contigo?

—Campeón…, lo siento, pero acaba de pasar el control de seguridad.

—¿De verdad se va?

—Sí, Nate. Y siento ser yo la que te lo diga, pero ya te vale, joder. Espero que tengas una buena explic…

Antes de colgarle el teléfono ya estoy saliendo de casa a toda velocidad mientras corro por el jardín subiéndome los pantalones.

Me subo al coche, olvidando ponerme por un momento el cinturón. Arranco de manera tan brusca que las ruedas chirrían.

No me creo que esté saltándome un semáforo en ámbar, a punto de entrar en rojo, pero juro por los dioses que ahora mismo no me importaría estrellarme si eso significa recuperar a la mujer que quiero.

El aeropuerto está a veinte minutos, pero lo hago en quince. Silver Springs no es muy grande, pero hoy había bastante tráfico.

Aparco en la zona de los taxis y salgo corriendo. Veo las pantallas frente a mí y de los nervios me cuesta localizar el vuelo de Keyla, que si va a Portland deduzco que es el que sale en quince minutos.

Corriendo por los pasillos, voy apartando a la gente como puedo. Aun con el ruido que hay, mi cerebro solo piensa en escuchar esa voz que tanto me gusta para decirle que tengo una lista innumerable de cosas que quiero hacer con ella.

Encuentro el control de seguridad.

Estado: «CLOSING / LAST CALL».

—Mierda.

Corro hacia seguridad, pero un guardia me para por el camino.

—Caballero, creo que se olvida de pasar el billete.

—Claro, el puto billete… —murmuro para mis adentros mientras maldigo mi despiste.

—¿Cómo dice?

—Nada. Perdone, déjeme que lo busque.

Me cago en todo.

Entro en el navegador y rezo para que el avión no vaya lleno, pero, como era de esperar, no tengo esa suerte.

Compro un billete cualquiera con una de las salidas más próximas para que sea creíble que tengo prisa y me dejen pasar. Mi vuelo a Nueva York sale en diez minutos y solo queda un asiento en business. Pero me da igual, lo pago. Todo sea por volver a enredar ese pelo anaranjado entre mis dedos.

—Aquí está, señor. No sé qué habrá pasado.

El agente se pone las gafas y, después de echarme un repaso de arriba abajo, me deja pasar por la zona que no es electrónica.

Salgo disparado hacia el final del control de seguridad y, como no tengo equipaje, lo paso bastante rápido.

Me echo a correr como si fuera a perder la vida, pidiéndole a lo que sea que haya en el cielo que ningún policía me pare y me haga perder más tiempo.

La gente se aparta, mirándome con cara extraña. Otros se enfadan, pero a mí me la suda porque solo me importa lo que piense una persona.

Llego al pasillo del embarque de Portland: puerta b6.

Apenas quedan pasajeros en la cola, por lo que deduzco que ya habrá entrado. Me asomo para ver si habría alguna posibilidad de que me dejen pasar y entonces la veo cruzando la última puerta que la llevará a su destino y a mí me separará del suyo.

Lleva el pelo recogido en una coleta deshecha, una maleta pequeña y los auriculares en las orejas.

Mírame, por favor.

Solo una vez.

Pero no lo hace. Keyla da un paso más y la pierdo de vista.

—¡Keyla! —grito.

La gente me mira, pero me da igual. Todo me da igual. Lo único que me importa es que ella no se detiene.

Una azafata cierra la puerta de la pasarela y mi posibilidad de poder mirarla a esos ojos de color tierra mojada antes de despegar.

—No… —digo mientras me acerco.

Un guardia me corta el paso antes de que pueda siquiera tocar la puerta.

—Caballero, no puede pasar.

Intento esquivarlo sin pensar, al igual que haría un animal que está a punto de perderlo todo.

—Necesito coger ese avión.

—Si no tiene billete, señor, lo veo difícil.

Me agarro el pelo con desesperación y doy vueltas alrededor de mí mismo.

La sangre me hierve al pensar que ella está a unos pasos de mí y, aun así, parece estar en la otra punta del maldito continente.

La llamo otra vez, para escuchar su voz, aunque sea a través de su contestador. No sé cuántos minutos pasan hasta que el avión despega.

Aprovecho para empaparme una última vez de lo que es tenerla cerca mientras cierro los ojos, apoyado contra una pared.

Mi vida ha cambiado estos últimos meses porque ella me ha hecho ser una mejor persona. Esto no puede acabar de esta manera, joder.

No puede existir un final así para nosotros, así que voy a calmarme para coger las riendas de mi vida y explicarle lo que haga falta cuando ella se baje de ese avión.

Porque la conozco, joder.

Ella es Keyla Blake, la mujer más impresionante del planeta. Mi lectora favorita. La luz que entra cada mañana por la ventana de mi habitación.

Ella es Keyla Blake, mi persona favorita, y yo soy un imbécil que se niega a perderla.